Hace no muchos años, tener trabajo era una ilusión marcada por horarios pesados, jefes difíciles y expectativas limitadas. Hoy se habla de independencia laboral y, desde fuera, pareciera que la vida del trabajador ha mejorado: más controles, más beneficios, más cuidado, más atención a lo personal y a las familias. Sin embargo, el cansancio es real y los malestares existen. Vale la pena analizar el asunto desde tres ángulos: el trabajador con sus sueños y expectativas, el jefe con su estilo y relaciones, y la cultura de las empresas con sus mensajes y la coherencia entre lo que se declara y lo que se vive.
Cultura empresarial: entre lo declarado y lo vivido
Muchas veces creemos que declarar unos deseos equivale a construir cultura. No es así. La cultura la hacen las personas en su cotidianidad. Decir que en una empresa se saluda con cordialidad e interés genuino por el bienestar de todos está muy bien, pero haberlo dicho no significa que suceda. Para que ocurra, hay que ser cuidadosos en la selección y constantes en el acompañamiento. Esas frases lindas deberían hacerse realidad. Nada agota más en el trabajo que un jefe antipático.
Las personas, por lo general, podemos resistir jornadas extensas, exigencias fuertes y preguntas incisivas. Pero un mal trato, o incluso su percepción, nos desborda. Nos lleva al límite y no siempre es fácil explicarlo. Entonces aparecen frases como: “No te lo tomes personal”, “No le pares bolas” o “Madura”. Por eso, una tarea de la empresa es garantizar el trato amable por parte de todos. No sugerirlo: cuidarlo, observarlo y corregirlo.
El estilo del jefe y el acompañamiento necesario
En segundo lugar, debemos atender el estilo personal de los jefes: si son amables, si son comprensivos, si encarnan aquello que dicen las páginas web y los discursos corporativos. Para eso hay que acompañarlos. En la selección no siempre se sabe cómo son las personas; muchas veces solo se sabe lo que saben hacer. Los jefes necesitan acompañamiento no solo para dirigir mejor, sino para ser mejor compañía laboral.
Y, naturalmente, el trabajador cansado, decepcionado o agobiado también merece atención. Una atención que, en principio, debe empezar por sí mismo. Tal vez valga la pena hacerse algunas preguntas: ¿me pagan lo suficiente? El trabajo se define por una acción y una remuneración. Lo suficiente no siempre es lo deseado ni lo que consideraríamos justo.
Autoevaluación del trabajador: preguntas clave
¿Me gusta la gente que trabaja conmigo? Sentirse parte, simpatizar con otros y construir complicidad hace más grata la jornada. ¿Siento coherencia entre lo que quería y lo que hago? Es importante encontrar razones que conecten lo que quería, lo que estudié, lo que esperaba y lo que hago hoy. ¿Aprecio algo en mi jefe? Los jefes son muy importantes en la vida laboral. Un mínimo de aprecio importa, porque el bienestar también tiene que ver con el agrado.
¿Me siento capaz de hacer lo que se me pide? A veces el agotamiento nace de la dificultad para cumplir las tareas del cargo, hasta que al final solo quedan la rabia o la tristeza. Nada de esto absuelve a empresas ni a jefes. Al contrario: el trabajo se vive en relación. Pero también invita a mirar hacia dentro. Cada uno tiene una parte de responsabilidad en que su vida laboral se parezca a lo que quiere vivir. Hagámonos cargo.



