La peligrosa normalización de lo grave en Colombia
En medio de la perpetua tormenta colombiana donde se mezclan decisiones polémicas, hechos violentos y casos de corrupción, surge una pregunta fundamental: ¿qué es realmente más grave para el país? Según el análisis del columnista Mauricio Lloreda, lo más preocupante no son los eventos individuales que capturan titulares, sino el proceso gradual mediante el cual la sociedad colombiana se acostumbra a ellos, perdiendo capacidad de asombro y reacción ante situaciones que deberían ser inaceptables.
Decisiones presidenciales bajo la lupa
El análisis cuestiona acciones recientes del presidente Gustavo Petro, particularmente su declaración sobre arengar a tropas en Nueva York para que no obedezcan a su presidente como parte de sus funciones. Más allá del debate sobre si esto corresponde al decoro presidencial y la diplomacia, surge la interrogante sobre por qué Colombia destina billones para la defensa legal del mandatario ante la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) de Estados Unidos, especialmente cuando por acciones similares se ha acusado a opositores de sedición o rebelión.
Lo verdaderamente alarmante, según la columna, es la posibilidad de que las causas que llevaron al presidente a la OFAC no estén relacionadas con sus funciones oficiales, y aún así el país financie su defensa legal. Esta situación plantea serias dudas sobre los límites del ejercicio del poder y la transparencia en el uso de recursos públicos.
Violencia urbana: el regreso de los fantasmas del pasado
El atroz homicidio de Gustavo Aponte y su escolta, que aún no produce capturas de los autores intelectuales, revela patrones preocupantes. El análisis conecta este caso con la migración histórica del conflicto rural a urbano, un proceso que se remonta a los años 90 cuando la guerrilla implementó estrategias de infiltración en ciudades principales.
"Si los autores intelectuales de este homicidio son disidencias o movimientos delincuenciales rurales", advierte la columna, "esto confirmaría la existencia de al menos un brazo armado en el casco urbano de Bogotá manejado por círculos narcoguerrilleros". Este escenario representaría un retroceso alarmante a los niveles de inseguridad de los años 90, con grupos dedicados a extorsión, secuestro y otras actividades delictivas de alto impacto.
Veteranos colombianos en guerra ajena
Un reportaje de EL TIEMPO reveló datos estremecedores: de todas las nacionalidades que combaten en Ucrania, la más recurrente es la colombiana, superando en proporción de cinco a uno a los soldados norteamericanos. Estos veteranos colombianos mueren en un conflicto ajeno, consecuencia directa de la falta de implementación de la ley de veteranos vigente desde 2019.
La ausencia de canales diplomáticos e interinstitucionales que permitan reincorporar a estos veteranos a alternativas viables dentro del país los empuja a buscar en guerras extranjeras lo que no pueden conseguir en su propia tierra: recursos para dejar algo a sus familias. "Hay nobleza en ese acto suicida, pero gran oprobio en sus causas", señala el análisis con dolorosa claridad.
La indiferencia como paisaje nacional
El verdadero peligro, según la reflexión final, no reside en ningún hecho específico por grave que sea, sino en la capacidad colectiva de normalizar lo anormal. Colombia corre el riesgo de permitir que se muevan constantemente los límites del asombro y la reacción, hasta convertir lo insólito e inaceptable en simple paisaje cotidiano.
Esta peligrosa adaptación opera como el fenómeno de las ranas que se cocinan lentamente en agua caliente sin percibir el aumento gradual de temperatura. La sociedad marcha hacia las urnas sumida en el subterfugio de historias individuales desconectadas de la realidad colectiva, perdiendo progresivamente la capacidad de indignación que debería impulsar cambios estructurales.
La columna concluye con una paradoja: a pesar de este diagnóstico preocupante, mantiene el llamado a la participación democrática con un "¡todos a votar!" que resuena como último recurso contra la normalización de lo grave. En un país donde lo excepcional se vuelve rutina, el ejercicio del voto se presenta como antídoto necesario contra la indiferencia que amenaza con cocinar lentamente las posibilidades de transformación nacional.



