Odio abstracto y política: el riesgo de pasar de la democracia a la emocracia
Odio abstracto y política: el riesgo de pasar de la democracia a la emocracia

Estamos inmersos en el odio, en la política, en las redes sociales, en la vida personal. Se trata de un odio 'abstracto', como lo he sostenido por años: nos sentamos en el sillón favorito y odiamos al enemigo sin saber apenas más que su nombre, alguna caricatura de sus ideas, profiriendo un prontuario de sus defectos. Es una dinámica muy difícil de desarticular. El odio pasa por profundidad y por propósito, especialmente en política, dado que es una emoción que sentimos muy intensamente y que se manifiesta de manera sistemática, que le da aire a nuestro discurso llenándolo de un contenido hueco que nos repetimos como la grata mortificación de la encía inflamada que nos tocamos una y otra vez con la lengua. Ya lo señalaba George Orwell en 1984: sobre el odio, la principal pregunta es ¿por qué?

La nueva subclase de los 'odiadores freelance'

Esta dinámica del odio en abstracto ha creado una nueva subclase de individuos, lo que llamo los 'odiadores freelance'. La manifestación más dramática de la política vendrá a través de sujetos aislados actuando en el mundo los ideales correctivos de lo que ven como justicia. Dado que nada o poco de la acción real les pertenece, su forma de sentirse partícipes de lo que pasa es reclamando una tarea emocional como propia: odiar desde la comodidad de su sillón, un 'armchair hatred'. El odio es una tarea emocional autoasignada, como si este trabajo de las emociones fuera un deber que alguien tiene que hacer, una especie de obligación cósmica.

Los antiguos griegos sabían que el odio y la ira son emociones sobre las cuales no se puede construir una sociedad democrática. Uno no puede tirar en una jaula un grupo de animales rabiosos y pretender que eventualmente terminarán desarrollando sistemas de convivencia. No sin imprimir en el sistema más emociones similares al odio, como el temor. Es una idea profundamente hobbesiana, con la cual se han creado órdenes políticos que permanentemente son susceptibles de caer en la dinámica —como durante las guerras— de tener que imprimirle miedo al oponente para lograr una frágil estabilidad. Se trata de un orden que no se replica ni se perpetúa por sí mismo. 'Es mucho lo que se puede hacer con una bayoneta, menos sentarse en ella', decía George Orwell.

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Los errores que induce el odio según Martha Nussbaum

Martha Nussbaum, en su obra 'La Monarquía del Miedo', señalaba que el odio inducía al error por varios caminos. Están por un lado los errores obvios, como los que vienen del juicio apresurado al que nos impulsa el odio. Lo vimos en acción recientemente ante el caso de un supuesto abusador sexual: las pruebas se vuelven fragmentos, testimonios confusos y contradictorios llenos de trazas emocionales. Está el error del estatus, la idea de que la ira indignada es una forma necesaria para restaurar la dignidad ofendida. La vemos en movimiento en los incidentes de tránsito durante los cuales los que están en la pelea optan por causar daño pecuniario al otro y a sí mismos —estrellando sus autos por ejemplo— para dejar en claro que han salvado su 'dignidad'. Hay quienes creen que no hay lucha auténtica de reivindicación política que no deba estar marcada por esta dignidad rabiosa. Y claro que hay mil errores más a los que induce el odio y la indignación, como a la lógica del golpe por el golpe, la idea de que mi dolor o mi daño se verán resarcidos con un daño equivalente o incluso superior al otro.

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El odio que se vuelve institución

Es en este escenario en el que se resuelve nuestro drama político actual. El problema es que una vez instaurado un orden político, ese odio no desaparece, toma aire de programa institucional, 'madura' por así decirlo. Recuerdo haber leído un discurso que Himmler pronunció para sus tropas de las SS el 4 de octubre de 1943 en la Polonia ocupada en el cual decía que sólo los alemanes tenían la 'decencia' de tratar a los animales humanos (refiriéndose a los judíos) como se merecían. En los campos de la muerte instaló entonces ayudas para que los discapacitados pudieran llegar a las cámaras de gas sin lesión alguna. Todo tenía que ver con un odio ya frío, 'decente', convertido en política. Las burocracias extienden el programa del odio en algunos regímenes dándole la apariencia de inobjetabilidad, de ley. El nazismo se ha perpetuado en la vida actual sobre todo a través de la instancia burocrática.

Es justamente esta dinámica en la que estamos hoy, ante la posibilidad de un odio que corre el riesgo de volverse institución. Uno de los rasgos de la ira contemporánea, señalaba también Nussbaum, es que no solo contiene un elemento de protesta ante los agravios, sino también un ardiente deseo de desquite, como si el sufrimiento de otros pudiera resolver los problemas del grupo propio o de la nación. Necesitaremos cuatro años de venganza para desagraviar lo que el grupo político opositor instauró durante el gobierno anterior. Esto no es una dinámica que conduzca al orden sino a un perpetuo ir y venir como de procesión en el cual el mayor perjudicado es el paso hacia adelante.

La esperanza defraudada y la emocracia

Yo veo otro elemento en el odio contemporáneo: tiene el aire de la esperanza defraudada, de la decepción que tiñe todo de una suerte de practicidad: 'Yo antes creía en la igualdad y en esas tonterías, pero ahora soy una persona práctica'. Estas formas de decepción, ya profundamente instauradas en el mobiliario mental de los más jóvenes, nos inducen a pensar que ante la imposibilidad de lograr los difíciles sueños de la igualdad, de la inclusión, de la construcción de comunidad, no quedan más que las vías de hecho, unas alimentadas por los temores y los instintos más básicos de los individuos que conforman la base política del partido gobernante. Llegamos a la paradójica conclusión de que la función del Estado nacido del odio es negar las funciones del Estado y dar rienda suelta a los bajos instintos que ahora conforman la base política. Para la derecha en Colombia ello significa volver a su ansiada guerra, a las políticas de destrucción del entorno natural. Para la izquierda hubiese significado gobernar a través de la protesta popular. En ambos casos, la función del Estado es evitar el Estado, una manifestación dramática y extrema de la así llamada 'Identity Politics' o 'política de la identidad', la idea dominante hoy según la cual la política debe poner en el escenario del mundo nuestras emociones. Haríamos bien en quitarle la 'D' inicial al nombre del sistema político bajo el cual pretendemos vivir, porque estamos en proceso de pasar de la Democracia a la Emocracia. En ese escenario, el mayor reto para muchos de nosotros será lograr convivir y hacer una vida social conjunta bajo el que es radicalmente diferente de nosotros en sus perspectivas y visión del mundo.