La traición de Roma: cuando las repúblicas sacrifican a quienes creen en ellas
La traición de Roma: repúblicas que sacrifican a sus creyentes

La traición de Roma: cuando las repúblicas sacrifican a quienes creen en ellas

Las repúblicas no mueren cuando pierden sus guerras externas, sino cuando deciden prescindir de quienes todavía creen en sus principios fundamentales. Esta es la dura lección que emerge de la historia romana y que resuena con inquietante actualidad en nuestras democracias contemporáneas.

El paralelismo histórico entre Roma y las repúblicas modernas

Recientemente, el escritor Santiago Posteguillo participó en el Hay Festival de Cartagena, recordándonos la figura de Publio Cornelio Escipión, el Africanus, el general que salvó a la Roma republicana del genio militar de Aníbal de Cartago. Este episodio histórico es crucial: si Cartago hubiera vencido, toda la historia posterior, incluida la nuestra, habría tomado un rumbo completamente diferente. Cada decisión que toman nuestros líderes en el presente determina el futuro de generaciones enteras, una responsabilidad que a menudo se olvida en el fragor de la lucha política inmediata.

Vivimos una época donde la política se ha convertido en espectáculo. El resentimiento ha reemplazado al debate racional, el "todo vale" se tolera bajo el silencio cómplice de moralistas con memorias selectivas, y la mentira se ha vuelto una herramienta legítima de comunicación política. Hay pan y circo para las audiencias, ruido para ser vistos, y pregoneros modernos que difunden consignas en lugar de ideas.

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La figura del servidor público en medio del deterioro institucional

Posteguillo describe en sus novelas una Roma despiadada y corrupta, pero también muestra que, incluso en medio del deterioro institucional, existieron servidores públicos que defendieron principios con disciplina y método. Escipión fue uno de ellos. Ascendió rápidamente no por capricho, sino por necesidad imperiosa. Cuando Roma se hundía en la guerra y sus generales caían uno tras otro, la República apostó por él. La emergencia lo impulsó; el mérito lo sostuvo.

Las sociedades, incluso en sus peores momentos, suelen contar con figuras similares:

  • Personas sensatas que alzan la voz contra los excesos
  • Individuos que intentan moderar los conflictos
  • Líderes que apuestan por consensos y reglas institucionales
  • Funcionarios que se niegan a convertir la política en guerra entre enemigos

El extremismo como Aníbal moderno

En nuestros tiempos también hubo funcionarios, mucho menos épicos que los héroes antiguos pero igualmente valientes en su contexto, que lograron contener temporalmente a los radicales. Sin embargo, luego fueron desplazados sistemáticamente: la mentira, las trampas y las complicidades de agendas codiciosas fueron las espadas con las que los liquidaron. La perfidia ha llegado incluso desde el vértice mismo del poder.

Hoy, nuestro Aníbal no es un ejército extranjero. Es el extremismo político en todas sus formas. Unos quieren arrasar con todo para recuperar el poder; otros, para mantenerlo, están dispuestos a eliminar cualquier disenso, haciendo del silencio cómplice su aliado más efectivo. Esta dinámica destructiva importa hoy no por nostalgia empalagosa de una Roma lejana, sino porque las repúblicas modernas repiten los mismos errores con alarmante regularidad.

El proceso de deterioro republicano

Así envejecen mal las repúblicas. Quienes parecían impensables terminan siendo promovidos como las únicas opciones posibles. La desesperanza se instala como estado de ánimo colectivo. Y, mientras tanto, millones de ciudadanos quedan reducidos a ser meros seguidores del entretenimiento político o al fanatismo de una narrativa partidista.

La mezquindad se vuelve estructural. Los egos desmedidos, la arrogancia intelectual y la intransigencia ideológica bloquean cualquier acuerdo razonable. Pocos están dispuestos a ceder, escuchar al otro o arriesgar su posición por el bien común. En este ambiente tóxico, incluso quienes fueron aplaudidos por tender puentes, por imponer orden, por actuar con prudencia, terminan siendo blanco de ataques implacables.

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La lección final de Escipión

Posteguillo narra con precisión histórica: Escipión no fue derrotado militarmente. Se retiró voluntariamente. Eligió el exilio silencioso. "Patria ingrata, no poseerás mis huesos", le atribuye la tradición. Más que una frase dramática, es un diagnóstico preciso de una enfermedad republicana.

Por eso esta historia resuena con tanta fuerza hoy. Las repúblicas modernas elevan figuras en tiempos difíciles, las usan como escudo contra las crisis, las aplauden por su eficacia temporal y, luego, cuando el relato político exige un sacrificio, las exponen, las desechan, las condenan al exilio político o social. Escipión no fue destruido por sus enemigos cartagineses, sino por los suyos propios, y eso que era un patricio lleno de pedigrí y logros. No cayó por haberle fallado a la República, sino simplemente porque se volvió incómodo para los poderes establecidos.

Tal vez esa sea la lección más dura de La traición de Roma: las repúblicas no mueren cuando pierden sus guerras externas, sino cuando deciden prescindir deliberadamente de quienes todavía creen en ellas, de quienes defienden sus principios incluso cuando resulta inconveniente. La traición no fue solo romana ni Escipión su única víctima histórica. La historia antigua no tiene el monopolio de la bajeza humana. Nuestro país, nuestra sociedad y nuestra política contemporánea son hoy como una Roma moderna, enfrentando los mismos dilemas morales e institucionales, cometiendo los mismos errores que llevaron a la decadencia de una de las mayores repúblicas de la historia.