Aunque crecieron entre pantallas, redes sociales y notificaciones, el 57,93 % de los jóvenes entre 10 y 22 años se reconoce como lector habitual o frecuente. Sin embargo, la falta de tiempo, los problemas de concentración y las dificultades para acceder a libros siguen frenando el hábito lector en Iberoamérica.
Más de la mitad de los jóvenes quiere leer, pero conseguir libros sigue siendo una barrera
Todavía hay jóvenes que abren un libro. Lo hacen en la pantalla del celular, en una biblioteca, en un rato robado entre clases, tareas, redes sociales y el ruido de todos los días. Leen, aunque no siempre tengan tiempo. Leen, aunque a veces la concentración se les escape. Leen, incluso, aunque en muchos casos conseguir un libro siga siendo más difícil de lo que debería. Eso es lo que deja ver un reciente panorama sobre hábitos de lectura en Iberoamérica: el interés existe, pero el acceso todavía cojea.
La cifra reveladora
La cifra más reveladora quizá sea esta: el 57,93 % de los jóvenes entre 10 y 22 años se reconoce como lector, habitual o frecuente. Es decir, más de la mitad de una generación criada entre pantallas, notificaciones y algoritmos todavía encuentra un lugar para la lectura. No es un dato menor. Sobre todo porque convive con otras señales menos alentadoras: el 43,55 % dice que no lee más por falta de tiempo y el 29,42 % señala problemas de concentración. La escena se repite en muchas casas: un joven con el celular en la mano, saltando de una conversación a una red social, de un video a una tarea, de una distracción a otra. En medio de ese torrente, el libro sobrevive como puede. A veces entra por capítulos breves. A veces por recomendaciones que circulan en internet. A veces por historias que se vuelven virales en plataformas digitales y terminan empujando a miles de lectores hacia géneros como la ficción juvenil, el romance contemporáneo o los libros de crecimiento personal.
Barreras materiales
Pero hay una barrera más dura que la distracción: la imposibilidad material de acceder a los libros. El informe citado por Buscalibre muestra que solo el 30,71 % de los jóvenes usa bibliotecas públicas y que casi un 9 % asegura no disponer de libros. Ahí la lectura deja de ser solo una cuestión de hábito y se convierte en un asunto de desigualdad. Juan José Daza, director regional de Buscalibre, lo resume como una tensión de época: “Hoy vemos una generación que sí quiere leer, pero que enfrenta barreras importantes para hacerlo de manera constante. El desafío no es solo fomentar el hábito, sino garantizar que los libros estén disponibles para todos, sin importar su ubicación o contexto”. Su frase pone el dedo en la herida: en América Latina no siempre falta interés por la lectura; muchas veces falta infraestructura para sostenerla.
La paradoja tecnológica
Hay, además, otra paradoja. El 90 % de los jóvenes utiliza dispositivos tecnológicos para leer, principalmente el celular. Es el mismo aparato que acerca textos y aleja la atención. La misma pantalla que puede contener una novela, un poema o un ensayo también alberga el desfile inagotable de mensajes, videos y estímulos que interrumpen cualquier intento de concentración. En esa pelea desigual entre el libro y la inmediatez, la lectura resiste, pero no sale ilesa.
Descargas ilegales: síntoma de necesidad
A eso se suma una práctica extendida que revela tanto la urgencia de acceso como las grietas del mercado editorial: el 63,55 % de los encuestados admite descargar libros de manera ilegal. No se trata solo de una infracción al derecho de autor. También es el síntoma de una necesidad insatisfecha, de una demanda que muchas veces no encuentra canales formales, asequibles o cercanos para convertirse en lectura legítima.
Iniciativas para mejorar el acceso
En medio de ese panorama, iniciativas comerciales como las que impulsa Buscalibre durante abril buscan presentarse como una respuesta a esas barreras. La plataforma, que opera en varios países y ofrece distribución a distintos territorios, insiste en que hoy una de las transformaciones más profundas del mundo editorial pasa por desmontar la idea de que el acceso al libro depende de la ciudad en la que se vive. La promesa es simple: que un lector pueda conseguir desde su casa un título que antes parecía reservado para las grandes capitales.



