Una reflexión personal en el Día Internacional de la Mujer
Escribo estas líneas el domingo 8 de marzo, coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer y una jornada electoral. Mi mente viaja a mediados del siglo pasado, al Hospital Americano en Neully-Sur-Seine. Es abril, abro los ojos en un quirófano revestido de baldosas blancas, rodeada de mesas metálicas y una lámpara con luces redondas y estridentes. Extraño la única sensación que había conocido hasta entonces: la tranquila flotación en el pequeño mar dulce que era el útero de mi madre. Pero afuera aguarda la primavera, y eso siempre trae consigo esperanza.
La decisión que nadie nos consulta
Nací mujer porque la suerte o los cromosomas así lo determinaron, pero nadie me preguntó si deseaba serlo. Agradezco infinitamente el veredicto que la naturaleza dictó en mi nombre, aunque resulta curioso que una de las decisiones más trascendentales para cualquier ser humano sea tomada por el azar, y no por quien deberá asumir sus consecuencias durante toda la vida.
Desde siempre, me ha conmovido profundamente ser mujer: por lo que implica y significa, por nuestra forma particular de sentir el mundo y, sobre todo, porque si así lo decidimos, tenemos el privilegio único de dar vida a otras vidas. Nos ha correspondido abrirnos camino a brazo partido, construyendo un lugar y una dignidad que durante siglos nos fue negada. Nada nos ha resultado fácil, pero cada logro individual se convierte en un triunfo colectivo para todas.
La violencia que nos une y nos duele
De igual manera, en cada mujer maltratada, humillada o asesinada, hay un fragmento de cada una de las mujeres del mundo. Hay un grito ahogado, una fuerza contenida, una mano alzada que en algún momento intentó detener la violencia y se atrevió a no resignarse. En cada víctima de las múltiples guerras –físicas, emocionales, sociales, armadas y psicológicas–, en cada mujer que aparece con un disparo en el corazón, el rostro golpeado o el alma destrozada, hay algo de nosotras: una micra de piel, un átomo de tristeza, el eco de una resistencia que no pudo más.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud y ONU Mujeres, a nivel global una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de violencia. La escalofriante cifra de 840 millones de mujeres han sido víctimas, y cada día el mundo es testigo de más de 130 feminicidios.
La realidad colombiana: una derrota nacional
En nuestro amado país, que lucha contra viento y marea para romper los círculos viciosos de pobreza, inequidad y violencia, el año pasado se registraron aproximadamente 900 feminicidios. Esta cifra representa una derrota para todos: para la nación en su conjunto, para maestros y policías, para dioses y antropólogos, para terapeutas y sacerdotes, para médicos y jueces, para intelectuales y políticos.
Ser mujer constituye un riesgo valiente, un riesgo que merece la pena asumir porque, si existe alguien con capacidad transformadora, alguien que pueda sembrar afectos donde crecen balas, alguien capaz de levantarse una y mil veces después de incontables derrotas, esas somos las mujeres. No importa si ejercemos como alfareras o presidentas, como actrices, soldados o médicas: siempre tenemos la opción de vivir con sensibilidad y aferrarnos a la esperanza necesaria para luchar por nuestras utopías.
La esencia de la valentía femenina
Somos esencialmente valientes, apostamos todo por defender lo que amamos y en lo que creemos. Incluso en la vejez, con huesos débiles, conservamos nuestra fortaleza, y con una voz que durante décadas ha atravesado mares, amores y pueblos, gritamos para que la vida se abra paso. No guardamos silencios cómplices, no vendemos nuestros sueños al mejor postor ni nos damos por vencidas.
Hasta la vejez puede convertirse en un triunfo, si fuimos conscientes de cada instante vivido, de cada encuentro significativo, de cada palabra que sirvió para algo y de cada mano que impidió un disparo. Hasta la vejez es un triunfo si en cada beso lo entregamos todo, si los abrazos nos colman de felicidad, si las ausencias nos dejaron tristes y esa tristeza nos volvió más valientes, y si logramos salvar –o al menos proteger– una, siquiera una, una sola vida.



