Abelardo de la Espriella: triunfo amargo y desafíos de gobierno en Colombia
Abelardo de la Espriella: triunfo amargo y desafíos

Abelardo de la Espriella recibió los resultados en Barranquilla con más de tres horas de retraso respecto al cierre de mesas. Venía afónico de sus presentaciones electorales por más de 200 tarimas, una ronquera que simbolizó el resbalón electoral a su arrogancia y alboroto. Apareció en su urna casi tres horas después de la consolidación de los resultados.

Un triunfo con sabor a derrota

De la Espriella sufrió el conteo en su patria adoptiva, Barranquilla, donde perdió por 65.000 votos, aunque recortó ventaja respecto a la paliza recibida por Rodolfo Hernández en 2022. Tal vez la ínfima diferencia de su triunfo obligó a retocar el discurso triunfal. El Tigre ganó con un solo diente.

En su alocución, salieron los lugares comunes que contradecían toda la ostentación de su campaña. Llamó adversarios a quienes tildó de enemigos durante un año, dijo que gobernaría también para esa “plaga sarnosa” que suma la mitad del país, juró respetar la Constitución cuando en campaña habló de pena de muerte, juicios exprés, acabar con la JEP, sacar a Colombia de los organismos multilaterales y firmar noventa decretos para “cambiar el orden”.

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Cambio de tono frente al Congreso

Sus palabras sobre el Congreso en plena campaña se parecían mucho a las de Gustavo Petro en la Plaza de Bolívar: “el Congreso no puede convertirse en un muro contra la voluntad popular ni en refugio de intereses particulares cuando Colombia reclama decisiones urgentes”. Ahora elogió la separación de poderes. De la Espriella esconde también un autócrata detrás de su chabacanería y su mamagallismo.

Su sectarismo amenazante en campaña, que recordó a “los pájaros” de la época de la violencia, se cambió por el anuncio de garantías a la oposición. También dijo que no prometería milagros para construir su patria milagro. Sin embargo, su discurso se alargó. Abelardo no solo llegó tarde, también se pasó de palabrería.

Continuismo y advertencias

De algún modo, tendremos continuismo. Al final terminó soltando la perorata que tenía preparada para el supuesto triunfo holgado, no pudo resistir esa tentación. Hizo advertencias a Iván Cepeda, le dictó algunas órdenes y terminó hablando como el dueño del caserón que saca al “inquilino” con amenazas.

Pero Abelardo sabe que su bautizo no será firmando decretos históricos para imitar la retórica fundacional de Donald Trump. No habrá ambiente. Los mercados fueron los primeros en notarlo. La remontada de optimismo por su triunfo no llegó.

Problemas de gobernabilidad

Sus problemas de bautizo serán mucho más grandes que los que enfrentó Gustavo Petro. No tiene bancada propia, es seguro que el Centro Democrático se plegará, pero resquemores quedaron luego de la campaña. La garra dejó heridas. Tendrá dos jefes de oposición muy duros: Petro fijando agenda y Cepeda, con un liderazgo fuerte ganado con esa derrota que casi celebró, trabajando con la paciencia y la disciplina del corredor de fondo.

Los partidos tradicionales insultados un año de campaña van a cobrar caro. Los medios, con más de cien demandas a periodistas, tendrán un ojo afilado. Vienen elecciones regionales y perdió en 18 capitales. Los “siempre” que entregan estabilidad en Bogotá lo miran de reojo. Los temores que levantó casi lo llevan a perder las elecciones. Los gremios están llenos de peticiones y ansiosos de cobrar sus cortesías.

El camino por delante

La calle puede estar dura a pesar de sus advertencias. Tendrá que ir con pies de plomo para no convertirse en el jefe del Esmad (se espera que vuelva el nombre original). Los grupos armados van a buscar sus primeras advertencias, plantar tablero. Y Trump querrá absoluta sumisión, pero los deseos de Bernie a veces no coinciden con las necesidades en el hogar.

Los días de la arrogancia han terminado y De la Espriella no se distingue por su mano tendida, su ánimo de acuerdos, su pragmatismo, su moderación. Para gobernar no sirve la urna blindada ni las canciones de tribuna ni los arrebatos viriles ni el pavoneo. Se acabó la pantomima, comienza la función.

Por Pascual Gaviria

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