Una travesía aérea que desafía los límites en Santander
Con más de tres décadas de experiencia en parapente, Omar Gomezese, junto a su compañero Yesid Álvarez, realizaron una proeza que quedará grabada en la memoria del deporte aéreo colombiano. La semana pasada, estos dos pilotos consumados emprendieron un vuelo épico sin motor, cubriendo la distancia desde Bucaramanga hasta Charalá utilizando exclusivamente las corrientes de viento y las térmicas ascendentes de aire caliente.
Los números de una hazaña extraordinaria
La travesía alcanzó una distancia total de casi 244 kilómetros, con más de 100 kilómetros en línea recta desde el punto de despegue hasta el aterrizaje final. Durante seis horas intensas de vuelo, los deportistas sobrevolaron algunos de los paisajes más emblemáticos del departamento de Santander, incluyendo el majestuoso cañón del Chicamocha y la imponente Mesa de los Santos.
"Para nosotros, pilotos con miles de horas de experiencia, fue una vivencia emocionante —casi mágica— lograr recorrer esa distancia sin ningún tipo de motor o asistencia mecánica", confiesa Gomezese. "Volamos bajo el mismo principio que los pájaros, en completa armonía con los elementos naturales".
La filosofía del vuelo: vivir el presente absoluto
Durante la travesía, el autor reflexionó sobre una pregunta recurrente entre quienes no practican este deporte: ¿qué se siente al volar en parapente? Mientras las respuestas convencionales hablan de columpios gigantes o la emoción de despegar los pies de la tierra, Gomezese descubrió una dimensión más profunda durante este vuelo particular.
"Posiblemente como ninguna otra actividad, durante el vuelo solo hay tiempo para vivir en el presente", explica. "Es como una meditación prolongada en el presente absoluto, similar a lo que predican las técnicas de mindfulness. En esos momentos, solo importan el viento, el sol y el control del parapente".
Encuentros celestiales y paisajes sobrecogedores
El recorrido —que no sigue una línea recta sino las condiciones atmosféricas más favorables— incluyó un momento inolvidable cerca de Mogotes. Allí, los parapentistas compartieron un tramo del vuelo con una pareja de águilas majestuosas que los observaban con curiosidad, como preguntándose qué clase de "bichos raros" se atrevían a invadir su territorio aéreo.
"Posiblemente pocas veces en la vida uno se siente tan vivo como en esas maravillosas horas suspendido en el cielo", relata Gomezese, cuya cara aún refleja la alegría y felicidad de aquella aventura.
Santander: un paraíso para el parapente con futuro incierto
La topografía única de Santander lo convierte en un escenario ideal para la práctica segura de este deporte. Aunque catalogado como de alto riesgo, el parapente presenta índices de accidentalidad muy bajos cuando se practica con las debidas precauciones. La particular configuración de la cordillera frente a la Mesa de Ruitoque crea condiciones que podrían situar esta zona entre las mejores del mundo para volar con seguridad.
Este reconocimiento ha traspasado fronteras, atrayendo regularmente a visitantes internacionales cuyo único propósito es experimentar el vuelo en parapente sobre los paisajes santandereanos. Sin embargo, una sombra se cierne sobre este patrimonio deportivo y turístico.
Una advertencia sobre la conservación de los espacios aéreos
"Lamentablemente está a punto de perderse lo que hoy es insignia del turismo de Floridablanca y del departamento", alerta Gomezese. "El crecimiento urbano nos está dejando sin sitios de aterrizaje seguros. Ruego a las autoridades tomar cartas en este asunto antes de que desaparezca un patrimonio que nos conecta con la libertad y la belleza de nuestro territorio".
La advertencia del experimentado parapentista resuena con especial fuerza tras su hazaña, recordando que incluso las proezas más extraordinarias dependen de la preservación de los espacios naturales que las hacen posibles.
Como bien lo expresó Leonardo da Vinci: "Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás por la tierra con los ojos mirando al cielo, porque allí has estado y allí siempre desearás volver". Una frase que cobra especial significado para quienes, como Gomezese y Álvarez, han convertido el cielo santandereano en su segundo hogar.



