La imperiosa necesidad de un mandato claro para las elecciones de 2026
En el contexto político colombiano actual, la expresión "mandato claro" adquiere una relevancia extraordinaria, muy diferente a la que tenía en 1974. Hoy no se trata solamente de obtener una mayoría electoral, sino de evitar a toda costa un mandato débil, confuso o negativo que pueda comprometer la gobernabilidad del país durante los próximos años.
Lecciones históricas: El precedente de López Michelsen
Cuando el liberal Alfonso López Michelsen, conocido como "El Pollo", solicitó en 1974 un "mandato claro", se refería específicamente a la estrecha ventaja que había obtenido Misael Pastrana Borrero sobre el exdictador Gustavo Rojas Pinilla en las elecciones de 1970, con apenas 63.557 votos de diferencia. Efectivamente, López Michelsen logró ese mandato contundente al obtener el 56,3 % de los votos, frente al 31,4 % de Álvaro Gómez Hurtado del Partido Conservador y el 9,4 % de María Eugenia Rojas de la Alianza Nacional Popular (ANAPO).
Desde aquel momento histórico, la expresión "mandato claro" ha resonado periódicamente en el debate político colombiano, siempre asociada a la figura de López Michelsen y su victoria electoral.
Los dos pilares del mandato claro en 2026
Para las elecciones presidenciales de 2026, la necesidad de un mandato claro se fundamenta en dos razones principales:
- El riesgo de desconocimiento de resultados: Existe una preocupación legítima sobre posibles impugnaciones a los resultados electorales, especialmente si la diferencia a favor del candidato ganador es estrecha. Esta situación se ha visto agravada por discursos que cuestionan la legitimidad de procesos electorales.
- La fragmentación legislativa: A diferencia de 1974, hoy enfrentamos una ausencia de mayorías claras en el Senado y la Cámara de Representantes, agravada por la mercantilización de partidos políticos y congresistas, lo que dificulta enormemente la gobernabilidad.
El mandato claro necesario para 2026 debe manifestarse en dos dimensiones fundamentales:
- Dimensión electoral: Una victoria con margen suficiente que otorgue legitimidad incontestable.
- Dimensión ideológico-programática: Una agenda clara y coherente que haya sido respaldada explícitamente por el electorado.
El delicado equilibrio entre ganar y gobernar
Para ilustrar esta problemática, consideremos un escenario hipotético: si Rodolfo Hernández hubiera ganado las elecciones de 2022 con la misma ventaja de 687.649 votos que obtuvo Gustavo Petro, el principal problema no habría sido la impugnación electoral, sino la incertidumbre sobre qué agenda específica había respaldado el electorado al momento de elegir presidente.
Es probable que en 2026 presenciemos una diferencia similar a la de 1978, cuando Julio César Turbay Ayala obtuvo el 49,5 % de los votos frente al 46,7 % de Belisario Betancur Cuartas. Afortunadamente, la Registraduría Nacional del Estado Civil ha fortalecido su credibilidad tras las recientes elecciones legislativas.
El riesgo del "mandato negativo"
Sin embargo, Colombia se encuentra en un momento particularmente delicado, cercano a un punto de quiebre que podría afectar al país por décadas. Por esta razón, la dimensión ideológico-programática del mandato adquiere una importancia aún mayor que en el pasado.
En las circunstancias actuales, se ha incrementado la tensión entre lo puramente electoral y lo programático, presentando un desafío fundamental: encontrar el equilibrio que permita tanto ganar las elecciones como gobernar efectivamente después.
La forma de construir la mayoría electoral puede, paradójicamente, inhibir su propia efectividad gubernamental. Por ejemplo:
- Declarar compromiso con el desarrollo de infraestructura mientras se contemporiza con la no modificación de la consulta previa.
- Prometer castigos o expulsiones que no son aplicables en la práctica, sin abogar por medidas realistas que controlen los abusos que se pretende sancionar.
Este último escenario representa lo que se conoce como "riesgo de mandato negativo", donde las promesas de campaña terminan limitando la capacidad de acción del gobierno electo.
El discurso como contrato anticipado
El discurso político actual prefigura inevitablemente el alcance futuro tanto del gobierno como de la oposición. Para aliados y votantes, el discurso del candidato funciona como un "contrato anticipado", una señalización de intereses prioritarios y una autorización de expectativas que posteriormente definirán lo que se percibirá como cumplimiento o como traición.
Existe una tentación comprensible de pensar: "En esta situación, más que nunca se trata de ganar primero y luego ya veremos". Sin embargo, es crucial llamar la atención sobre la importancia de evitar un mandato débil, confuso o negativo que podría devolvernos en 2030 a ciclos de populismo.
Repetir el ciclo político experimentado entre 2018 y 2022 hasta 2034 haría que Colombia perdiera una ventana de tiempo crucial para convertirse en un país desarrollado antes de enfrentar los desafíos demográficos del envejecimiento poblacional.
La construcción de un mandato claro y legítimo para 2026 no es solo una cuestión electoral, sino una condición fundamental para la estabilidad y el progreso del país en los próximos años.



