Fito Páez deslumbró en Bogotá con su gira 'Sale el Sol'
Fito Páez brilló en Bogotá con su gira 'Sale el Sol'

El viernes 12 de junio, el cantautor de rock argentino Fito Páez cumplió su cita con el público bogotano en el marco de su gira ‘Sale el Sol’, luego de sus presentaciones en Manizales, Medellín y Cali. Durante dos horas, el rosarino repasó más de 40 años de trayectoria y transformó al Movistar Arena en una comunión de música de alta calidad.

El amor antes del amor

Los pasillos del recinto se mostraban discretos, iluminados por algunas chaquetas de cuero y moda hippie, evocando a los nostálgicos de tiempos mejores. Páez inició su carrera en la primera mitad de los años 80, y eso se nota. Dentro del recinto, la atención se centraba en la pantalla principal con un mensaje simple de expectativa: “FITO”, en letras blancas sobre fondo negro. En el escenario también se veía una larga serie de instrumentos distribuidos de izquierda a derecha: un bajo eléctrico, tres metales (trompetas), una batería detrás de un teclado principal adornado con una base blanca, sintetizadores en dos niveles y una guitarra eléctrica.

Faltaban cinco minutos para las 9:00 p.m. cuando miembros del staff salieron a afinar los instrumentos que lo requerían. A las 9:28 p.m., el público expectante en graderías y platea comenzó a silbar, síntoma de una ansiedad que sería complacida casi de inmediato.

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Todos bajo el Sol

Dos minutos después se apagaron las luces y la espera terminó. Páez saltó al escenario, secundado por un pequeño ejército de virtuosos músicos que componen su banda. “Buenas noches, Bogotá. Vamos a tener una nochecita aquí, así que ahorren energía que la van a necesitar”, advirtió con mucha razón. El cantante lucía su siempre alocado cabello inexorablemente gris, así como un traje verde esmeralda sobre una camiseta básica blanca. Los músicos a sus espaldas vestían discretos atuendos negros.

La presentación comenzó con un órgano fantasmagórico. Se trataba de “Cadáver exquisito”, del álbum Euforia (1996). En este tema, el cantante reclamó su protagonismo de entrada con un inmenso solo en piano. No hay que olvidar su temprana expulsión del conservatorio musical durante su adolescencia, debido a sus diferencias con los maestros y su eterna pelea con la disciplina requerida en la música clásica. Su naturaleza era y sigue siendo otra.

A esta le siguió el alegre tema “Es sólo una cuestión de actitud”, incluido en Abre (1999). La fiesta era total apenas en la segunda canción. Ese mismo impulso fue preciso para conectar con “Shine”, homónima de su más reciente álbum. Para interpretarla, pasó al frente del piano, donde recibió de manos del staff una guitarra eléctrica tipo Gibson SG con un diseño de sol naciente naranja y rojo. Este ejercicio se repetiría en otras ocasiones.

Al concluir, Páez dio su visto bueno: “Excelente, Bogotá”. Luego, a las 9:45 p.m., un sintetizador polifónico, de esos que suenan a ternura, sirvió de abrebocas para uno de sus himnos: “11 y 6”, contenido originalmente en Giros (1985), y “Euforia”, en la versión interpretada esa noche. En la última parte de la melodía, el cantante se levantó nuevamente de su piano y dispuso una dinámica: aplaudir al ritmo del compás, una vez sincopada y la siguiente en seco. Minutos después, los aplausos se desorganizaron y aceleraron para agradecer por la música.

El siguiente tema fue “Tráfico por Katmandú”, del disco El amor después del amor (1992), trabajo musical galardonado como el álbum más vendido en la historia del rock argentino, con más de 1’100.000 copias verificadas. Al final, nuevamente, Páez estaba delante de su piano, mostrando sus habilidades de frontman.

En medio del aplauso, una grabación del rosarino advirtiendo que algún instrumento “está desafinado” anunciaba la próxima canción: “Lejos de Berlín” del álbum Ey! (1988). El final de esta canción fue una demostración de autoridad por parte del músico frente a su banda, al erguirse como director de orquesta y gestar una sinfonía épica al estilo más clásico.

