El valor de dar la cara en el liderazgo
Dar la cara significa comunicar de manera directa una información veraz que explique lo que está sucediendo en una organización. También implica asumir la responsabilidad de las decisiones que se toman, afrontando las situaciones como corresponde. En su sentido más literal, dar la cara es presentarse ante el otro para informar sin esconderse detrás de terceros ni de excusas.
Esta es una tarea fácil cuando las noticias son positivas, cuando se alcanzan resultados o se obtienen reconocimientos. Pero cuando no se cumplen los números, llegan las quejas o hay que despedir a alguien, dar la cara deja de ser un acto natural y se convierte en una verdadera prueba de liderazgo.
La importancia de la transparencia y la integridad
Dar la cara es uno de los gestos más importantes del liderazgo porque exige valentía, integridad y transparencia, cualidades que deberían ser naturales en un líder y que, sin embargo, a veces brillan por su ausencia.
La delegación es una práctica frecuente en el liderazgo. De hecho, es indispensable para desarrollar equipos y distribuir responsabilidades. Sin embargo, hay funciones que no se pueden delegar. Poner a otra persona del equipo a dar la cara en situaciones adversas no es profesional ni acertado. Y aunque esto aplica a muchos procesos, hoy quiero centrarme en uno en particular, quizá el más difícil: despedir a alguien.
La experiencia personal de una directiva
Todavía recuerdo la primera vez que, como directiva, tuve que comunicar la terminación del contrato de una persona debido a una reestructuración organizacional. No dormí bien durante la semana. Le pedí a Gestión Humana que me acompañara porque tenía miedo de cómo reaccionaría la persona. Recuerdo los consejos que recibía: “Ten cuidado”, “No digas nada de más”, “Este es el discurso que debes usar”, “Todo lo que digas puede ser usado en tu contra”.
Cuando llegó el momento, entendí algo mucho más importante que cualquier recomendación. La persona que estaba frente a mí importaba más que mis propios temores. Era un ser humano que merecía claridad, respeto, empatía y el reconocimiento por el trabajo que había realizado.
La humanidad en las decisiones difíciles
Dicen algunos que los actos repetitivos dan experiencia y que, con el tiempo, cuestan menos. Y puede que así sea: con la práctica se entienden mejor las situaciones y se aprende a leer a las personas. Aun así, espero que despedir a alguien nunca llegue a convertirse en una costumbre o una rutina. El día en que una conversación de ese tipo deje de incomodarnos, también habremos perdido una parte importante de nuestra humanidad.
Por esa razón creo que son los líderes quienes deben asumir esa conversación. No el área financiera. No Gestión Humana. Mucho menos otro integrante del equipo. Quien tomó la decisión, quien contrató a esa persona y trabajó con ella, es quien debe mirarla a los ojos y explicarle lo que está ocurriendo.
Humanizar las decisiones inevitables
Hay decisiones que no pueden evitarse, pero sí pueden humanizarse. Delegar una tarea para evitar la incomodidad puede aliviar unos minutos de tensión, pero aumenta el peso que carga quien la recibe y, en ocasiones, deja en el aire la sensación de desconfianza y desprecio.
Dar la cara no evita el dolor de una decisión. Lo que sí evita es que, además del dolor, la persona tenga que enfrentar la sensación de haber sido abandonada por quien debía responder.
Las personas olvidan muchas cosas de su paso por una organización, pero rara vez olvidan cómo fueron tratadas en sus momentos más difíciles, y ese recuerdo también forma parte del legado de un líder.
Dar la cara no es una obligación del cargo. Es una elección del carácter.



