Colombia es un país adicto a la gabinetología, pero solo en el primer gabinete de cada gobierno. Después, a la mayoría de los colombianos les tiene sin cuidado a quién nombran, al punto de que, con contadas excepciones, nadie sabe quiénes son los ministros. Sin embargo, como estamos al inicio del gobierno, en lugar de hacer gabinetología —la ciencia de adivinar quién será ministro—, propongo algo de 'ministeriología': la ciencia que dicta a los ministros qué hacer.
Primera regla: superar el complejo de Adán
La primera regla de oro para los nuevos funcionarios es superar el complejo de Adán, pensando que el mundo empieza con ellos. No, señores funcionarios, ha habido en esos ministerios, en el pasado, gente capaz con buenas ideas que quedaron truncadas porque llegaron otros ministros convencidos de que eran la última Coca-Cola del desierto y acabaron con programas que, de haber tenido continuidad, podrían ser transformadores.
Segunda regla: respetar la carrera administrativa
Esto lleva al segundo consejo: el respeto por una carrera administrativa, con un servicio civil que mantiene los ministerios andando. Cuando en un ministerio se barre con los técnicos que llevan varios años y conocen el funcionamiento mejor que el nuevo ministro, la administración borra la memoria institucional y se pega un tiro en el pie. En caso de que esa memoria se haya desbandado, hay que reconstruirla.
Usar los diagnósticos existentes
Colombia es un país sobrediagnosticado en prácticamente todos los campos. Ha habido misiones nacionales e internacionales, misiones de sabios y estudios hechos por universidades y organismos multilaterales, no solo con excelentes análisis, sino con propuestas de política concretas que ayudarían a los nuevos ministros a hacer mejor su oficio. Antes de posesionarse, señores ministros, investiguen qué hay en su área que pueda ser importante para el país. Hoy en día, con la inteligencia artificial, es fácil saber dónde están esos documentos e, inclusive, resumirlos.
Manejo del Congreso: ética ante todo
Todo ministro, no solo el del Interior, tiene que lidiar con el Congreso defendiendo sus proyectos y presupuestos, y va a tener que ir a las comisiones y explicar con detalle cada propuesta. No caigan en la trampa del chantaje o de la amistad, dándole al congresista encargado de la aprobación de su tema un 'puestico' o un 'contratico', primero porque no es ético; segundo, porque pueden acabar enredados en graves problemas legales que les pueden costar la cárcel. Acuérdense del ministro Bonilla. Hay que dejar el manejo de la política en el Congreso al presidente y al ministro del Interior.
Relación con el sector privado
El sector privado también puede ser un campo minado, porque, así uno defienda el sector privado, este tiene intereses que no necesariamente se alinean con los intereses del país, y uno puede acabar de idiota útil, sacrificándose por una causa que no vale la pena. Acuérdense de que no todos los ministros acaban de directores de gremio por favores hechos. Allí también, en la puerta giratoria entre gremios y ministerios, puede haber un problema ético.
Consejo del padre del presidente
El padre del presidente dio un consejo que vale la pena mencionar: los altos funcionarios públicos pueden ocasionalmente 'meter la pata'; lo que no pueden es meter la mano. Así que, señores ministros, dedíquense a orientar la política pública de conformidad con los lineamientos que hicieron ganador al presidente, que es a quien ustedes representan. Lo demás déjenlo a los técnicos y a la burocracia, que conocen su oficio, y ojalá duren los cuatro años, porque no podemos tener futuro con ministros de un año.



