El auge cuestionable de los 'doctores' en la esfera pública colombiana
Colombia podría estar camino a convertirse en el país con mayor cantidad de doctores per cápita a nivel mundial, un fenómeno que merece ser analizado críticamente. La pregunta central es: ¿por qué un título académico se ha transformado en la denominación preferida por los medios para referirse a personas con algún tipo de poder o influencia?
Doctores instantáneos y títulos cuestionables
Basta con observar cómo guerrilleros que ahora ocupan escaños en el Senado son presentados como "Dr. Timochenko", o cómo tras las últimas consultas políticas han surgido numerosos "doctores instantáneos" entre indígenas y otros triunfadores electorales. Este fenómeno plantea interrogantes profundas sobre qué vergüenzas oculta esa "doctoritis" colectiva y cuál es la verdadera relación entre políticos, medios de comunicación y poder.
El caso de la joven funcionaria que falsificó su título académico para presentarse como doctora, terminando como candidata a la cárcel en lugar de a un cargo público, ilustra los extremos a los que puede llegar esta obsesión por los títulos. Numerosos políticos se autodenominan doctores basándose en diplomas cuestionables o simples constancias de asistencia a seminarios de tres días.
Ejemplos emblemáticos de esta tendencia incluyen:- Un Presidente que afirmó poseer doctorado sin poder demostrar siquiera un grado universitario básico
- Una alcaldesa capitalina que declaró ser doctora por la Universidad de Columbia sin evidencias concretas
- Políticos que ostentan títulos doctorales pese a las exigentes demandas temporales de un doctorado real
La imposibilidad temporal de los doctorados políticos
Quienes hemos experimentado el rigor de un doctorado en Estados Unidos sabemos que requiere entre seis y ocho años de dedicación exclusiva: investigación exhaustiva, redacción de tesis y defensa ante jurados implacables. Resulta difícil creer que políticos profesionales, con agendas sobrecargadas, puedan genuinamente completar este proceso mientras ejercen sus cargos.
Este resurgimiento del doctorismo tras las consultas políticas plantea preguntas incómodas: ¿no será un ardid antidemocrático? ¿No representa una forma velada de colonialismo donde el "doctor" se sitúa artificialmente en la cima de la escala social? ¿Acaso los medios otorgan esta denominación como una medalla abusiva a los triunfadores?
Alternativas honorables y la regla de tres ciudadana
Existen ejemplos contrarios que merecen reconocimiento, como la candidata Paloma, cuya maestría en escritura creativa representa un logro más honroso que cualquier doctorado ficticio. La creatividad, como demuestra la maestra Valencia, puede resultar más relevante para el país en momentos oscuros que títulos académicos cuestionables.
Se propone una regla de tres fundamental: a mayor cantidad de doctores falsos, menor número de ciudadanos verdaderos. Cuando "doctor" reemplaza a "señor" o "señora", ¿no perdemos algo esencial de nuestra dignidad colectiva? ¿Acaso en Colombia ya no es digno ser simplemente un caballero o una dama?
Este fenómeno del doctorismo merece un debate nacional serio, pues trasciende lo anecdótico para convertirse en una cuestión sobre los valores que como sociedad estamos promoviendo y el tipo de liderazgo que estamos legitimando.



