Colombia se ha posicionado como el país que más utiliza inteligencia artificial (IA) entre las grandes economías de América Latina, según un informe de Microsoft. El 24,5% de su población en edad de trabajar empleó herramientas de IA generativa durante el primer trimestre de 2026, un incremento de 2,5 puntos porcentuales respecto al segundo semestre de 2025. Esta cifra supera a países como Chile, Argentina, México y Brasil, y está por encima del promedio mundial, que apenas alcanza el 17,8%.
Un liderazgo que invita a la reflexión
Sin embargo, el analista Santiago Jiménez Londoño advierte que esta medición no refleja capacidad ni impacto real, sino simplemente el número de personas que abrieron alguna herramienta de IA generativa al menos una vez en el período. “Liderar ese ranking es liderar el consumo de una tecnología que no fabricamos, sobre una infraestructura que no controlamos, medido por la empresa que nos la vende”, señala el economista y doctor en Filosofía.
Mientras Colombia asciende en ese indicador, la eficiencia económica se ha mantenido casi estancada. La productividad total de los factores, que mide qué tan bien se combinan trabajo y capital, creció solo un 0,91% en lo corrido de 2025 hasta el tercer trimestre, según datos del Dane. El valor agregado del país aumentó un 2,91%, pero ese crecimiento se debió principalmente a la incorporación de más trabajadores y maquinaria, no a una mejora en la eficiencia.
La advertencia de Ortega y Gasset
Jiménez Londoño recurre al filósofo español José Ortega y Gasset para contextualizar esta situación. En su obra La rebelión de las masas, Ortega describe al “hombre-masa” como alguien que disfruta los frutos de la civilización técnica sin preguntarse de dónde provienen ni cómo se producen. “El que solo usa cree que dominar es apretar un botón. Confunde la facilidad del resultado con el saber que lo produjo”, explica el analista.
En Meditación de la técnica, Ortega profundiza: “La abundancia de medios con pobreza de fines es el peligro real. La máquina puede hacer casi todo. La pregunta es qué queremos que haga”. Para Jiménez Londoño, esta reflexión aplica al caso colombiano: “Somos primeros en abrir la aplicación. No en construirla, no en gobernarla, no en convertir su uso en valor”.
Uso sin transformación
El entusiasmo por liderar el ranking de uso de IA es comprensible, pero no debe confundirse con una ventaja competitiva. “La técnica que no sabemos para qué usar no nos hace fuertes. Nos vuelve dependientes de algo que creemos dominar porque lo abrimos todos los días”, concluye el analista. La difusión de la IA mide la mano que pulsa la tecla, no la cabeza que decide para qué.



