El fútbol y la política, aunque aparentemente distantes, comparten una relación profunda en Colombia, donde cada cuatro años la Copa Mundial coincide con las elecciones presidenciales. Así lo plantea Alberto Valencia Gutiérrez, profesor titular del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Valle y doctor en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, en un análisis publicado recientemente.
El deporte como constructor de identidad nacional
Según Valencia, el deporte en general y el fútbol en particular son elementos fundamentales para el buen funcionamiento de una sociedad. Inspirado en el sociólogo Norbert Elías, señala que el deporte actúa como un relevo clave en el “proceso de la civilización”. En las sociedades modernas, asistir o participar en un deporte permite construir identidad y dotar de sentido comunitario a la vida, de manera similar a lo que representan los grupos religiosos, pero en un sentido secular.
Los entusiasmos deportivos, agrega, vienen a colmar “nuestro pobre nacionalismo” y la precaria identificación con una “comunidad imaginada” llamada Colombia. Figuras como James Rodríguez, Luis Díaz, Nairo Quintana y Egan Bernal son más que deportistas: son “gestores de nuestro sentido de pertenencia”. La paradoja, anota Valencia, es que en un país crónicamente dividido en dos mitades, la “gestión de la unidad nacional” recae en jóvenes provenientes casi todos de sectores populares, representativos de las diversidades étnicas del país.
El fútbol como escuela de democracia
El fútbol representa, igualmente, un espacio privilegiado para el aprendizaje de los hábitos democráticos. El “gesto fundador” de una democracia, explica el sociólogo, es el reconocimiento de que el conflicto es parte de las relaciones cotidianas en todos los campos, y no es importado del exterior ni resultado de un accidente o patología particular. Su resolución requiere espacios institucionales y simbólicos que permitan su desarrollo creativo y productivo, sin que la contradicción derive en la anulación o eliminación física del oponente.
En el fútbol se despliega agresividad y competencia física y emocional frente a un adversario. El escenario deportivo es un espacio donde se expresan tensiones y emociones fuertes que producen placer y excitación, como el disfrute con el éxito propio o el fracaso del adversario. Valencia sostiene que cada persona necesita cierta dosis de tensión y agresividad como “insumo” normal de su vida, y encuentra satisfacción en la contienda deportiva.
Agresividad regulada: antídoto contra la violencia
Sin embargo, esas sensaciones fuertes se desarrollan en espacios predeterminados, consagrados a la actividad deportiva, en el marco de convenciones escritas, limitaciones, árbitros, sanciones y campeonatos. La reglamentación deportiva permite liberar pacíficamente las emociones y modelar el “autocontrol de las pulsiones”. Aprendemos a competir sin menoscabo de la integridad del oponente, sin destruirlo ni destruirnos. Los partidos, por lo general, así sean arduos, terminan en abrazos e intercambio de camisetas.
La agresividad es tan constitutiva de la condición humana como el lenguaje. A diferencia de lo que piensan los pacifistas, no podemos eliminarla, pero sí regularla para que no se traduzca en violencia. Allí adquiere importancia la contienda deportiva como “proceso civilizatorio”. El fútbol es expresión de una “agresividad regulada” y, en tal sentido, se convierte en un antídoto contra la violencia y en un modelo por excelencia de resolución pacífica de los conflictos.
Metáfora para la política
El fútbol es también una “metáfora” para entender el juego de la política, como contienda creadora y enriquecedora, no simplemente como anulación del otro. Valencia recuerda que Colombia acaba de pasar por un difícil proceso electoral y que esta semana la selección nacional se enfrenta a Congo y Portugal. La labor de los futbolistas, concluye, no está solo en que avancemos en la clasificación, sino en enviar al país un mensaje positivo de concordia y respeto al adversario, en medio de la disputa.



