La vocación de enseñar: una mirada desde la experiencia
En mayo se celebra el Día del Maestro, y no puedo menos que repasar lo que ha sido mi propia vida, dedicada en su totalidad al servicio de la educación. Puedo decir que ha sido un gran privilegio ver el mundo desde esta perspectiva tan particular que se obtiene cuando las preocupaciones —y también las ocupaciones— giran siempre en torno a los niños y los jóvenes, a lo que necesitan y a lo que merecen, a lo que se les ofrece y a lo que se les niega en una sociedad que se ha ido volviendo más y más compleja.
Inicié mi actividad pedagógica a los dieciocho años, enseñando a niños en una lejana vereda de Boyacá hace ya seis décadas. Por aquella época la cobertura en educación primaria no superaba el 55 %, en secundaria rondaba el 10 %, y en superior como mucho era el 3 %. En el sector rural era peor y muchos niños no asistían regularmente a la escuela. La mayoría de los docentes de primaria provenían de las escuelas normales, instituciones creadas específicamente para formar maestros. El ideal oficial era que el maestro fuera “normalista”, es decir que hubiera cursado estudios pedagógicos de nivel medio. Sin embargo, la rápida expansión de la matrícula escolar en los años cincuenta y sesenta produjo un enorme déficit de docentes, especialmente en las zonas rurales, y como consecuencia muchos ejercían sin título pedagógico; una parte importante ni siquiera había terminado la secundaria, y en el campo abundaban los llamados “maestros empíricos”.
Progresos y transformaciones en la educación
A lo largo de los años he visto y vivido enormes progresos. El acceso a la educación primaria hoy es universal, los maestros constituyen un grupo profesional altamente calificado y sus condiciones laborales han mejorado de una manera que en aquellos años, cuando los salarios podían demorarse meses, eran impensables.
Haberme vinculado con la actividad educativa desde tan joven me ha permitido participar activamente en muchos procesos de transformación, tanto en el nivel institucional de colegios y universidades de los sectores público y privado a los cuales he estado vinculado como en campos más amplios de la política pública en los momentos en que fui llamado a ocupar cargos de dirección o a colaborar como profesional en el diseño de programas de muy diversa índole.
En estas décadas la educación ha cambiado mucho. Pero el mundo ha cambiado más rápido: la formación de niños y niñas en un mundo con nuevas estructuras familiares, nuevas identidades, entornos digitales de una complejidad inimaginable, amenazas de pandemias, guerras nucleares y crisis climática requieren mucha audacia de parte de quienes han asumido el compromiso de llevar a las nuevas generaciones hacia un futuro lleno de incertidumbre. Ser maestro hoy supera el deber de aquellos cuya misión podía sintetizarse en ofrecer las herramientas básicas de la alfabetización y la formación humana que permitiera a quienes iban a la escuela ser honestos, trabajadores, confiables y buenos ciudadanos.
Maestros que iluminan y maestros que maltratan
Entre quienes hoy tienen en sus manos la oportunidad de acompañar a los niños y jóvenes en ese trayecto desconocido hacia el mañana, que es la vida, hay gente extraordinaria: hay maestros que iluminan, maestros que alientan, maestros llenos de bondad que cambian vidas en los entornos más inhóspitos de este mundo contemporáneo en que la soledad y el abandono impulsan a miles de chicos y chicas a recorrer caminos muy peligrosos. Por desgracia, también sigue habiendo muchos que maltratan, que cumplen apenas con los mínimos para recibir un salario y sobrellevar un trabajo que no disfrutan.
Es fácil idealizar una profesión, negando sus fallas o justificando sus deficiencias bajo argumentos ideológicos o de autocompasión, pero eso no les ayuda a quienes la ejercen con plena convicción y responsabilidad ética, conscientes de que la única opción es ser cada vez mejores.
Ser maestro hoy es un desafío enorme y antes que felicitaciones los que lo hacen bien merecen la mayor admiración.



