El gran fraude intelectual que se enseña en las aulas colombianas
Recientemente, durante un panel universitario en la ciudad de Medellín, dirigido a una audiencia compuesta por emprendedores y creadores de valor, ocurrió un episodio revelador. La moderadora del evento, quien paradójicamente había ejercido como decana de una facultad de administración, manifestó su incomodidad ante la defensa de la libertad económica con una afirmación contundente: "Camilo, no olvide que el capitalismo es el sistema que pone a los demás a trabajar para unos".
La acusación contra los emprendedores
Frente a quienes sostienen económicamente al país con su esfuerzo diario, esta académica los señaló indirectamente como explotadores. Este incidente no representa un caso aislado, sino la manifestación palpable de lo que sucede cotidianamente en numerosas aulas universitarias colombianas. Como ha señalado recientemente el analista Juan Carlos Echeverry, llevamos décadas soportando a profesores que, desde la comodidad que les brinda el libre mercado, enseñan sistemáticamente que el capitalismo es un fracaso.
Este fenómeno constituye el gran fraude intelectual de nuestra era: la inoculación en los jóvenes del mito de la suma cero. Se busca convencer a las nuevas generaciones de que el éxito del empresario requiere, inevitablemente, la tragedia del marginado. Es una narrativa del resentimiento que regala la superioridad moral a los enemigos declarados de la libertad económica.
El error táctico de los defensores del capitalismo
Frente a estos ataques constantes, quienes defendemos el capitalismo solemos cometer un error estratégico significativo: creer que el dato empírico basta para derrotar al relato emocional. Demostramos con estadísticas que es el mejor sistema para reducir la pobreza a nivel global, pero al limitar nuestra defensa a argumentos de eficiencia matemática, concedemos una victoria inmerecida a los críticos.
Asumimos la postura del técnico que justifica un "mal necesario", cuando en realidad debemos elevar el debate a otro nivel: el libre mercado no solo funciona en la práctica, sino que funciona porque está fundamentado en una moralidad superior.
La riqueza no es un pastel estático
Muchos académicos cometen el error fundamental de concebir la riqueza como un pastel estático que ya está horneado, esperando simplemente a ser repartido por un burócrata. Bajo esta perspectiva distorsionada, quien posee una porción grande necesariamente se la habría arrebatado al menos favorecido.
La realidad es muy diferente: en un marco de propiedad privada y libre mercado, la riqueza no se "extrae" de los demás, sino que se crea constantemente. El empresario no acumula capital escondiendo lingotes de oro, sino detectando necesidades ajenas, haciendo sacrificios personales y asumiendo riesgos que terminan convertidos en:
- Fábricas y plantas de producción
- Maquinaria y tecnología avanzada
- Software y soluciones digitales
- Equipos humanos con el propósito común de servir a los demás
Esta acumulación de capital representa el único motor capaz de elevar sostenidamente la productividad del trabajo humano.
Confusión entre servidumbre y cooperación voluntaria
Algunos profesores universitarios suelen confundir servidumbre con cooperación voluntaria, revelando su incomprensión sobre la diferencia abismal entre el poder político (basado en la coacción estatal) y el poder económico (fundamentado en la persuasión y el consentimiento).
Antes del surgimiento del libre mercado, la mayoría de las personas trabajaba bajo la amenaza del látigo o la obligación feudal. El capitalismo pulverizó ese sistema al institucionalizar el intercambio libre y voluntario entre individuos.
La democracia del bolsillo
En una economía genuinamente libre, la relación laboral constituye un contrato de mutuo beneficio. El empresario no es un señor feudal con derechos sobre sus trabajadores. De hecho, tanto el empleador como el empleado son sirvientes pacíficos de un soberano implacable: el consumidor.
Es la democracia diaria del bolsillo la que premia generosamente a quienes sirven mejor a sus semejantes y castiga con la quiebra a los incompetentes. Este mecanismo de retroalimentación constante es lo que impulsa la innovación y mejora continua en las sociedades capitalistas.
Consecuencias de enseñar que crear valor es explotación
Enseñar a los jóvenes universitarios que crear valor económico es un acto de explotación equivale a condenarlos a la parálisis intelectual y al país al estancamiento en el subdesarrollo. El capitalismo exige mirar al prójimo no como una presa potencial para saquear, sino como un socio al cual servir mediante el intercambio voluntario.
Ha llegado el momento de abandonar las disculpas tímidas y reclamar la altura moral que corresponde a la defensa de la libertad económica. La libertad individual constituye el único pilar compatible con la dignidad humana en su plenitud. Si no detenemos este fraude intelectual en las aulas universitarias, el naufragio colectivo en la mediocridad será inevitable para Colombia.
El camino hacia el desarrollo requiere reconocer que el empresario no es el enemigo, sino el aliado fundamental en la creación de prosperidad compartida. Las universidades deberían formar ciudadanos que comprendan esta verdad fundamental, en lugar de propagar mitos económicos que solo generan resentimiento y paralizan el progreso nacional.



