El verdadero lujo no estaba en la Met Gala
El verdadero lujo no estaba en la Met Gala

Mientras los reflectores se concentraban en diamantes y celebridades envueltas en alta costura durante la Met Gala, a pocos metros de la alfombra roja ocurría otra escena que captó poca atención: cientos de trabajadores protestaban contra Jeff Bezos y las condiciones laborales de Amazon.

La imagen tenía algo deliciosamente absurdo. Por un lado, una celebración del exceso donde un vestido podía costar más que un apartamento en Bogotá. Por el otro, empleados denunciando despidos masivos, sobrecarga laboral y una cultura corporativa donde algunos trabajadores llegaron a orinar en botellas plásticas para no perder tiempo durante sus jornadas.

La escena resume una de las grandes contradicciones del capitalismo contemporáneo: ¿hasta dónde puede una empresa exigir productividad antes de afectar a sus empleados? Durante años, las empresas trataron el burnout como si fuera un problema de fragilidad individual. Hasta que empezaron a hacer cuentas.

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Un estudio publicado en el American Journal of Preventive Medicine concluyó que una empresa promedio de 1.000 empleados puede perder alrededor de 5 millones de dólares anuales por renuncias, ausencias, baja productividad y agotamiento laboral. La ironía es maravillosa: el capitalismo descubrió finalmente que destruir lentamente a sus empleados sale absurdamente caro.

Frente a ese modelo, algunas compañías empiezan a explorar caminos distintos. En Colombia, la serial entrepreneur y experta en tecnología Laura Zuluaga viene impulsando una visión basada en el bienestar como eje de productividad y sostenibilidad empresarial. La idea parece simple, aunque para muchas empresas todavía suena casi revolucionaria: un ser humano equilibrado trabaja mejor.

“Lo que una persona hace estresada en ocho horas, puede hacerlo en cuatro cuando está bien física y mentalmente”, explica. Zuluaga no lo plantea desde el discurso romántico del bienestar corporativo que termina convertido en una clase de yoga anual y una pizza fría un viernes en la tarde. Lo entiende como un modelo de rendimiento humano.

Para ella, el principal activo tecnológico de cualquier organización sigue siendo el cuerpo humano. “La máquina más importante de una empresa no es la que opera en la fábrica. Es el cuerpo de quien la opera”. Y, sin embargo, muchas compañías siguen haciéndole mantenimiento preventivo a las impresoras con más disciplina que a la salud mental de sus empleados.

Mientras las empresas monitorean software, métricas y procesos industriales en tiempo real, pocas veces se preguntan algo bastante más básico: ¿Cómo duerme la gente que sostiene toda la operación? ¿Cuánta ansiedad acumula? ¿Cuánto estrés carga antes de entrar a una reunión por Zoom que perfectamente pudo haber sido un correo?

Zuluaga habla de distintos niveles de bienestar —físico, mental, emocional, energético e incluso espiritual— pero detrás de los términos hay una idea bastante concreta: una persona en equilibrio tiene mayor capacidad de concentración, creatividad, resolución de problemas y conexión con lo que hace. Y la ciencia empieza a darle la razón.

Durante años, Google investigó qué hacía realmente eficientes a sus equipos de trabajo. El hallazgo no fue una metodología extrema de productividad ni una tecnología revolucionaria. Fue algo mucho más humano: los mejores equipos eran aquellos donde las personas se sentían seguras, escuchadas y emocionalmente estables.

El problema, según Zuluaga, empieza mucho antes de entrar al mundo laboral. “Nunca nos preguntan cómo nos sentimos. No todos aprendemos igual, no todos funcionamos igual”. Y en el caso de muchas mujeres, la ecuación se vuelve todavía más salvaje: trabajo, hogar, crianza, educación emocional y productividad coexistiendo simultáneamente como si el agotamiento fuera ya parte del contrato laboral invisible.

Por eso, más que discursos motivacionales de LinkedIn escritos a las cinco de la mañana, Zuluaga insiste en la necesidad de crear ecosistemas reales de bienestar dentro de las empresas: programas de salud física y mental, acompañamiento terapéutico, educación financiera, desarrollo creativo y espacios donde las personas puedan reconectarse con aquello que las apasiona.

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Y algunos modelos ya empiezan a mostrar resultados concretos. En la Zona Franca de Barranquilla, por ejemplo, el llamado ‘Programa de la Felicidad’ ha permitido que muchos empleados no solo mejoren su rendimiento laboral, sino también retomen proyectos personales que parecían imposibles dentro de la lógica tradicional de oficina.

Uno de ellos dedica hoy sus fines de semana a entrenar un equipo de fútbol a nivel profesional. Otra trabajadora acaba de presentar un libro en la FILBo mientras, según sus propios indicadores internos, continúa rindiendo mejor que nunca en su trabajo. Historias pequeñas, aparentemente simples, pero que revelan algo que muchas compañías todavía no terminan de entender: las personas no dejan su humanidad en la puerta de la oficina.

Quizás ahí está una de las discusiones empresariales más importantes de esta década. Porque mientras el mundo corporativo continúa obsesionado con automatizarlo todo, la verdadera pregunta ya no es cuánto puede producir un ser humano bajo presión. La pregunta es cuánto podría crear una persona cuando deja de sobrevivir y empieza, simplemente, a estar bien.