Claves para una dieta equilibrada en niños: cómo mejorar su alimentación
Claves para una dieta equilibrada en niños

Hoy, el principal desafío de la alimentación infantil no se limita a la cantidad de comida que consumen los niños, sino a la calidad y forma en que se alimentan. En Colombia, esta situación se refleja en una realidad nutricional dividida: mientras algunos menores no alcanzan los nutrientes necesarios para su desarrollo, otros presentan exceso de peso desde edades tempranas.

De acuerdo con cifras de UNICEF, en 2024 se reportaron más de 23.000 casos de desnutrición aguda en niños menores de cinco años en el país. Al mismo tiempo, el acceso desigual a alimentos variados y los cambios en los hábitos de consumo han contribuido al aumento del sobrepeso infantil, configurando un panorama complejo para la salud pública.

Este contexto ya tiene repercusiones visibles en la vida cotidiana de los menores. La falta de una alimentación adecuada puede traducirse en menor energía, dificultades de concentración y bajo rendimiento escolar, afectando directamente su desarrollo integral.

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Para la Coordinadora Académica de Pediatría del Centro Latinoamericano de Nutrición (CELAN), Yeny Cuellar, una alimentación equilibrada desde la infancia es clave para favorecer el crecimiento, el aprendizaje y el bienestar general de niños y adolescentes. Bajo esta perspectiva, se destacan cuatro aspectos esenciales para comprender y mejorar la alimentación en la niñez y la adolescencia.

Claves para mejorar la alimentación

El primero de ellos es el equilibrio alimentario. Más que recurrir a dietas restrictivas, los especialistas recomiendan asegurar variedad y porciones adecuadas en cada comida, incluyendo todos los grupos de alimentos.

Una herramienta práctica es usar la mano del niño como referencia. En este método, los cereales, tubérculos y raíces como arroz, papa, yuca o plátano deben equivaler al tamaño del puño. Las proteínas como carne, pollo, pescado, huevo o leguminosas corresponden al tamaño de la palma. Las frutas también al tamaño del puño, mientras que los vegetales se miden en dos palmas si son crudos o un puño si están cocidos.

El segundo aspecto es la importancia de no eliminar grupos de alimentos de la dieta. Cada uno cumple funciones específicas en el organismo: algunos aportan energía, otros favorecen el crecimiento y desarrollo, y otros fortalecen el sistema inmunológico.

Una alimentación poco variada puede manifestarse en señales como fatiga constante, dificultades en el rendimiento académico o problemas en el crecimiento. Por ello, una dieta completa desde los primeros años resulta fundamental para la salud presente y futura.

El tercer punto está relacionado con los lácteos, considerados una fuente importante de nutrientes esenciales como proteína, calcio, zinc y vitamina A, este último con niveles insuficientes en parte de la población infantil del país. En este grupo se incluyen alimentos como leche, yogur, kumis, kéfir y queso.

Además de su aporte en la formación de huesos fuertes, los lácteos contribuyen al desarrollo del sistema inmunológico y al funcionamiento del cerebro. Según especialistas, su consumo adecuado se asocia también con mejores niveles de concentración y organización en los menores.

Las recomendaciones de ingesta varían según la edad: de 2 a 5 años se sugieren dos porciones diarias; entre 6 y 9 años, de dos a tres porciones; entre 10 y 13 años, alrededor de tres porciones; y en adolescentes de 14 a 17 años, cerca de tres porciones en mujeres y hasta cinco en hombres.

El cuarto aspecto clave es la formación de hábitos alimentarios desde la primera infancia. Aunque muchas familias comienzan a preocuparse por la alimentación cuando los niños entran al colegio, gran parte de los hábitos ya se han establecido antes de esa etapa.

Desde el embarazo hasta aproximadamente los cinco años, los niños aprenden qué, cómo y cuándo comer. En este proceso, la repetición es fundamental, ya que la aceptación de nuevos alimentos suele requerir múltiples exposiciones.

Entre los errores más comunes se encuentran obligar a comer, utilizar la comida como premio, permitir el uso de pantallas durante las comidas o no establecer horarios definidos. En contraste, la rutina, el entorno familiar y el ejemplo de los cuidadores son determinantes en la construcción de hábitos saludables.

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La familia incide en el proceso

En este proceso, la familia tiene un papel central. Aunque factores externos como la escuela, la publicidad o las redes sociales influyen en las decisiones alimentarias, el hogar sigue siendo el principal referente.

Lo que los niños consumen depende en gran medida de lo que tienen disponible en casa y de lo que observan en su entorno cotidiano. Por ello, contar con alimentos saludables, compartir las comidas y mantener horarios estables tiene un impacto significativo en su desarrollo.

“La coherencia entre el hogar y el entorno es fundamental para formar hábitos saludables que perduren en el tiempo. Más que buscar hacerlo perfecto, la clave está en repetir pequeñas acciones todos los días. Establecer horarios de comida, compartir al menos una comida en familia y ofrecer variedad de alimentos sin presión son acciones simples que, con constancia, influyen directamente en el crecimiento, el desarrollo y la relación de los niños con la alimentación”, explicó la experta del CELAN.