En la novela de Gabriel García Márquez, se narran los últimos meses de vida de Simón Bolívar, luego de su travesía por el río Magdalena, muriendo en Santa Marta, superando la decepción y la incomprensión. Hoy nuestros generales enfrentan el mismo laberinto, ejerciendo al máximo la virtud de la prudencia, en medio de los desaires y la displicencia hacia la fuerza durante estos años. Fácil criticarlos, pero se desconocen las complejas realidades y presiones de sostener, con silencio sabio, su legítimo inconformismo, solo con el ánimo de proteger del manoseo político e ideológico la doctrina, la integridad y la unidad de las instituciones a las que juraron honrar y defender.
El largo camino hacia el generalato
Convertirse en general o almirante de la República no es producto del azar. Alcanzar esta dignidad exige más de 30 años de entrega absoluta, de riguroso estudio de leyes y procedimientos, de experiencia en situaciones de crisis y decisiones bajo presión. Abnegados, sacrifican y asumen muchas veces el desarraigo familiar para cumplir su misión, sometidos a múltiples riesgos jurídicos y mediáticos, porque sus decisiones repercuten directamente en la vida de sus subalternos y de la población.
La purga de la experiencia
Las permanentes barridas de generales, coroneles y valiosos suboficiales expertos en inteligencia y lucha contra el crimen organizado se convirtieron en una constante. Despojar a unas Fuerzas Militares y a una Policía de su experiencia acumulada, precisamente cuando el control territorial se diluye, las economías ilegales proliferan y los grupos ilegales crecen, constituye un daño gravísimo a la institucionalidad.
El caso de Caquetá: un secuestro sin nombre
Imposible olvidar los dolorosos hechos de Caquetá en 2023, cuando 72 policías fueron atacados, desarmados y secuestrados por campesinos instrumentalizados por grupos criminales. Mientras desde la Casa de Nariño se insistía en el calificativo eufemista de un “cerco humanitario”, el entonces director de la Policía, el general Henry Sanabria, tuvo el valor de llamar a las cosas por su nombre: un secuestro. El castigo por cumplir fielmente la Constitución y la ley, y defender la dignidad de sus subalternos, no tardó en llegar: su salida de la institución. Prefirió decir la verdad antes que ser cómplice de la mentira.
Paranoia y venganza contra los oficiales
Los casos recientes confirman una especie de paranoia que cobra cabezas con sevicia y venganza contra quienes enfrentaron el terrorismo y el crimen organizado. En febrero, el país presenció la destitución del general Edwin Urrego, basada en un inverosímil anónimo sin prueba alguna, de la cuestionada Dirección Nacional de Inteligencia, atropellando su honra personal, familiar e institucional. El turno más reciente fue para el general Erick Rodríguez, un reconocido oficial del Ejército Nacional. ¿Su pecado? Denunciar que las disidencias Farc de alias Calarcá carnetizaban a la población de Meta y Guaviare en plenas elecciones. Nuevamente, el mensaje para la tropa es devastador: los bandidos y criminales, protegidos; mientras quienes defienden a los colombianos resultan perseguidos.
La politización de las fuerzas armadas
La fortaleza de una democracia radica en el cumplimiento de la Constitución y la ley, así como en la autonomía técnica y la independencia política de sus fuerzas e instituciones armadas. Tratar de politizarlas e ideologizarlas destruye el mérito, el rigor técnico y el ascenso basado en el estudio, el esfuerzo y los incentivos de carrera; debilita la doctrina y deja a los colombianos con sus uniformados desconcertados, golpeados en su vocación y su moral.
El ejemplo que marca la tropa
Un soldado o policía aprende más de las acciones y el ejemplo que de los discursos. Si observan que años de experiencia y servicio, que hacer y decir lo correcto, dejan de ser un activo y se convierten en una vulnerabilidad, inevitablemente modificarán su comportamiento. Se diluirán el coraje y la templanza; aparecerán el temor a asumir responsabilidades y la preferencia por decisiones cómodas y “políticamente correctas”, antes que objetivamente necesarias. Ninguna fuerza puede cumplir su misión cuando sus integrantes y líderes perciben permanente incertidumbre y desamparo.
La soledad del uniformado
Permítanme extender una reflexión sobre los casi 500.000 miembros de nuestras Fuerzas Armadas, porque un general, como todos nuestros oficiales, suboficiales, soldados y policías, asume con honor y auténtico sentido de servicio público la soledad de no poder trasladarse con su familia, para no causar el desarraigo laboral, escolar y universitario de su cónyuge e hijos. Enfrenta solo, con sus hombres, cientos de vicisitudes: desde animar a sus uniformados en medio de los ataques de los grupos ilegales, hasta acudir a protegerlos y respaldarlos frente a las narrativas de odio en su contra.
Un llamado a la defensa de la institucionalidad
Pero sigo siendo optimista frente al futuro de Colombia, precisamente por la fe y la reciedumbre de carácter de sus fuerzas. Porque, frente a todos los ataques, la violencia de palabra y de hecho, han sabido mantenerse al margen, fieles al cumplimiento de la Constitución y la ley, no a los caprichos del mandatario de turno. Muchos hemos preferido dar un paso al costado antes que negociar los principios. Es imperativo rodear y defender la dignidad de nuestros uniformados. El futuro, la libertad y el orden dependen de que sus insignias brillen con honor. Nuestro infinito respaldo en estos momentos complejos de país. Sin valientes que se apropien, incluso con su vida, de la protección de los colombianos, no habrá libertades, y sin libertades no hay democracia. La historia los juzgará.



