Una década del TLC Colombia-Corea: Reflexiones más allá del balance comercial
Este año, Corea del Sur se siente especialmente cercana en Colombia, no solo por la esperada visita del grupo de k-pop BTS en octubre, sino también por el décimo aniversario de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre ambos países, el 15 de julio. Sin embargo, el vínculo entre Colombia y Corea tiene raíces históricas profundas que se remontan a la Guerra de Corea, donde Colombia fue el único país latinoamericano que participó oficialmente, enviando más de 5.000 hombres y sufriendo bajas significativas.
Esta relación fraterna evolucionó hacia una Asociación Estratégica de Cooperación y culminó en el acuerdo comercial firmado en febrero de 2013, siendo hasta hoy el único TLC bilateral de Colombia con una nación asiática. Más que un mero aniversario protocolario, este hito sirve como termómetro del giro colombiano hacia la región Asia-Pacífico, en un contexto internacional cada vez más competitivo y marcado por la geoeconomía.
Patrones comerciales y asimetrías persistentes
A lo largo de esta década, el intercambio comercial bilateral ha mostrado una tendencia creciente, con una reducción del déficit frente a los primeros años del acuerdo. No obstante, el patrón estructural del comercio ha cambiado poco. Las exportaciones colombianas hacia Corea siguen concentradas en bienes minero-energéticos y productos primarios, mientras que las importaciones desde Corea están dominadas por bienes industriales y tecnológicos de alto valor agregado, como vehículos, autopartes, maquinaria y equipos electrónicos.
Esta asimetría se refleja en la relevancia relativa: Corea representa menos del 1% del total de las exportaciones colombianas, mientras que en importaciones su participación se acerca al 4%. Este desbalance no es solo una cuestión de números; evidencia una inserción productiva que consolida dependencias y limita el desarrollo de capacidades estratégicas en Colombia.
El giro geoeconómico y sus implicaciones
El mundo que inspiró el TLC, donde el comercio se entendía como integración y beneficios previsibles, ha sido reemplazado por la lógica de la geoeconomía. Esta se refiere al uso estratégico de herramientas económicas para fines de poder estatal y seguridad nacional en un contexto de creciente competencia internacional. Ejemplos recientes incluyen las políticas arancelarias de Estados Unidos, los controles a exportaciones y las medidas para asegurar cadenas de suministro.
Colombia ha sido testigo directo de estas prácticas, como lo muestran las tensiones migratorias y comerciales con Estados Unidos en 2025. Incluso aliados tradicionales como Corea del Sur enfrentan fricciones, con Washington recurriendo a amenazas arancelarias para presionar compromisos de inversión. En este escenario, la interdependencia ya no garantiza estabilidad, sino que se convierte en un terreno de disputa.
Superando la falacia del voluntarismo
Colombia tropieza con una brecha persistente entre lo que dice y lo que hace, lo que James Robinson, premio nobel de economía 2024, ha llamado la falacia del voluntarismo. Esto no es falta de ideas, sino creer que la voluntad sustituye la capacidad. Un TLC, por sí solo, no produce el giro hacia Asia; como máximo, abre una puerta. Lo decisivo es lo que el país hace para cruzarla.
Para transformar la relación con Corea en una alianza estratégica, Colombia debe enfocarse en construir capacidades reales. Esto incluye mejorar la logística, estándares y certificaciones, inteligencia comercial, financiamiento, articulación productiva y coordinación público-privada. Sin estos elementos, el comercio puede crecer sin cambiar la estructura de fondo, perpetuando asimetrías.
Hacia una relación estratégica integral
Una forma honesta de abordar este aniversario es discutir qué significa acercarse de verdad a Corea en un orden internacional cambiante. El comercio es un buen comienzo, pero no puede ser el único lenguaje de la relación. Se requiere avanzar en educación, ciencia, innovación aplicada, cooperación técnica y redes empresariales.
Acciones concretas incluyen:
- Aceptar que el problema central es la falta de capacidades para operar en Asia, no la falta de discurso.
- Llevar la relación al terreno de la cooperación concreta en formación técnica, productividad e innovación.
- Asumir que diversificar tiene costos políticos externos en un entorno geoeconómico.
- Construir una relación más allá del comercio, con intercambios sostenidos, proyectos de investigación y alianzas institucionales.
La ola cultural, incluido el fenómeno BTS, puede ser un activo para tejer interés y redes que apoyen agendas más exigentes en educación e innovación. En definitiva, el desafío no es celebrar o condenar el TLC, sino usarlo como plataforma para construir una relación estratégica basada en capacidades reales, dejando atrás la falacia del voluntarismo en la nueva economía política global.