A las 9:57 p.m. llegó la primera canción del álbum Circo Beat (1994): “Lo que el viento nunca se llevó”. Al concluir este tema, y con él la primera media hora de presentación, Fito brindó con el público y manifestó lo que todos estaban pensando: “Qué velocidad, ¿eh?”.

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Esto es entre todos, che

Ya entradas las 10:00 p.m., el cantautor anunció una canción que reconoce que no suena mucho, pero que quiere y trata sobre la salvaje vida en los barrios: “Es un honor presentar, por primera vez en Bogotá, ‘Paranoica fierita suite’”, del disco Rey Sol (2000). Esta fue, seguramente, la mayor demostración de su versatilidad musical, al mezclar en un mismo tema el blues más clásico, tango milonguero y salsa brillante.

Concluida la canción, llegaron los vitoreos desde el público: “Oe, oe, oe, oe, Fito, Fito”. Para el artista, los sentimientos fueron mixtos, pues reconoció sentirse avergonzado por el gesto; inmediatamente después, habló de los artistas narcisistas que solo van por el aplauso, y concluyó: “Esto es entre todos, che”.

Nueve minutos después le tocaba el turno a otra canción de sus afectos, pero que poco interpreta en vivo, no sin antes maldecir la lógica del mercado: “Me cago en la mercadotecnia”. Se trataba de “La canción de las bestias”, de su álbum pandémico La conquista del espacio (2020). Este tema demostró que la sencillez no va en contravía del virtuosismo, pues constó únicamente de la voz principal, una guitarra acústica y un tímido acompañamiento desde los sintetizadores.

Cinco minutos después volvió al repaso de El amor después del amor, con “Un vestido y un amor”. Una vez más, el rosarino se volvió director del coro integrado por el público. Concluido el tema, se dispuso de nuevo en su piano e interpretó “Buena estrella” (1999). Para el final del tema, el protagonista tenía a cuatro de sus músicos a cada lado haciendo las veces de coristas: “Times are changing”, cantaban, cuando en el último suspiro de la canción, tras un acorde de paso, aterrizó en la escala de re mayor para comenzar de inmediato “Y dale alegría a mi corazón”, de Tercer mundo (1990). La emoción y complicidad entre los artistas y su público era total.

El reloj marcaba las 10:24 p.m. cuando un sample de batería que marcaba 94 BPM emocionó por su familiaridad: llegó “El amor después del amor”, de su álbum homónimo. En este himno hay un alto protagonismo de la corista femenina; en la grabación original se trató de la cantante Claudia Puyó, pero en esta ocasión la voz es de Mariela Vitale, su corista actual.

Fito Páez: “Que se sienta la música”

Pasado el emotivo tema, llegamos a “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, publicado en Giros. El cierre de esta canción fue particular, pues el cantautor pidió silencio. No tardó en explicar que quería que el público fuera partícipe de un cierre musical que lo emociona: “Se van a comer un viaje, ¿eh?”, advirtió. “No aplaudan. Que se sienta la música”. El rosarino agregó que solo serían dos minutos de escucha activa a lo que estaba proponiendo. Todas estas advertencias fueron explicadas por el cantante: “Como hoy en día todo hay que avisarlo, porque como la dopamina no llega...”, dijo, cómplice con el público.

Esta frase no pasa desapercibida si el oyente tenía conocimiento de la más reciente polémica del artista, ocurrida el pasado 20 de mayo en el Movistar Arena de Buenos Aires: se le ocurrió interpretar de forma íntegra el que era para ese entonces su más reciente trabajo, Novela (2025). El público, ansioso de escuchar sus temas más recordados, expresó su molestia por esa hora y media que transcurrió en medio de canciones que, para la gran mayoría, era la primera vez que escuchaban.

