El fútbol ha llegado a un punto crítico. Ya no basta con ver una jugada diez veces desde cinco ángulos distintos y a cámara lenta. Tampoco es suficiente con congelar la imagen, ampliar cuadros o recurrir a expertos arbitrales. Ahora, una misma acción puede ser falta y no serlo, roja y no roja, penalti o nada. Todos encuentran un argumento reglamentario para sostener cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa. Y todos tienen razones en las normas.
La expulsión de Ánderson Angulo
Andrés Rojas expulsó a Ánderson Angulo, defensor del Tolima, por doble amarilla. Angulo barrió limpio, tocó primero el balón y luego, por inercia, rozó el talón de Rengifo, de Nacional. Unos interpretan que la expulsión fue correcta por temeridad, imprudencia y contacto residual. Otros, como Meluk, sostienen que Angulo quitó la pelota limpiamente y que expulsarlo fue meterle la mano al partido. Lo absurdo: todos tienen la razón. El fútbol es cuántico: la roja existe y no existe al mismo tiempo.
Luego, con la expulsión de 'Chicho' Arango, Rojas compensó, cayendo en esa vieja trampa del juez que equilibra pecados.
La mano en El Campín
En el minuto 90+6, una mano de Jhomier Guerrero dentro del área. Wilmar Roldán no pitó penalti. Para unos, como Meluk, penalti clarísimo porque el brazo amplía volumen y está en posición antinatural. Para otros, movimiento lógico, caída inevitable. Ambas posturas caben en el reglamento. Pero dar dos penaltis de VAR en el final contra el mismo equipo sería difícil de justificar.
Lo peor es que el fútbol está atrapado en este relativismo. Nadie habla del juego colectivo del Tolima, del pragmatismo de Nacional, del Junior serio y compacto, ni del milagro de Santa Fe que encontró un penalti justo cuando no creaba opciones de gol.
En el fútbol de hoy todo es y nada es. Mientras el reglamento justifique decisiones contrarias, seguiremos condenados a que piten según marrano.



