La democracia colombiana: entre encuestas dudosas y votantes pragmáticos
Democracia colombiana: encuestas dudosas y votantes pragmáticos

La democracia colombiana: un ejercicio frágil que necesita más lectura y menos pragmatismo

En Colombia, la democracia se sostiene sobre una fe tan precaria que su fortalecimiento podría depender directamente de un aumento en los niveles de lectura entre la población. Aunque nos enorgullecemos de tener la democracia más antigua y sólida de la región, la realidad es que nuestro sistema electoral presenta una consistencia gelatinosa y débil, susceptible a influencias externas y a la psicología del votante.

El fenómeno de las encuestas y la predicción presidencial

Recientemente, al navegar por el turbulento mundo de las redes sociales, me encontré con una publicación que pretendía vaticinar el futuro presidencial del país. Un entusiasta de las encuestas —de aquellas que suelen cocinarse al gusto del cliente— anunciaba con bombos y platillos que Abelardo de la Espriella doblaba en intención de voto a Iván Cepeda y que, por supuesto, ganaría en primera vuelta sin despeinarse siquiera.

El problema no radica en el dato en sí, ya que el papel y la pantalla aguantan todo tipo de afirmaciones; el verdadero problema es la psicología del votante criollo. Como alguna vez dijo un personaje curtido en las mañas de la corrupción regional: «Uno no debe votar por el que quiere, sino por el que va a ganar». Esta máxima, que resume nuestra tragedia civil, nos aleja años luz de lo que debería ser una pugna democrática real y saludable.

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La esencia de una democracia digna

En una democracia que merezca tal nombre, los ciudadanos votan por sus ideales, por el programa político que se alinea con sus convicciones, incluso si saben de antemano que su candidato no obtendrá ni los votos de su propia familia. Este acto de principios es lo que fortalece la salud democrática, en contraste con el pragmatismo que busca migajas o beneficios personales.

Recuerdo el caso de un candidato reciente a la alcaldía de Bucaramanga que, tras su derrota, irradiaba una felicidad casi mística. ¿La razón? Sin vallas publicitarias, sin pautas millonarias y sin haber empeñado su alma a los caciques políticos, logró obtener decenas de miles de votos. Eso es un ejemplo de salud democrática; lo otro, votar por el ganador para asegurar algún beneficio futuro, es simplemente mercadeo político de baja estofa.

La polarización y el festival del insulto

Al publicar los resultados de una encuesta de Invamer —esta sí con un grado de seriedad— enfocada en el escenario más polarizante actual, un cara a cara entre Cepeda y de la Espriella, lo que siguió fue un festival del insulto. Saltaron usuarios que confunden el debate político con el boxeo, gritando que todo era mentira sin presentar argumentos sólidos.

Estamos tan acostumbrados a la lógica de las barras bravas que ya no vemos contendientes políticos, sino enemigos a muerte. Si mi candidato gana, me burlo del vencido; si pierde, grito «fraude» y juro que me robaron la victoria. No hay elegancia en la victoria ni dignidad en la derrota, tal como lo señalaba Umberto Eco, quien afirmaba que las redes sociales le han dado voz a una legión de imbéciles que antes solo hablaban en la barra de un bar y ahora son seguidos por hordas de aplaudidores.

Reflexiones finales sobre el futuro democrático

La democracia colombiana enfrenta un desafío doble: por un lado, la proliferación de encuestas dudosas que distorsionan la percepción pública, y por otro, una cultura electoral que prioriza el pragmatismo sobre los ideales. Para construir un sistema más robusto, es esencial fomentar una ciudadanía crítica, informada y comprometida con sus convicciones, alejándose de la mentalidad del «voto útil» que solo busca beneficiarse del ganador.

En definitiva, la verdadera fortaleza de nuestra democracia no se mide por la antigüedad del sistema, sino por la calidad del debate, la integridad de los procesos electorales y la capacidad de los votantes para elegir basándose en principios y no en cálculos oportunistas. Solo así podremos aspirar a una democracia más sólida y representativa.

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