Obras en Bogotá: eternas, ineficientes y una burla para los ciudadanos
Obras en Bogotá: eternas, ineficientes y burla ciudadana

Obras en Bogotá: Una historia de retrasos e ineficiencia

Hace aproximadamente dos semanas, al transitar por la carrera séptima entre calles 127 y 116, observé una cantidad considerable de trabajadores iniciando la construcción del denominado “Corredor de la Séptima”. Este proyecto, que parece ser una ruta de Transmilenio en un espacio donde no hay cabida, avanza por la terquedad de varios alcaldes. Me llamó la atención el número de personas realmente trabajando en una obra pública. Seguramente, la presencia del alcalde inaugurando labores motivó a “portarse bien”. Sin embargo, ocho días después, la escena era la misma de siempre: tres trabajadores con una pala en una mano y en la otra el celular para chatear.

El eterno retraso de las obras bogotanas

Una obra en Bogotá jamás se demora el tiempo planeado, nunca. Si la idea inicial es que se realice en seis meses, durará como mínimo tres años. Las obras de la ciudad se toman eternidades. Pasar en cualquier momento por alguno de los “frentes” de construcción permite ver a dos o tres trabajadores mirando el celular y trabajando poco, muy poco. Esto, por supuesto, si no llueve, no hay un partido de la selección o una marcha.

Siempre tengo una anécdota real: durante la pandemia salía a correr alrededor de un parque donde se inició la construcción de un edificio. Más o menos por la misma época, se inició la recuperación de unas cuatro cuadras de andenes en el mismo lugar. No fue sorpresa que el edificio, de unos seis pisos, se terminó primero que los andenes.

Banner ancho de Pickt — app de listas de compras colaborativas para Telegram

La dinámica de las obras: inauguración y olvido

La dinámica es sencilla: se inicia una obra con el alcalde de turno diciendo que tal construcción cambiará la vida de los bogotanos y que ha sido gracias a su preclara administración. Todos los periodistas chupamedias hacen entrevistas y alaban la excelente gestión del burgomaestre de turno. A los dos días, se instalan las inmundas polisombras verdes que pasarán más de tres años allí. El primer día están perfectas, pero con el paso del tiempo se parecen más a harapos dejados en una cuerda que a algo para separar la construcción. Antes se ponía una valla que indicaba la fecha de finalización; ahora ya no se ve, pues estoy seguro de que ninguna valla acertaba y es mejor evitar el ridículo.

Luego vienen muchos meses, mejor dicho, años, en que la construcción avanza a paso de tortuga. Por noticias se sabe que hubo retrasos por cualquier cosa: al interventor le duele una muela, los trabajadores se unieron a una marcha por la liberación de Palestina, o una tutela porque un perro no podía caminar frenó la obra. Hay obras que se demoran más de cuatro veces lo planeado.

Ejemplos emblemáticos de ineficiencia

Sin ir más lejos, el deprimido de la 94, conocido técnicamente como el complejo intercambiador vial subterráneo ubicado en la Calle 94 con Av. NQS, se demoró nada menos que ocho años. Fue una de las víctimas del famoso carrusel de la contratación. Finalmente, aparece el alcalde de turno para indicar que gracias a él la obra se concluyó y es un “regalo para todos los bogotanos”. Lo mejor es que una vez se termina la dichosa obra, todo puede pasar. El deprimido del que hablé se inundó con el primer aguacero bogotano, parece que el operario de una motobomba se fue a su casa porque se le estaba inundando. Los andenes de la Pedagógica se terminaron y en menos de quince días llegó otro frente de obra a romper lo acabado dos semanas antes.

Acá a los alcaldes, y el actual no ha sido la excepción, les interesa iniciar la obra o inaugurarla. Lo que pasa entre esos dos extremos les es totalmente indiferente. Cerca a mi casa hay una obra que se está “relanzando” para un puente peatonal, pues apenas se inició quedó inconclusa durante unos cinco años. Y no pasó nada.

Banner post-artículo de Pickt — app de listas de compras colaborativas con ilustración familiar

La regla general: obras eternas

Estos dos adefesios no son la excepción, sino la regla general. Veamos: la troncal de la 68 se planeó para cinco años y se esperaba que se entregara en febrero de este año. Se ha retrasado por temas de traslado de redes de servicios públicos y algunos hallazgos arqueológicos. Dicen (y no les creo) que la entregarán en 2027, y seguramente por allá en diciembre. Lo mismo pasa con la Troncal Avenida Ciudad de Cali y otras similares. Ni qué hablar de la sede de la alcaldía de Teusaquillo o el museo de la memoria histórica. Elefantes blancos paralizados, sin ningún atisbo de que se vayan a terminar.

Es desesperante cómo a quienes planean estas obras y a quienes las construyen les importa un pepino los ciudadanos: trancones, desvíos, destrucción de andenes aparecen sin ninguna solución para no generar inconvenientes. Es raro, además, la poca cantidad de trabajadores que se utilizan. En un país con desempleo, lo ideal sería que se llenara de trabajadores estas obras para que se terminaran más rápido. Me llama la atención cómo no se hace un cálculo que considere la pérdida de tiempo que implican estas obras a paso de tortuga frente al ahorro de tener tan pocos trabajadores.

Conclusión: una ciudad abandonada por sus gobernantes

Si la obra emblemática de los últimos años, el Metro, se demoró entre la idea y su finalización más de cincuenta años, y el presidente actual sigue jodiendo para detenerla, ¿qué podemos esperar de un puente? Los alcaldes, en sus camionetas con vidrios oscuros, no miran a los ciudadanos que día a día tienen que aguantar su incompetencia e indolencia con la ciudad que dirigen.