Fernando Carrillo proyecta triunfo electoral contra la abstención en Colombia
En respuesta al editorial publicado el 9 de marzo de 2026 titulado "Colombia eligió con entusiasmo y tranquilidad", el analista Fernando Alberto Carrillo Virgüez realiza una profunda reflexión sobre el estado de la democracia colombiana tras los comicios del domingo 8 de marzo de 2026.
Participación masiva en medio del descredito democrático
Las cifras generales de participación electoral registradas durante las votaciones del primer domingo de marzo de 2026 representaron un éxito significativo para el sistema democrático colombiano. A pesar del profundo descredito que afecta tanto a la democracia como a los organismos de control encargados de la supervisión y escrutinio electoral, el pueblo colombiano salió masivamente a las urnas con un claro propósito: defender las instituciones democráticas y continuar apostando por un sistema que, aunque herido y menospreciado durante décadas, sigue siendo el mecanismo fundamental de expresión ciudadana.
Escándalos que empañan el proceso electoral
No obstante la alta participación, el proceso electoral no estuvo exento de graves irregularidades que no pueden pasar desapercibidas:
- Mesas de votación destrozadas y urnas incineradas
- Votos alterados o descaradamente inflados
- Bolsas de dinero destinadas a la compra de conciencias
- Intimidación de votantes por parte de malandros
Esta lepra de la corrupción arrasó con todo a su paso, demostrando que la inmundicia política nunca falta cuando se trata de "politiquear" o elegir politiqueros. La náusea que produce conocer que en determinadas regiones los votos favorecieron a verdaderos hampones y caníbales del erario público resulta indescriptible.
La triste realidad de la compra de votos
Lo más asqueante de esta situación radica en la certeza de que el pueblo no elige corruptos por placer o convicción, sino por necesidad. Los ciudadanos votan por estos personajes porque les toca, porque su bolsillo -no su alma ni su conciencia- es tocado por las prácticas clientelistas. Esta aborrecible compraventa de votos, intercambiados por un insípido "plato de lentejas", representa lo más ruin, sucio y miserable que puede existir en el ámbito político.
La lucha por los escaños congresionales
No menos repulsivo resulta observar a los politiqueros peleando a muerte por los jugosos y rentables escaños en el "honorable" -y pútrido- Congreso de la República. Como aves de rapiña desbordadas y posesas, estos personajes excretan babaza por doquier mientras calculan meticulosamente cada curul obtenida y las que podrían añadirse a su haber preciado.
Ningún partido politiquero se salva de esta crítica mordaz:
- Los partidos tradicionales, con su bandera roja de infamia y decrepitud
- Los partidos azules, descritos como longevas, sedientas, oportunistas e indómitas pirañas
- Aquellos que, con Biblia en mano e invocando el nombre de Dios, terminan cebando al diablo mientras extorsionan a sus feligreses
- Numerosas cloacas políticas que solo sirven para minar todavía más la deprimida y vulnerada democracia colombiana
Un rayo de esperanza en la participación
A pesar de todo lo emético que resulta el panorama anterior, Carrillo insiste en destacar un aspecto positivo: el volumen de votación para las consultas y para elegir a los Honorables Parlamentarios fue significativo. Muchos fueron los votos depositados a conciencia, libremente y contados bajo la lupa de la honestidad y transparencia -presuntamente-.
El autor augura a la votación para elegir al próximo presidente o presidenta de Colombia un aplastante éxito contra la abstención, especialmente después del "abrebocas" que representaron las elecciones pasadas. Sin embargo, hace un llamado urgente para que se triplique el control, la supervisión y el auditaje en las respectivas mesas de votación de todo el territorio nacional.
Exigencias para garantizar la transparencia
Finalmente, Carrillo Virgüez exige que se le pueda garantizar a la nación colombiana, al menos en un porcentaje sensiblemente alto, unos conteos y resultados limpios que coincidan con la voluntad libre -y sin intimidaciones- de quienes depositan un nombre en las urnas. Esto implica rechazar cualquier amañada estrategia más de la empresa corrupta y criminal que, con demasiada frecuencia, doblega, cercena y fulmina los fundamentos mismos de la democracia.
La reflexión concluye con un mensaje de esperanza moderada pero firme: aunque la democracia colombiana enfrenta desafíos monumentales, la participación ciudadana masiva demuestra que el pueblo aún cree en el sistema y está dispuesto a defenderlo contra viento y marea.



