Los caleños han demostrado, una vez más, que saben resistir unidos ante la violencia. Sin embargo, la ciudad no puede resignarse a vivir entre retenes, explosiones y zozobra. La resiliencia de los caleños merece reconocimiento, pero no debe ser excusa para que el Estado normalice la situación.
El miedo se volvió rutina
En medio de explosiones, fachadas destruidas, negocios quebrados y familias marcadas por el miedo, miles de ciudadanos siguen levantando las persianas de sus locales, enviando a sus hijos al colegio y saliendo a trabajar con la incertidumbre en el cuerpo. Lo hacen no porque no tengan temor, sino porque no tienen alternativa. La vida continúa, incluso cuando la violencia intenta detenerla.
Los testimonios de quienes viven y trabajan junto a estaciones de Policía, batallones y sedes de la Fuerza Pública en Cali revelan una realidad dolorosa: el miedo se volvió rutina. Personas que ya no soportan un estruendo, familias que viven mirando hacia todos lados, comerciantes que perdieron el patrimonio de toda una vida y vecinos que aprendieron a desconfiar de cualquier carro parqueado. Historias como las de Miguel Rodríguez, Andrea Marincano o Diego Armando, publicadas recientemente en este diario, muestran que los atentados no terminan cuando se apaga el humo; sus consecuencias permanecen mucho después.
Exigencias a las autoridades
El principal reclamo hoy debe dirigirse al componente de inteligencia. Resulta incomprensible que, pese a los antecedentes recientes y a las alertas permanentes, sigan ingresando vehículos cargados con explosivos o motocicletas bomba hasta zonas urbanas de alta circulación. Las autoridades tienen la obligación de anticiparse y prevenir, no solamente de reaccionar después de las detonaciones como la del pasado viernes 24 de abril.
También preocupa la intermitencia en los controles de ingreso y salida de Cali. La seguridad de una ciudad no puede depender de operativos esporádicos o de retenes que aparecen unos días y desaparecen otros. Los accesos a la capital del Valle deben estar custodiados las 24 horas del día. La ciudadanía necesita sentir que existe una estrategia sostenida y no medidas temporales.
Medidas insuficientes
Es evidente que cerrar calles alrededor de estaciones de Policía y batallones no está resolviendo el problema. Los hechos recientes han demostrado que, aun con bloqueos y restricciones, las disidencias continúan ejecutando atentados. Limitar la movilidad de los ciudadanos puede generar una sensación de control, pero no reemplaza el trabajo de inteligencia.
La valentía ciudadana no puede ser excusa
No deja de ser admirable que, pese a todo, los caleños sigan apostándole a la ciudad. Que los comerciantes continúen abriendo sus negocios, que las familias no abandonen sus barrios y que muchos vecinos incluso se organicen para alertar sobre movimientos sospechosos. Pero precisamente por esa valentía ciudadana, las autoridades no pueden bajar la guardia con el paso de los meses. La violencia no puede manejarse solo desde la reacción mediática posterior a cada atentado. Cali necesita acciones permanentes, inteligencia efectiva y presencia contundente del Estado antes de que ocurra la próxima explosión.



