De joyas de fantasía en San Victorino al imperio Kokoriko: la vida del empresario Eduardo Robayo
El empresario boyacense Eduardo Robayo Ferro, creador de la cadena de pollos Kokoriko y fallecido el pasado 21 de marzo a los 91 años, fue un visionario cuyo legado empresarial transformó el sector gastronómico colombiano. Su historia es un testimonio de perseverancia, innovación y agudo sentido comercial.
Los humildes comienzos en Chiquinquirá
Nacido en Chiquinquirá en 1934, Eduardo Robayo era hijo de Gumercindo Robayo Quiñones, un talentoso talabartero, y de Inés Ferro. Desde muy joven demostró su espíritu emprendedor: a los 12 años trabajaba en fincas apartando ganado y a los 16 comenzó a maletear por los departamentos del Cauca y Nariño, vendiendo ollas, palas, machetes y diversos utensilios.
Su vida familiar estuvo marcada por la tragedia cuando su hermano Antonio fue secuestrado en 1991 y posteriormente falleció en el atentado contra el Club El Nogal el 7 de febrero de ese año. A pesar de estos difíciles momentos, Robayo construyó una familia con tres hijos: Claudia, Eduardo y Carolina.
El descubrimiento en San Victorino y el viaje a Alemania
El verdadero punto de inflexión en su carrera empresarial ocurrió cuando montó una tienda en el tradicional sector de San Victorino en Bogotá. Allí notó algo fascinante: la gente sentía una atracción natural por lo que brillaba. Esta observación lo llevó a emprender un audaz viaje a Alemania en 1954, con apenas dos mil dólares y un abrigo prestado, para visitar tiendas y fábricas de cadenitas y pulseras de fantasía.
Su intuición fue acertada. Al regresar a Colombia, implementó una ingeniosa estrategia de marketing: llenó su local de San Victorino con cajas vacías y algunas muestras de sus joyas de fantasía, colocando un letrero grande que decía 'Ventas al por mayor'. Este movimiento elevó inmediatamente la percepción de su negocio.
El nacimiento de Kokoriko y sus innovaciones
Si bien Robayo tuvo éxito en múltiples negocios -incluyendo importaciones en Panamá, tiendas deportivas en San Antonio de Táchira, fincas de cítricos en los Llanos, joyerías y pesqueras- su creación más perdurable fue sin duda Kokoriko. La cadena de pollos asados se convirtió en un ícono nacional gracias a varias innovaciones clave.
La fórmula secreta del adobo se mantuvo celosamente guardada, comparable al secreto de la Coca-Cola. Solo se sabe que contenía cebollas, comino, ajo, hierbas, pimientos y lo que los clientes llamaban "polvos mágicos". El eslogan "soy tu pollo, llévame contigo" y la garantía de que "Kokoriko no tiene presa mala" se grabaron en la memoria colectiva.
Dos detalles fueron particularmente revolucionarios: sacar el horno a la vista del público con ruedas de Chicago dando vueltas lentas mostrando los pollos ensartados y aromáticos, y el inicio del servicio a domicilio, algo innovador para la época. Los colores café y naranja de sus tiendas y uniformes se convirtieron en parte del paisaje visual colombiano.
Un empresario multifacético
La visión empresarial de Eduardo Robayo abarcó diversos sectores. Fue fundador del restaurante Tierra Colombiana junto a Eucario Bermúdez, cofundador de Avicol, socio en negocios de tarjetas de crédito donde adquirió la franquicia de Diners Club -que luego transformó en la revista Diners y la galería de arte Diners-, creador del Banco Superior e impulsor de Granahorrar.
También fue socio de empresas emblemáticas como Andrés Carne de Res y Helados Mimos. Su meticulosidad, heredada de su padre talabartero, se manifestaba en su obsesión por el orden y la limpieza, incluso usando permanganato de potasio para desinfectar todo a su alrededor.
Pasiones personales y legado
Amante del arte, disfrutaba las obras de maestros colombianos como Alejandro Obregón, Olga de Amaral, Fernando Botero, David Manzur y Luis Caballero. Su cabaña en las islas del Rosario era un jardín botánico con arquitectura limpia y elegante, reflejando su profundo respeto por la naturaleza.
Entre sus debilidades estaban la comida de cuchara, los almuerzos prolongados con invitados inteligentes y mujeres bonitas, y su costumbre de siempre pagar la cuenta. Hasta sus últimos meses, enfrentó con determinación la enfermedad de Parkinson, organizando cenas y seleccionando personalmente los restaurantes.
Casado desde 1997 con la abogada Alba Lucía Gómez, 28 años menor que él, Robayo mantuvo siempre un estilo de vida discreto a pesar de su éxito. Su historia quedó documentada en un libro basado en extensas entrevistas con la periodista Isa López Giraldo.
El legado de Eduardo Robayo Ferro trasciende el negocio de los pollos asados. Fue un pionero que entendió los deseos del consumidor colombiano y supo transformar observaciones simples -como la fascinación por lo que brilla- en imperios empresariales que marcaron generaciones.



