La fiesta comenzó en el metro de Madrid, en un vagón abarrotado donde Juan, colombiano, entró con un potente altavoz que reproducía 'Me porto bonito'. A su alrededor, los asistentes al concierto de Bad Bunny empezaron a bailar, muchos con banderas puertorriqueñas, pero no todos boricuas, porque, como señaló una venezolana, "Benito nos representa a todos".
El ambiente en el Estadio Metropolitano
Al bajar en la parada de Estadio Metropolitano, las pavas y las magas —sombrero y flor típicos de Puerto Rico— adornaban las cabezas de los seguidores, que seguían al dueño del altavoz. Todos estaban allí para bailar y sentirse parte de una comunidad latina orgullosa de sus raíces y hermanada con Europa.
"¡Qué gran orgullo!", exclamó emocionada Gabriela, puertorriqueña residente en Texas, que viajó a Madrid para ver a su compatriota porque la gira 'Debí tirar más fotos' no pasa por Estados Unidos. "No me quejo de que no haya pasado por mi ciudad —comentó—. Me parece bien, es una forma de protesta por la persecución de los inmigrantes. Además, ha actuado muchos días en Puerto Rico, así que los estadounidenses que lo querían ver han podido ir allí y gastar su dinero en mi país".
Una comunidad que agota entradas
Este sentimiento es compartido por los 'conejos', una comunidad que ha agotado en tiempo récord las entradas para los diez conciertos en Madrid, lo que suma unas 600.000 personas. A ellos se suman los que se quedan fuera, como los que cada noche se reúnen cerca de las puertas 47 y 20 del estadio, donde mejor se oye la música y bailan quienes no pudieron pagar la entrada.
Allí está Giuseppe, ecuatoriano que vive en Madrid y viene cada día a escuchar a Bad Bunny desde fuera. "Él canta sobre los problemas reales de los latinoamericanos. Cosas que no sabe el mundo, como lo de Hawai", dice en referencia a la canción 'Lo que le pasó a Hawai', que aborda la gentrificación y la pérdida de identidad de territorios cercanos a Estados Unidos que sufren el colonialismo cultural.
Un concierto intenso de casi tres horas
Esta noche, Bad Bunny no interpretó ese tema, pero ofreció veintiséis canciones en casi tres horas. Más de 60.000 personas bailaron sin descanso al ritmo de 'Yo perreo sola', 'Efecto', 'Safaera', 'Diles' y 'Monaco'. Mientras el artista buscaba entre el público a alguien para lanzar su grito de guerra, 'Acho, PR no es cualquier cosa', los asistentes tomaron un respiro.
Yiselis, venezolana que viajó desde Alemania para ver "al mejor", confesó que estos conciertos son "un lugar donde escuchar la música" que oía de niña en su país antes de emigrar, y recordar a los suyos. "Me recuerda a mi país, lo echo mucho de menos", dijo intentando contener las lágrimas.
Bad Bunny como embajador cultural
Doris, nacida en México y residente en Estados Unidos, añadió: "Bad Bunny habla de todos nosotros. En Europa ahora nos conocen mejor gracias a él. Incluso nos entienden mejor, porque hay palabras que se usan allá y que antes no se entendían, y ahora la gente las conoce".
El artista alimentó este sentimiento desde el escenario con un repertorio que fusionó reguetón y trap con ritmos tradicionales latinoamericanos como plena, bomba y salsa. También lo hizo con palabras: en el tramo final, animó a todos a levantar con orgullo su bandera, y aparecieron muchas puertorriqueñas, pero también colombianas, venezolanas, brasileñas, españolas, catalanas, canarias... una fusión.
Sebastián, venezolano, concluyó: "Bad Bunny canta desde el corazón y muestra la Latinoamérica humilde y trabajadora. Ha habido otros que lo han hecho antes, pero ninguno es tan grande como él".



