La corrupción como cáncer social: sin campeones ni justificaciones
Al abordar la corrupción como un cáncer que afecta tanto al sector público como al privado, y su inevitable interrelación, no es necesario establecer rankings o campeones. Cualquier manifestación de corrupción es profundamente reprochable. Los corruptos son corruptos: no existen "medio corruptos", así como no hay "mujeres medio embarazadas". De poco sirve argumentar, por ejemplo, que un gobierno sea menos o más corrupto que otro, ya que, en última instancia, ambos lo son.
La irracionalidad de justificar la corrupción
Resulta indignante que la sociedad, mientras critica y se duele por la corrupción –como es obvio–, caiga en la irracionalidad de justificarla en manos de aquellos que roban pero "hacen", como si el hacer les quitara la condición de ladrones. Son corruptos ambos: el que roba y no hace nada es tan corrupto como el que hace algo y roba. Justificarlo nos condena a tolerar lo intolerable, a perder el norte y, sobre todo, a perder la guerra desde el momento en que se decide librarla.
Hay personas que, en nombre de la sociedad colombiana, han perdido su tranquilidad e incluso dado su vida por combatir a los corruptos. Aquellos que lo han hecho y sus familias sienten desolación al escuchar justificaciones de este tipo, como si hubiera licencia para robar. Quienes creen que la corrupción tiene niveles divisibles entre tolerables e intolerables, sin quererlo, son parte del problema: la complacencia con los corruptos.
El gobierno de Gustavo Petro: corrupción sin escalafones
Bajo esta premisa, me refiero a la discusión surgida por aseveraciones que sitúan al gobierno de Gustavo Petro en la cima de la corrupción como el más corrupto de la historia de Colombia. La verdad es que si el gobierno de Petro es el más corrupto, el segundo o el décimo, es irrelevante. Para ser despreciado por corrupto no necesita ocupar el primer puesto en ese campeonato, ni para ser querido, necesita quedar en otro. El gobierno de Petro es corrupto, y punto.
Otra cuestión es que el petrismo, mientras fue oposición y con razón, hizo de la lucha contra la corrupción toda una bandera política. Obviamente no fueron los únicos, pues personas de otras vertientes ideológicas, no solo en discursos sino en acciones, se convirtieron en adalides de la lucha anticorrupción.
La trampa de justificar la corrupción por comparación
Lo que sí es imperdonable es que el petrismo, sus aliados y electores, caigan en la trampa, diseñada por Petro en Colombia y copiada de sus homólogos en varias partes del hemisferio como los Kirchner, Lula, Correa, López Obrador y Ortega –por solo citar algunos–, de justificar la corrupción de su gobernante en el hecho de que otros en el pasado también robaron y fueron corruptos. Normalizan el delito porque otros igual lo cometieron. Es como justificar a un asesino en serie y perdonarlo porque asesinos en serie ha habido a lo largo de la historia milenaria.
El gobierno de Petro es corrupto, los casos son miles, los altos funcionarios también, y los escándalos y la desfachatez en ocasiones son casi inéditos. Petro y su gobierno fallaron, dejaron enquistar la corrupción en su ADN, los escándalos son diarios y tantos que no es necesario enlistarlos. Que no sean los campeones nacionales de la corrupción no los exonera de ninguna responsabilidad. Al contrario, los condena cada vez más al permitirse el lujo de haberla dejado incrustar y enquistar en la dinámica diaria del poder.
La corrupción desde la cúpula hasta la base
La corrupción va desde la cabeza del ejecutivo y su familia hasta el funcionario común y corriente, y desfila por cada ministerio y altas dependencias del Estado central, sin excepción alguna. Petro le ha fallado al país. El "gobierno del cambio" no lo fue en nada bueno, y lo que es indiscutible es que, en materia de corrupción, Petro y su gobierno serán dolorosamente recordados y en el futuro, apenas se bajen del potro, perseguidos y procesados por los organismos de control.
La corrupción cabalgó desbocada con un jinete borracho y drogado que la permitió, la justificó y no la recriminó, pues robar hizo parte de su ADN. Por Pablo Felipe Robledo.



