La desconcertante actitud del candidato oficialista en la contienda electoral
Recientemente, compartí con un colega mi profunda intuición sobre el candidato del oficialismo, Iván Cepeda: no logro percibir en él un genuino deseo de ganar las elecciones presidenciales. Su comportamiento en la plaza pública es particularmente revelador; aparece leyendo meticulosamente sus papeles, donde previamente ha escrito o le han escrito el discurso, un error imperdonable para cualquier líder que aspire a cautivar y movilizar a sus potenciales seguidores.
Un contraste marcado con líderes históricos
Se le observa agotado, con una apariencia que sugiere enfermedad o, peor aún, un desinterés palpable por el proceso electoral, como si anhelara que la función terminara pronto para poder tomarse un merecido descanso. Esta actitud está a años luz de figuras como Fidel Castro o Hugo Chávez, quienes podían sostener retahílas interminables durante horas, manteniendo la atención de las masas con una energía inagotable que ni el más exitoso comediante de stand-up podría igualar en un escenario.
Mi colega no encontró convincente esta apreciación inicial, por lo que profundicé en el argumento. Este tipo de candidatos, aquellos que sienten que están en la contienda no por voluntad propia, sino porque el pueblo los reclama, son extremadamente peligrosos. Operan bajo la creencia de que una fuerza superior les ha asignado un designio glorioso, lo que los lleva a considerarse indestructibles, un patrón que hemos visto en tiranos del pasado que llegaron al poder mediante votación popular.
Los riesgos de heredar un gobierno desastroso
Como heredero de un gobierno ampliamente criticado y comprometido a seguir políticas que muchos consideran equivocadas, Cepeda enfrentaría la abrumadora tarea de cargar con un país destrozado en múltiples frentes. Con escasas propuestas de solución y, aún más preocupante, con la obligación sectaria de no admitir errores y persistir en ellos, su destino podría ser el de un chivo expiatorio, similar a lo ocurrido con Nicolás Maduro tras Hugo Chávez, asumiendo culpas mientras se lava la imagen del verdadero responsable.
Para reforzar mi planteamiento de que Iván Cepeda actúa como un anticandidato que no desea ganar, pero que, si le toca, asumirá su designio, mencioné la aparición de Roy Barreras en la escena política. Esta figura camaleónica podría desplazarlo en una consulta sin que Cepeda muestre reacción alguna, lo que refuerza la impresión de que se acomoda pasivamente a los eventos, como si llegar a la presidencia no fuera el resultado de una disputa política, sino una superación mágica de obstáculos predestinados.
Implicaciones en el contexto internacional
Agotado de buscar razones lógicas para lo que sigue siendo una intuición, recordé el caso de Donald Trump. Entre los compromisos adquiridos por el expresidente estadounidense estaba garantizar elecciones libres, lo que, para los escépticos, sugiere que Cepeda no podría alcanzar la presidencia sin una ayudita desde el poder. Gobernar al estilo de Delcy Rodríguez, con un Trump respirándole en la nuca, no parece compatible con las lecciones aprendidas en la Unión Soviética.
Cepeda evita debates, muestra apatía y actúa como si manejar este desastre no fuera con él. Administrar una continuidad gubernamental no tiene nada de glorioso: si las cosas salen bien, atribuirán el éxito a las políticas de Gustavo Petro; si salen mal, la culpa recaerá enteramente sobre sus hombros. Definitivamente, siendo del mismo bando político, gobernar después de una figura controvertida es un lastre difícil de arrastrar, y elegir a un anticandidato como él representaría una tragedia para el futuro del país.



