El peligroso resurgir de las ideas económicas fracasadas en Colombia
Los países rara vez retroceden de manera abrupta en su desarrollo económico e institucional. El retroceso ocurre de forma gradual, casi imperceptible, cuando las sociedades comienzan a normalizar y aceptar nuevamente ideas que ya demostraron su fracaso histórico. Existen conceptos y modelos que, aunque teóricamente muertos, permanecen suspendidos en el tiempo, esperando que alguna generación o sus dirigentes decidan revivirlos, frecuentemente seducidos por la ilusión de que un mayor control estatal sobre la economía puede sustituir la innovación, la productividad y la iniciativa del sector privado.
La necrofilia política en el contexto colombiano
El reconocido pensador venezolano Moisés Naím denominó este fenómeno como "necrofilia política": esa fascinación peligrosa por ideas muertas, por modelos económicos que ya evidenciaron su incapacidad para resolver los problemas fundamentales de una sociedad. Colombia viene exhibiendo en los últimos años señales preocupantes de este regreso a paradigmas superados. Durante décadas, la nación trabajó intensamente para salir de un sistema donde la vida cotidiana de los ciudadanos dependía casi completamente de la intermediación política y el favoritismo.
Muchos colombianos recuerdan con claridad esa época: para obtener una cita médica oportuna, acceder a un empleo público o simplemente acelerar un trámite administrativo, era necesario acudir al político de turno o a sus conexiones. No se trataba de institucionalidad sólida, sino de "palanca" y relaciones personales. Este modelo no solo resultaba profundamente injusto socialmente, sino que también demostraba una ineficiencia económica alarmante.
Los avances perdidos y las señales de retroceso
Por esta razón, Colombia invirtió años construyendo instituciones más técnicas, más abiertas a los mecanismos de mercado y menos dependientes del favor político. Aunque este camino no fue perfecto, generó avances significativos: entre 2002 y 2019, la pobreza monetaria se redujo de aproximadamente 49% a alrededor de 36%, millones de colombianos accedieron por primera vez al sistema financiero formal y el país amplió considerablemente su inserción en los mercados internacionales.
Sin embargo, diversas decisiones tomadas durante el último cuatrienio reflejan un preocupante cambio de rumbo. El sistema de salud constituye uno de los ejemplos más claros. Colombia destina cerca de 90 billones de pesos anuales a este sector, pero enfrenta una crisis financiera creciente donde las deudas acumuladas superan los 30 billones de pesos. Cuando las instituciones pierden capacidad de respuesta efectiva, la tentación de regresar al favor político reaparece con fuerza.
El impacto en el emprendimiento y la productividad
Pero el retroceso no se limita al sector salud. También se manifiesta claramente en el ambiente para emprender e innovar. Colombia cuenta con más de 1,7 millones de unidades productivas, pero aproximadamente el 70% opera en la informalidad. Con frecuencia, esta informalidad persiste porque formalizarse implica enfrentar trámites excesivos, regulaciones contradictorias y costos administrativos que terminan desincentivando la creación y consolidación de empresas.
La paradoja resulta evidente: mientras se habla constantemente de crecimiento económico, simultáneamente se dificulta la producción nacional. A este desafío se suma un problema estructural que rara vez se discute con suficiente claridad: la productividad. Durante años, Colombia ha crecido más por la expansión del consumo y del gasto público que por mejoras sostenidas en productividad. Sin aumentos consistentes en productividad, cualquier crecimiento económico se vuelve frágil y vulnerable.
La insostenibilidad del modelo actual
Ninguna familia puede prosperar si cada año gasta más de lo que produce y cubre la diferencia acumulando deudas. Tarde o temprano, la cuenta llega, y esto es precisamente lo que está sucediendo en Colombia: un crecimiento económico basado principalmente en endeudamiento (que alcanzó el 65% del PIB, con un aumento de 330 billones de pesos) y en gastos de funcionamiento público (más del 50% del crecimiento actual se fundamenta en gastos administrativos estatales).
Este modelo ya demostró su ineficacia a lo largo de la historia económica mundial. Las naciones que hoy prosperan entendieron una lección diferente: el progreso genuino no nace de más oficinas públicas ni de mayor burocracia, sino de empresas que innovan, producen con mayor eficiencia y generan empleo de calidad. Es decir, del incremento sostenido de la productividad.
El camino hacia el futuro
La historia económica es contundentemente clara: los países que alcanzaron prosperidad simplificaron reglas, fortalecieron instituciones independientes y apostaron decididamente por la innovación que eleva la productividad. Los que se estancaron o retrocedieron hicieron exactamente lo contrario: implementaron más controles, expandieron la burocracia y concentraron poder en el Estado.
Por esta razón preocupa profundamente esta nostalgia por modelos que ya demostraron sus límites históricos. Entonces, ¿cuál es el camino correcto para Colombia? La invitación es a unir nuestros liderazgos desde todos los sectores: desde el barrio y la comuna, desde la empresa privada, la universidad y la sociedad civil. Más allá de la polarización política, Colombia necesita ciudadanos dispuestos a cuestionar, a leer los datos económicos con rigor y a exigir argumentos serios sobre el rumbo del país.
Somos una nación llena de talento, creatividad y valentía. Como colombianos trabajando en equipo, debemos asumir la responsabilidad colectiva de escoger conscientemente el nuevo rumbo para nuestro país. Porque defender y construir un país próspero no es tarea exclusiva de expertos o políticos. También es una tarea fundamental de ciudadanos informados que se atreven a pensar con calma y profundidad antes de tomar decisiones.
La verdadera esperanza de Colombia no reside en ideas muertas resucitadas, sino en ciudadanos activos, críticos y comprometidos que preguntan, analizan datos objetivos y toman decisiones basadas en argumentos sólidos. El futuro económico del país depende de esta conciencia colectiva y de la voluntad de aprender de los errores del pasado.



