La escritora y conferencista Natalia Zuleta expresa su profunda incomodidad ante la creciente violencia verbal que caracteriza la época electoral en Colombia. En su columna de opinión, describe un estado de "no me hallo" que la ha llevado a buscar palabras para definir una sensación compleja, pero encuentra que las mismas se han agotado por el ruido, la controversia y la saturación de discursos e información.
La palabra como arma en la era digital
Zuleta observa que en la actualidad, la palabra se ha convertido en un arma poderosa que hiere, divide, confunde y busca arrebatar el juicio. Señala que en una era donde todos pueden multiplicar mensajes, las personas se convierten en potenciales soldados de ejércitos de opinión o defensores de causas desaforadas, perdiendo la capacidad de pensar con claridad.
La autora critica el papel de las redes sociales, que se han transformado en enormes repositorios de información donde conviven lo mejor y lo peor de la condición humana. Son espacios abiertos para debatir, confrontar, confundir, insultar, exagerar o mentir, donde los impulsos encuentran pocas barreras y las emociones viajan más rápido que los argumentos.
La economía de la atención y la indignación
Zuleta cita al filósofo Byung-Chul Han, quien advierte que vivimos expuestos a una economía de la atención que premia la indignación. Cuanto más fuerte es el mensaje, más se comparte; cuanto más polariza, más visible se vuelve. Este fenómeno, según la autora, radica en el núcleo del problema actual.
El lenguaje, que debería ser un vínculo vital para habitar el mundo y convivir con otros, se ha transformado en una herramienta permanente de confrontación y animadversión. Marshall Rosenberg señalaba que las palabras pueden ser ventanas que ayudan a comprender al otro o muros que nos separan. Zuleta siente que hemos optado por los muros, generando resistencia en lugar de comprensión, y destruyendo posibilidades en lugar de construirlas.
Agotamiento colectivo y alerta constante
La confrontación permanente activa los mecanismos de alerta y genera una sensación constante de amenaza. Zuleta describe que vivimos preparados para reaccionar, responder o defendernos, como si cada conversación escondiera una batalla y cada mensaje exigiera tomar posición. Este agotamiento no es solo mental, sino más profundo, dejando huellas en la salud emocional.
Como escritora y comunicadora, Zuleta comprende la responsabilidad del uso de la palabra en contextos polarizados. Advierte que cuando el lenguaje se convierte en propaganda, las posibilidades del diálogo se agotan. Muchos han transformado el hogar, la oficina, las reuniones con amigos y los chats familiares en escenarios de debate político, donde terminan subidos al ring para defender posiciones, demostrar quién tiene razón o justificar creencias.
El silencio como observación y paz
Desde la primera vuelta electoral, Zuleta decidió convocar el silencio cada vez que la política y el voto aparecían en una conversación. Esta abstención momentánea del lenguaje le regaló una enorme paz. Se convirtió en observadora paciente de las discusiones ajenas, asistiendo a una tragicomedia donde los ánimos se calentaban con facilidad y los argumentos se repetían sin reflexión.
Descubrió que muchas de nuestras opiniones son heredadas, adoptadas o repetidas sin reflexión, convirtiéndonos en ovejas de distintos rebaños que defienden corrales ideológicos construidos por otros. Tras días de mensajes, memes, videos y opiniones inagotables, Zuleta desea un silencio fértil, no de indiferencia ni renuncia, que permita volver a pensar por uno mismo, escuchar antes de responder y reconocer humanidad detrás de las opiniones.
Una paz que habite el lenguaje
Zuleta concluye que las elecciones, los candidatos y las consignas pasarán, pero lo que permanecerá será la capacidad o incapacidad para convivir con quienes piensan distinto. Los colombianos merecen paz, no solo de armas, sino una paz que habite el lenguaje que media las relaciones y permea la vida cotidiana. Invita a un "spa mental" para depurar los residuos de la confrontación, relajar pensamientos y recuperar la claridad.
Finalmente, sugiere que la democracia no se mide únicamente por la libertad de hablar, sino también por la sabiduría de escuchar. En tiempos como estos, callarse un poco puede ser la mejor manera de volver a encontrarnos.



