El costo de hablar o silenciarse: una reflexión sobre el acoso en el periodismo
La libertad de expresión representa uno de los bienes más valiosos para la humanidad, pero también puede convertirse en un arma de doble filo cuando se utiliza para juzgar a quienes han sufrido acoso o abuso sexual. Jineth Bedoya Lima, periodista y sobreviviente, comparte una columna cargada de dolor y reflexión sobre este tema crucial.
La incomprensión social frente al trauma
La sociedad frecuentemente no logra comprender la magnitud del peso psicológico, emocional y físico que recae sobre las víctimas de acoso sexual. Los señaladores morales, amparados en esa misma libertad de expresión, se erigen como jueces sin entender la profundidad del trauma.
Bedoya recuerda sus días como reportera de guerra, cuando las noticias llegaban a través de teléfonos de cable en cabinas de Telecom, escritas en libretas de papel hoy menospreciadas. Las imágenes viajaban en rollos fotográficos embalados en sobres, bolsas plásticas y cinta aislante, transportadas en buses interdepartamentales o avionetas durante travesías de 24 horas.
Lo prioritario era la exclusiva: estar en el momento justo, ganarle la "chiva" a la competencia, demostrar capacidad profesional. En redacciones predominantemente masculinas y modelos laborales patriarcales, denunciar comportamientos inapropiados de compañeros, jefes o fuentes se interpretaba como debilidad o incapacidad.
El silencio también requiere valor
"No es más valiente quien habla que quien calla", afirma Bedoya, "porque hasta para silenciarse se necesita valor". A pesar de los avances tecnológicos del 2026, los discursos de poder y la responsabilidad inversa que carga de culpa a la víctima permanecen inalterados.
Las redes sociales se han convertido en tribunales inquisidores donde se señala sin pudor a periodistas que tardaron años, meses o días en denunciar a sus agresores. Ya han condenado incluso a quienes se niegan a hacerlo.
El movimiento que rompió los miedos
El escándalo actual sobre medios de comunicación con salas de redacción que albergan acosadores está en boca de todos gracias al movimiento feminista, que logró romper en parte los miedos de hace 20 y 30 años.
Sin embargo, lo que no cambiará por ahora es el costo de hablar o permanecer en silencio. Ambas posiciones ofrecen pocas opciones, pues solo quien ha enfrentado acoso y abuso comprende la sensación de angustia que hace estallar el pecho o las largas noches sin dormir.
Quien soporta a su victimario en silencio conoce el terror que recorre el cuerpo y se ahoga en náuseas interminables. Hablar o callar implica afectaciones emocionales que no pueden pesarse en balanzas, y la valentía tampoco se mide por la decisión tomada.
"No Es Hora De Callar": una voz que trasciende
Jineth Bedoya optó por hablar tras nueve largos años. El 9 de septiembre de 2009 nació "No Es Hora De Callar", una frase que no pertenece exclusivamente a EL TIEMPO ni es un eslogan publicitario. Representa la voz de una mujer sobreviviente, de miles de mujeres sobrevivientes, tanto de las que hablan como de las que no.
La periodista hace un llamado a quienes levantan el dedo para señalar y reclamar: reflexionen qué han hecho para denunciar un caso o acompañar a una víctima. A quienes tuvieron posibilidad de frenar o sancionar a un abusador y no lo hicieron, les recuerda su inevitable papel de cómplices.
La lucha continúa, y el mensaje permanece claro: cuando se trata de acoso y abuso sexual, verdaderamente no es hora de callar.



