El retroceso nacional impulsado por narrativas engañosas y falta de resultados concretos
Uno de los mayores problemas en la percepción colectiva contemporánea radica en que aquellos que propagan discursos vacíos suelen autoconcebirse como visionarios destinados a transformar la realidad. Desde una posición externa y cómoda, presentan soluciones aparentemente infalibles para todos los desafíos, pero cuando enfrentan la responsabilidad directa, justifican su ineptitud atribuyendo los fracasos a factores ajenos.
La epidemia de narrativas divisorias que fracturan el tejido social
Precisamente este fenómeno es el que Colombia ha venido padeciendo durante años, con corrientes de relatos y rarezas divisorias que, lejos de enriquecer el debate democrático para construir desde las necesidades colectivas, se han dedicado incoherentemente a justificar los atropellos más crueles. Estas narrativas incendian todo aquello que no comparta su bandera ideológica, pretendiendo imponer una visión única desde siempre.
Lo observamos diariamente en los ataques viscerales dirigidos hacia mujeres, comunidad LGBTIQ+, población afrodescendiente, prensa independiente, niñez y cualquier grupo que no se alinee con su línea discursiva. Mientras proclaman defender principios universales, atacan permanentemente a quienes no los aplauden incondicionalmente.
Ejemplos concretos de esta doble moral incluyen:- Condenar excesos en conflictos internacionales mientras guardan silencio sobre los más de 18 mil niños utilizados por grupos guerrilleros colombianos como carne de cañón o víctimas de abuso sexual
- Instrumentalizar políticamente a figuras como Francia Márquez con marketing despiadado, para luego ningunearla en su aspiración legítima de convertirse en referente de cambio
- Atacar diariamente a Juan Daniel Oviedo por su orientación sexual, estableciendo que "no es su gay" aceptable
- Burlarse de un ministro afrodescendiente durante una reunión de Estado, insinuando que nunca recibirían órdenes de "uno de ellos"
- Referirse a las mujeres con epítetos denigrantes como "muñecas de la mafia", "princesas de la oligarquía" o "mujeres vampiras"
La retórica del autoproclamado comandante supremo y sus consecuencias
Esta dinámica representa un híbrido grotesco entre líder y secta, donde se gesticula untado de fango mientras se ridiculiza a quienes rechazan revolcarse en el mismo lodo. Cada enunciado, "orden", acción o política pública inicia con un "como comandante supremo..." seguido de retórica vacía, revelando desde el principio una carencia formativa, un resentimiento incontrolable y un delirio permanente de autosometimiento a una idea de inferioridad que alimentan cotidianamente.
Incluso han logrado captar a jóvenes sin criterio formado que adoptan el relato de salvar a Barrabás antes que a Jesús, por citar un ejemplo reciente que aborrecen como religión pero disfrutan con agendas privadas financiadas con recursos públicos colombianos.
Las promesas incumplidas que evidencian el fracaso de la narrativa
La realidad actual demuestra que el relato "cautivador", como siempre advertimos, se quedó en mera retórica. Las cifras hablan por sí solas:
- Educación: Se prometieron 100 universidades y sólo se han entregado 8; se ofrecieron 500 mil cupos educativos y apenas se han concedido 120 mil
- Paz: Se anunció la consecución de paz con el ELN y la realidad muestra un proceso estancado y conflictivo
- Economía: Se garantizó reducir el costo de vida y la inflación alcanzó el 13%; se prometió transformar la economía y el crecimiento cayó del 7,3% al 1%
- Empleo: Se han perdido más de medio millón de empleos formales
- Gestión pública: Enfrentamos el peor escenario de desplazamiento de inversión privada por gasto público ineficiente de la historia, sumado a la peor ejecución presupuestal del milenio
Un balance histórico que registrará el retroceso
El balance es contundente: nunca se escribió bien, nunca se sentó bien, nunca se habló bien, nunca se dijo una sola verdad completa, nunca se sumó, nunca se gobernó efectivamente. Los libros de historia registrarán estos cuatro años como un limbo cuyo único logro tangible fue devolvernos tres décadas en desarrollo mientras el mundo competía, sumaba, se unía y avanzaba.
Colombia merece más que relatos divisivos y promesas incumplidas. Requiere liderazgo serio, gestión transparente y resultados concretos que beneficien a toda la ciudadanía sin exclusiones ni discursos vacíos.



