El libro “¿Quién manda en Colombia? Élite, poder y nación”, de Jenny Pearce y Juan David Velasco, presentado en la FILBO, ha generado reacciones diversas. En una época donde los mecanismos del poder son opacos, algunos medios afirman que se revela el misterio, mientras una columna sugiere no comprar la investigación porque confirma lo que ya se sabía.
La entrevista y los lugares comunes
En la entrevista de MJ Duzán a los autores, surgieron ideas recurrentes: Colombia es una paradoja con elecciones, estabilidad macro, burocracia funcional y separación de poderes, pero también inequidad y violencia recurrentes. Se habla de múltiples violencias que deben prevenirse, no combatirse, y de la necesidad de diálogo sin odio entre adversarios políticos.
Una pregunta clave del libro es por qué fracasan las reformas. La respuesta apunta a las élites, que realizan pactos o alianzas poco transparentes. Existen muchas “constelaciones” de élites que cambian, compiten y discrepan, pero la más poderosa sería la “élite oligárquica”, que controla la política, la judicial, la tecnocrática, la mediática y otras.
El giro inusual: élite vs. oligarquía
El término “élite oligárquica” es casi un pleonasmo. La palabra “élite” enfatiza la condición de distinguida y digna de imitación; la RAE la define como “minoría selecta”. En cambio, “oligarquía” es una “forma de gobierno en la cual el poder político lo ejerce un grupo minoritario”. Las disidencias de Iván Mordisco serían una “oligarquía regional”, jamás una élite. Con este giro, el libro evita referirse a quienes actúan como amos y señores en algunos territorios, con ejército propio, tributos, control social y suministro de bienes públicos.
Manuel Cepeda: el padre del candidato
Coincidió con esta entrevista un artículo sobre Manuel Cepeda, padre del actual candidato presidencial que lidera las encuestas. Asesinado por paramilitares con apoyo de funcionarios del Estado, su hijo afirma que creía “firmemente en la democracia y en la acción política no violenta”, a pesar de haber promovido “la combinación de las formas de lucha”.
Manuel Cepeda fue director de la Juventud Comunista (JUCO) y alentó el trabajo clandestino violento, con Jaime Bateman como figura destacada. Cuando el fundador del M-19 atacó el Instituto Colombo-Americano en Bogotá en 1961, Cepeda organizó un acto de reconocimiento. Lo animaba “un impulso místico… un éxtasis como quien va a unos esponsales… vivió en un pedestal épico”, según sus camaradas.
Fue delegado del PCC a la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), creada por Fidel Castro para coordinar la lucha revolucionaria. Su entusiasmo con la guerrilla lo llevó a afirmar que “las armas eran la expresión más avanzada de la lucha por el cambio social”. En Checoslovaquia, trabajó en la Revista Internacional editada por los soviéticos y defendía “de manera intransigente la ortodoxia leninista”. Los pueblos debían plegarse al designio de que “el comunismo era la única vía para mejorar la vida humana”.
Tras la invasión soviética a Checoslovaquia, para Cepeda y sus copartidarios, “la invasión soviética de una nación que ellos mismos llamaban libre, era una decisión loable para salvaguardar la paz mundial (pero) la tentativa del Estado colombiano de ejercer control en Marquetalia (bajo fuerte influencia) del PCC con sus destacamentos armados, era un acto repudiable… pura y simple barbarie”. Este doble rasero de silenciar excesos propios para condenar al Estado se extendió luego al secuestro.
Iván Cepeda: ¿heredero de la misma actitud?
Iván Cepeda tenía 31 años cuando asesinaron a su padre. Nadie sugiere que no fue criado por él; salvo cortos períodos en el exterior, vivieron juntos. Jenny Pearce destaca la importancia de la transmisión entre generaciones de valores y actitudes ante la violencia. Así, alguna semejanza debe existir entre don Manuel y el candidato.
Sin necesidad de especular, basta constatar su silencio ante atropellos de la izquierda y, en 2021, su vocación más destructiva que contestataria: “Con todo a la calle… pero sin gastar todas las energías… preservándonos para una lucha larga. Que a los universitarios se unan campesinos, consultas populares, gente sin servicios públicos, pensionados, contra la reforma tributaria… Que se arme en este país un paro cívico nacional”.
¿Qué esperar de Iván Cepeda?
¿Qué puede esperar una sociedad agobiada por la violencia y la desigualdad de quien evita debates para discutir propuestas políticas o programas específicos, que no tiene reparo en manipular los hechos y, encima, “muerde la mano que le da de comer”? El supuesto candidato del pueblo lleva 16 años con sueldo de oligarca en el sector público; su esposa 12. Además, tiene vínculos con rancias élites del país. Su tío materno fue gobernador, senador y ministro de Agricultura, mientras que a su padre le enseñó marxismo en la universidad un tío abuelo de Paloma Valencia.



