La tibieza como virtud olvidada: por qué el extremismo político desprecia la mesura
La tibieza como virtud olvidada frente al extremismo político

La tibieza como virtud olvidada: por qué el extremismo político desprecia la mesura

En su obra Metamorfosis, Ovidio relata cómo Dédalo advirtió a su hijo Ícaro antes de emprender el vuelo sobre el Mar Egeo: no debía ascender demasiado cerca del sol para evitar que el calor derritiera la cera de sus alas, ni volar tan bajo que la espuma del mar las mojara. Esta advertencia mitológica simboliza la búsqueda del punto medio, una zona de seguridad que los griegos denominaban sophrosyne o mesura.

De virtud a insulto: la transformación del lenguaje político

Hoy, ese término medio ha sido estigmatizado con un sustantivo descalificador: tibieza. ¿En qué momento histórico y por qué razones una posición equilibrada se volvió despreciable en el ámbito público? Que una temperatura se convierta en insulto representa una de las extravagancias más reveladoras del lenguaje político contemporáneo.

Llamar tibio a alguien no solo implica tildarlo de cobarde, sino también acusarlo de ubicarse en ese espacio donde los contrarios se encuentran y se neutralizan. En el lenguaje colombiano, se diría que "no es chicha ni limoná", por lo tanto, resulta impotable para los paladares extremos.

Banner ancho de Pickt — app de listas de compras colaborativas para Telegram

La sabiduría aristotélica frente a la urgencia radical

Aristóteles concluyó —con menos mitología y más lógica— que la virtud residía en el justo medio entre los extremos viciosos. Esta posición representa la opción óptima en situaciones de duda o cuando el consenso resulta particularmente difícil. Precisamente, podría ser esta dificultad la que nos impulsa hacia los extremos: la vida pública exige urgencia, el consenso requiere tiempo, y la tentación de optar por decisiones radicales se vuelve poderosa.

Reconocemos que existen casos donde el punto medio resulta inadmisible:

  • La pederastia
  • El genocidio
  • El calentamiento global

Estos fenómenos no admiten medias tintas. Sin embargo, descalificar la mesura por el simple hecho de ser mesurada constituye fanatismo puro.

La biología de la moderación y la política del extremo

Resulta absurdo que la mera intensidad de las posiciones políticas desplace al consenso y la cautela. Es como si la veracidad de una proposición dependiera de la temperatura con que se enuncia. La retórica contemporánea de la indignación pretende algo más allá de convencer: busca santificar su propia certeza. Quien grita muy alto termina creyendo que el volumen constituye un argumento.

En este clima polarizado, la moderación se vuelve sospechosa: quien no corea mis consignas automáticamente se convierte en cómplice del enemigo, y quien matiza es catalogado como cobarde.

La biología ofrece una lección crucial: la vida solo medra en la zona media. Los procesos vitales ocurren dentro de un rango térmico específico (aproximadamente entre -20 y 122 grados Celsius). Fuera de estos límites, ni siquiera la putrefacción es posible. Las proposiciones heladas no evolucionan, simplemente se repiten. Las proposiciones airadas no argumentan, se limitan a proclamar. El espacio del razonamiento genuino es siempre tibio, en el sentido cabal y actualmente despreciado del término.

La democracia deliberativa frente al torneo de fuerzas

La política contemporánea ha encontrado en los extremos su retórica natural. Los mensajes que se viralizan no son los más rigurosos, sino los más reduccionistas y simplificadores. Jürgen Habermas dedicó medio siglo a demostrar que la democracia no representa un torneo de fuerzas, sino un diálogo entre ciudadanos dispuestos tanto a refutar como a ser refutados.

Aunque algunos consideraron ingenua su confianza en la razón, hoy su modelo de democracia deliberativa resulta más necesario que nunca. Un espacio público que permanece a temperatura de ebullición no delibera, simplemente hierve.

Banner post-artículo de Pickt — app de listas de compras colaborativas con ilustración familiar

La irrealidad del extremismo y la identidad negativa

Existe en el extremismo un componente de irrealidad, no en el sentido de que sus proposiciones sean necesariamente falsas (algunas pueden verificarse), sino en el sentido planteado por pensadores como Juan Escoto Erígena y Bernard Shaw. Estos irlandeses afirmaban que el infierno es irreal porque resulta inhabitable: no hay antagonistas genuinos, todos son uniformemente malvados.

El radical necesita adversarios radicales para sostener su identidad. La existencia del adversario constituye la condición fundamental del combate, y ese combate representa la única forma de identidad que el extremista reconoce. El fanático necesita al infiel más de lo que estaría dispuesto a admitir. Su identidad es esencialmente negativa: "Yo no soy como él".

En este contexto, la certeza absoluta se parece menos a una convicción sólida y más a una adicción: requiere dosis crecientes de antagonismo para mantener la sensación de estar del lado correcto de la historia.

La temperatura de las convicciones versus su veracidad

Gilbert Keith Chesterton observó en algún momento que resulta profundamente sospechoso que una época confunda la temperatura de las convicciones con su veracidad. Consideremos dos proposiciones:

  1. "Dios existe"
  2. "Dios existe y quien lo dude irá al infierno"

La primera solo puede "verificarse" mediante la fe. La segunda agrega a esta "verificación" un componente de violencia que no demuestra la proposición inicial, simplemente la apuntala con una amenaza. El calor retórico no funciona como prueba, sino como sustituto de la prueba. Es como si el agua caliente fuera más agua que la fría.

La tibieza como espacio del pensamiento vivo

La tibieza representa la única temperatura donde el pensamiento no se evapora ni se congela. Michel de Montaigne, considerado el primer ensayista moderno, escribió sin conclusiones definitivas. Sus ensayos terminan donde la reflexión se detiene naturalmente, no donde el argumento se cierra dogmáticamente.

La tibieza que aquí se defiende no es la del indiferente ni la del cobarde, sino la de quien reconoce que sus opiniones son provisionales. Esta condición, lejos de invalidarlas, les confiere vitalidad dialéctica y capacidad de evolución.

Ícaro se ahogó por ascender demasiado cerca del sol. Dédalo sobrevivió porque voló en el nivel correcto... pero no lo recordamos. La tibieza no luce bien en el héroe tradicional: representa, al igual que la duda, una virtud para seguir pensando sin necesidad de quemar aquello que resulta imprescindible para el diálogo y la convivencia.

Este análisis se basa en un ensayo del filósofo Andrés Cabal Godoy de la Universidad del Valle, desarrollado como ejercicio dentro de un taller de escritura sobre ensayo de divulgación, editado por razones de espacio por Julio César Londoño.