Clases pequeñas: ¿aprenden más los estudiantes? La evidencia responde
Clases pequeñas: ¿aprenden más los estudiantes? Evidencia

En educación, pocas preguntas parecen tan intuitivas como esta: ¿aprenden más los estudiantes en clases pequeñas? La respuesta corta es sí, pero con matices importantes. La evidencia científica acumulada durante décadas, especialmente aquella basada en experimentos controlados, permite ir más allá de la intuición y entender cuándo, cómo y cuánto importa realmente el tamaño de la clase.

¿Por qué las clases pequeñas podrían mejorar el aprendizaje?

Desde el punto de vista teórico, reducir el número de estudiantes por docente activa varios mecanismos plausibles. En clases más pequeñas, los maestros pueden dedicar más tiempo a cada estudiante, ofrecer retroalimentación individualizada y detectar con mayor rapidez dificultades de aprendizaje. Asimismo, disminuyen los problemas de disciplina y el tiempo destinado a tareas administrativas, lo que libera espacio efectivo para la enseñanza. Finalmente, el docente puede ajustar el ritmo y el enfoque de la clase a las necesidades específicas de sus estudiantes, algo mucho más difícil en grupos numerosos.

La evidencia empírica: el experimento STAR y otros estudios

Pero más allá de estos argumentos, lo relevante es que la evidencia empírica los respalda. Uno de los estudios más influyentes es el experimento STAR (Student-Teacher Achievement Ratio) realizado en Tennessee en los años ochenta, en el que estudiantes fueron asignados aleatoriamente a clases pequeñas (13–17 alumnos) o regulares (22–25 alumnos). Los resultados mostraron mejoras significativas en pruebas estandarizadas para quienes estuvieron en clases más pequeñas, especialmente en los primeros grados. Más aún, los efectos no solo fueron inmediatos: seguimientos de largo plazo evidencian que estos estudiantes tuvieron mayores probabilidades de graduarse de la secundaria, asistir a la universidad y obtener mejores ingresos en la vida adulta.

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Estos hallazgos han sido replicados en otros contextos. Estudios en países como Suecia, Dinamarca y Estados Unidos, utilizando variaciones cuasi-experimentales en el tamaño de clase, encuentran efectos positivos persistentes, aunque de magnitud moderada. Un punto clave es que los beneficios tienden a ser mayores en los primeros años de escolaridad y entre estudiantes de contextos más vulnerables, lo que sugiere que la reducción del tamaño de clase puede ser una política con efectos redistributivos relevantes.

Costos y condiciones para el éxito

Ahora bien, es una política costosa; implica contratar a más docentes o construir más aulas, y sus efectos dependen de la calidad de la enseñanza. Reducir el número de estudiantes sin mejorar las prácticas pedagógicas puede limitar su impacto. La evidencia sugiere que esta política es más efectiva cuando se combina con intervenciones que fortalecen la calidad docente.

La realidad en Colombia: una brecha y una oportunidad

En Colombia, esta discusión adquiere especial relevancia. Mientras que en muchos colegios privados el tamaño promedio de clase ronda los 20 estudiantes, en el sector oficial es común encontrar aulas con cerca de 40 alumnos. Esta brecha no solo refleja desigualdades en recursos, sino también en las condiciones efectivas de aprendizaje. Pretender que un docente logre el mismo nivel de acompañamiento y personalización en ambos contextos es, simplemente, poco realista.

Sin embargo, el país enfrenta una coyuntura que podría transformar esta realidad. La caída sostenida en la tasa de natalidad y el consecuente descenso en la matrícula escolar abren una ventana de oportunidad única. En lugar de ver esta tendencia como un problema, menos estudiantes, deberíamos entenderla como una posibilidad estratégica: mantener el número de docentes y aprovechar la menor presión demográfica para reducir el tamaño de las clases en el sector oficial.

Una apuesta por la calidad educativa

Esta no es solo una decisión administrativa, sino una apuesta por la calidad. Menos estudiantes por aula permitirían avanzar hacia una educación más personalizada, mejorar los aprendizajes y cerrar brechas históricas. En lugar de ajustar el sistema a la baja, reduciendo la planta docente o cerrando instituciones, Colombia podría hacer exactamente lo contrario: invertir en calidad aprovechando el bono demográfico inverso.

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La evidencia es clara: el tamaño de la clase sí importa, especialmente en los primeros años y para los estudiantes más vulnerables. Pero más importante aún, el momento para actuar es ahora. La demografía está ofreciendo una oportunidad que no se repetirá fácilmente. La pregunta no es si podemos permitirnos reducir el tamaño de las clases, sino si podemos permitirnos no hacerlo.

Luz Karime Abadía, Decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Javeriana.