La caricatura de Jarape desnuda la operación política detrás de Paloma Valencia
Caricatura de Jarape revela operación política de Paloma Valencia

La caricatura de Jarape desnuda una operación política en Colombia

La caricatura publicada por Jarape el 17 de marzo en El Espectador no representa una simple campaña electoral; en realidad, describe una operación política cuidadosamente orquestada. En una frase contundente, el personaje de Cándida revela el mecanismo: “El papel de Abelardo en esta campaña es hacer parecer de centro a Paloma”. Este comentario sintetiza el truco utilizado en la política contemporánea, donde el contraste estratégico a menudo supera a la coherencia ideológica.

El efecto óptico de la moderación

En la Colombia actual, este contraste se fabrica intencionalmente para atraer al elector de centro, seduciéndolo con una falsa moderación que le hace creer que está eligiendo equilibrio, cuando en realidad solo se está maquillando un extremo. Paloma Valencia no se ha convertido de repente en una figura moderada; lo que ha cambiado es el telón de fondo. Después de ganar la consulta de centroderecha con más de tres millones de votos y sumar a Juan Daniel Oviedo como fórmula, su candidatura comenzó a venderse como una derecha razonable. Sin embargo, esta moderación es, en gran parte, un efecto óptico.

Cuando Abelardo de la Espriella entra en escena con una retórica de ultraderecha y una vocación de outsider, la ventana de lo aceptable se desplaza hacia ese extremo. Como resultado, todo lo que se encuentra un poco más cerca del centro empieza a parecer sensato. No se trata de una conversión ideológica genuina, sino de una operación de encuadre diseñada para alterar las percepciones del electorado.

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La Ventana de Overton y la manipulación del debate

En política, casi nada ocurre por accidente. La Ventana de Overton, formulada por Joseph Overton en los años noventa, explica cuáles son las ideas que una sociedad está dispuesta a considerar aceptables en un momento dado. Su lógica es simple pero despiadada: no siempre es necesario cambiar la opinión del electorado; a veces, basta con desplazar los límites de lo que puede discutirse sin escándalo. Cuando irrumpen posiciones más extremas, aquello que ayer parecía radical comienza a venderse como aceptable. No cambia la idea en sí, sino el marco con el que se la mide.

Dentro de esa ventana, una propuesta suena razonable, debatible e incluso necesaria; fuera de ella, parece insensata o directamente inadmisible. Ahí reside el verdadero negocio electoral. La estrategia no consiste en enamorar al votante de derecha dura, que ya está fidelizado por el miedo, la rabia o la nostalgia. En cambio, se centra en seducir al votante de centro para que termine abrazando lo que ayer habría considerado una agenda severamente conservadora.

Ejemplos internacionales y la estrategia del contraste

Esta táctica no es exclusiva de Colombia. En Francia, la irrupción de Éric Zemmour, con un discurso identitario aún más incendiario, ayudó a normalizar a Marine Le Pen ante parte del electorado de derecha en 2022. Aquella campaña se retrató como una contienda con dos candidaturas de extrema derecha disputándole espacio a Emmanuel Macron. En España, ocurrió una versión menos teatral pero igual de eficaz. Vox endureció el debate sobre inmigración, género y nación, mientras Alberto Núñez Feijóo vendía al Partido Popular como la carta de la estabilidad, aunque el partido siguiera sosteniendo posiciones muy conservadoras.

Por lo tanto, la pregunta clave no es si Paloma Valencia parece moderada, sino quién corrió la línea para que parezca moderada. La respuesta es perturbadora, porque revela que el centro, ese territorio que se presume sensato, suele ser el más manipulable de todos, ya que no vota tanto por convicción como por contraste. Deliberada o no, la jugada consiste en correr el tablero para que el elector crea que está evitando un abismo, cuando en realidad apenas está eligiendo una versión mejor presentada del mismo precipicio.

Jaime Humberto Silva, historiador. Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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