Domingo, el arenero del Río de Oro: un oficio que resiste al tiempo y la modernidad
En las orillas del Río de Oro, donde el agua murmura historias no escritas, encontramos a Domingo. Él no construye edificios directamente, pero extrae la arena con la que se levanta nuestra ciudad. Este relato habla de piel curtida por el sol inclemente y de un oficio ancestral que se resiste a desaparecer, enfrentando la indiferencia del progreso.
Un ritual de acero y corriente en la madrugada
A esa hora en que el sol aún no arde con toda su fuerza, pero ya anuncia su rigor implacable, el Río de Oro fluye con un murmullo espeso. Allí, donde el agua se encuentra con la arena y el trabajo se confunde con la necesidad, aparece Domingo. Sostiene la pala como si fuera una extensión natural de su cuerpo, sin prisa pero con una costumbre arraigada, casi heredada de generaciones pasadas.
Su sombrero, desgastado y amplio, le protege del sol que más tarde caerá sin clemencia sobre su espalda desnuda. Su piel, marcada profundamente por el tiempo y el esfuerzo físico, parece contar la misma historia de resistencia que el río mismo. “Esto no se aprende en un día”, afirma Domingo, sin apartar la mirada del cauce. Su voz es baja pero firme, como si cada palabra tuviera que abrirse paso entre el ruido constante del agua y los años acumulados en su garganta.
La mirada detrás del sustento: un oficio en declive
Desde muy joven, Domingo ha bajado al río para recoger arena. Antes, según relata, eran muchos más: hombres, muchachos e incluso familias enteras que encontraban en la orilla una forma de sustento económico. Hoy quedan menos. El trabajo es físicamente exigente, mal remunerado y cada vez más incierto frente al avance de la mecanización.
Las máquinas han ido ocupando progresivamente los espacios tradicionales, y el río, en ocasiones, parece cansado de dar. La pala entra en la arena húmeda con un sonido seco y característico. Domingo levanta, gira y descarga con un movimiento que se repite como un ritual ancestral. No hay prisa excesiva, pero tampoco hay descanso prolongado. Cada palada forma parte de una jornada laboral que comienza al amanecer y termina cuando el cuerpo ya no responde al esfuerzo.
A su alrededor, el paisaje guarda un silencio respetuoso. La vegetación espesa observa, inmóvil, mientras el agua sigue su curso indiferente, como si no le importara quién viene a buscar lo que deposita en sus orillas. Domingo se detiene momentáneamente, apoya las manos en el palo de la pala y dirige una mirada fija hacia la cámara. Sus ojos, cansados pero profundamente atentos, parecen medir algo más que la simple distancia del río: quizá el tiempo transcurrido o la vida que ha pasado entre granos de arena.
El oficio invisible que sostiene la ciudad
“No es fácil”, dice Domingo lacónicamente, y no hace falta que explique más. En Bucaramanga, donde la ciudad crece aceleradamente y el concreto se impone en el paisaje urbano, la arena sigue siendo un material fundamental para la construcción. Sin embargo, pocos ciudadanos piensan en quienes la extraen directamente del río, en quienes la cargan, la venden y la convierten en su sustento diario.
Domingo representa a esos trabajadores: invisible para la mayoría, pero absolutamente imprescindible para el desarrollo urbano. El sol comienza a ascender en el cielo, el calor se adhiere a la piel como una segunda capa, y Domingo vuelve a empuñar la pala con determinación. El río continúa su curso eterno, y él también persiste en su labor, encarnando la resistencia de un oficio que el agua y el tiempo intentan llevarse, pero que aún se niega a desaparecer.