Pero eso fue en Buenos Aires, y la apuesta en Bogotá era otra. Por eso, el público capitalino atendió al llamado de Páez y logró lo imposible: el silencio entre más de 10.000 almas extasiadas de música. Debo decir, a nivel personal, que valió la pena. Seguramente no soy el único que piensa de esa manera, porque el aplauso tras la interpretación fue absoluto y el cantante se mostró visiblemente emocionado: “Saben que ese aplauso es para ustedes. Gracias”.

Ya a las 10:38, Fito sucumbió ante la nostalgia: “Perdido en la vieja Europa, hace muchos años, encontré mi casa”. Se trataba de “Tumbas de gloria”, del disco de 1992. Quien estuviera atento habrá advertido el goce que reflejaba Páez interpretando esta canción desde su piano.

Cinco minutos después le llegó el turno a “La rueda mágica”, del mismo álbum. En esta, los reflectores se los llevó finalmente la guitarra eléctrica, en manos del virtuoso Juani Agüero, quien regaló un solo para recordar.

Faltaban 13 minutos para las 11:00 p.m. cuando apareció con un megáfono que, en realidad, estaba apagado, pero emulaba el sonido del fondo: la introducción de “Circo Beat”, del álbum homónimo de 1994. El ambiente circense se tornó rápidamente rockero, con la sonrisa aprobatoria de los asistentes. Durante el tema, el argentino picó al público presentando una dinámica que había hecho previamente en Cali, en la que divide la arena en dos mitades, una de las cuales dice “Circo Beat” y la otra responde “Uh, uh, uh, uh”.

La canción junto con su dinámica duró seis minutos, hasta que una batería en ritmo 4/4 anunció el turno de “Brillante sobre el mic”, de 1992. “Ahora se prenden los teléfonos”, explicó Páez. El obediente Movistar Arena de Bogotá se vio iluminado enteramente por los flashes electrónicos de incontables teléfonos móviles.

Eran las 10:58 cuando arrancó la siguiente canción, que provocó que la señora que estaba a mi lado me “pegara” reiteradamente con una prenda que le sobraba; un abrigo, asumo yo. La explicación era “A rodar mi vida”, con su tradicional efecto de poner al público a “rodar trapos”. Todo bien.

A las 11:03 p.m. una nota sostenida de sintetizador fue interrumpida por un nuevo vitoreo de los asistentes; una vez más: “Oe, oe, oe, oe, Fito, Fito”. El sintetizador siguió y se le sumó el resto de la banda, gestando una introducción filarmónica, con toques marciales y una melodía paralela entre música y vocales de la corista. Las rudas notas apuntaban a lo que eventualmente se hizo obvio: “Ciudad de pobres corazones”, del álbum homónimo de 1987. Esta fue una nueva oportunidad para que Agüero demostrara su gran habilidad.

Doce minutos transcurrieron desde el inicio hasta el final de la canción, que concluyó con Páez por fuera del escenario.

Sale el Sol

A las 11:17 p.m. estaba de vuelta en la tarima, ya no con su traje verde esmeralda, sino de blanco hasta las gafas. Interpretaron “Sale el Sol”, canción de Novela (2025) que da nombre a la gira. La canción duró tres minutos. Luego la alegría retumbó cuando empezó la armonía más familiar de todas, y el rosarino empezó a recordar todas las mañanas que vivió, todas las calles donde se escondió. Llegaba por fin “Mariposa tecknicolor”, de 1994. El recinto se volvió una mezcla de música, color y saltos. Entre tanto, Páez aprovechaba para agradecer: “Qué privilegio que me dan de seguir viniendo todos los años, disco a disco”.

No había terminado el tema cuando presentó uno a uno a los miembros de su banda, y reveló que el concierto era dedicado a “Ana”, quien lo mantiene en forma y estaba de cumpleaños. Poca información más.

Cuando todo parecía haber terminado, el cantante quería dar más, entonces siguió, para cerrar, con “Dar es dar”, de 1996. Durante este himno, Páez improvisó desde su piano hasta dar con la última nota de la noche. Solo allí, ante su público, agachó la cabeza en señal de agradecimiento. Gracias Fito.