La transformación tóxica de las campañas políticas
En el panorama político contemporáneo, las campañas electorales se han convertido en una carrera despiadada donde el objetivo principal ya no es demostrar la valía del propio candidato, sino evidenciar que el rival es considerablemente peor. Este fenómeno no es completamente nuevo, pero lo que sí representa una novedad alarmante es la total ausencia de pudor con que se ejecuta esta estrategia, un síntoma inequívoco de una democracia que se encuentra en estado de agonía.
La normalización de la mediocridad institucional
Imaginemos por un momento un futuro cercano donde las instituciones fundamentales de la sociedad operen bajo esta misma lógica perversa. Los equipos de fútbol nacionales podrían clasificar al Mundial prometiendo únicamente que serán los que menos goleadas reciban, los premios Nobel de Economía se otorgarían a los asesores gubernamentales que logren la hiperinflación más baja del planeta, y las facultades de medicina graduarían únicamente a aquellos estudiantes que dejen morir la menor cantidad de pacientes.
Resulta innecesario repetir la conocida crítica sobre la ausencia total de propuestas concretas en las campañas políticas modernas. El verdadero foco de atención debe dirigirse hacia cómo han logrado conquistar el poder los escuderos digitales de los líderes políticos, aquellos operadores que, a cambio de lucrativos contratos con el Estado, se dedican a desenterrar del archivo los tropiezos pasados de sus oponentes, con el claro objetivo de evitar que sus jefes rindan cuentas ante la ciudadanía.
La burocracia como escudo y la lógica del enfrentamiento
Con esto no pretendo afirmar que estos operadores sean cobardes absolutos, todo lo contrario. Se requiere de un valor considerable para navegar y cumplir con toda la compleja burocracia necesaria para registrarse exitosamente en el Sistema Electrónico para la Contratación Pública (SECOP), esa maraña administrativa que tantos dolores de cabeza genera.
La lógica de tramitar las diferencias políticas mediante señalamientos mutuos resulta extraordinariamente conveniente para todas las partes involucradas en el conflicto. Los políticos enfrentados logran diluir sus responsabilidades en interminables hilos de redes sociales y, como consecuencia final, el votante promedio queda completamente perdido, sin herramientas adecuadas para evaluar gestiones concretas que le permitan elegir de manera consciente e informada.
El voto emocional y la normalización de la corrupción
Afortunadamente, todos frente al tarjetón electoral reflexionamos profundamente y realizamos un balance interno minucioso que... al final, nos lleva inevitablemente a votar por el candidato que más logre hacer llorar al que nos cae particularmente mal. ¿O acaso no es esta la cruda realidad?
Estos cruces constantes de acusaciones van normalizando progresivamente la peligrosa idea de que la corrupción o la incompetencia política son fenómenos inevitables, inherentes al sistema. Y mediante este proceso, la ciudadanía termina preguntándose con genuina desesperanza: ¿para qué molestarse en salir de casa un domingo para ejercer el derecho al voto?
La ilusión democrática y la pérdida de incentivos
Tal vez alguien pueda responderme argumentando que la democracia está más viva que nunca porque su político preferido ganó las elecciones pasadas. Tal vez tenga razón y yo deba retractarme públicamente afirmando: el interés por la democracia ha crecido tanto que el espectáculo de medio tiempo del Súper Bowl del año 2027 servirá como taller de capacitación para la Misión de Observación Electoral internacional.
Resulta agotador observar cómo las campañas políticas han perdido completamente el incentivo de demostrar que los aspirantes a cargos públicos pueden realizar una gestión eficiente y transparente, a pesar de cometer algunos errores humanos inevitables. La clave fundamental del sistema democrático saludable es la rendición de cuentas permanente, y eso implica necesariamente aceptar las equivocaciones como parte del proceso. Sé perfectamente que esto suena excesivamente idealista, porque la ciudadanía cree firmemente que los políticos nunca piden disculpas genuinas. Y en este punto específico tienen toda la razón: para encontrar un caso documentado hay que buscar en Google "político disculpándose + Grecia antigua".
El abismo constitucional y el empate destructivo
De lo que sí estoy completamente seguro es que tanto empate en la mediocridad política llevará inevitablemente varios de nuestros derechos fundamentales al despeñadero del olvido. Ya el ministro del Interior le puso nombre propio al abismo que podría convertirse en nuestro futuro colectivo; lo bautizó ceremoniosamente como "constituyente". Y el riesgo enorme que implica ese proceso constituyente pasará completamente desapercibido simplemente porque en el pasado la oposición política también quiso impulsar una iniciativa similar.
Dijo en alguna ocasión el extécnico de la Selección Colombia de fútbol, Francisco Maturana, que "perder es ganar un poco". Yo creo firmemente que en los debates políticos contemporáneos, empatar en acusaciones mutuas es acabar con la democracia, poco a poco pero de manera irreversible.