El giro marcial de Petro: entre la nostalgia guerrillera y las amenazas a la democracia
El presidente Gustavo Petro ha entrado en una fase de exaltación que coincide con el ocaso de su mandato, un repunte en su favorabilidad y la adrenalina propia de campaña, una de sus grandes debilidades. Este comportamiento se manifiesta en desafíos e insultos a funcionarios que se oponen a sus designios, descalificaciones cada vez más agresivas hacia sus subalternos, amenazas a la autonomía de alcaldes y gobernadores, y un cambio desde simbolismos de poder popular hacia órdenes de tono marcial dirigidas a sus seguidores. Este patrón evidencia un posible desequilibrio emocional y representa un riesgo significativo para la estabilidad democrática del país.
La nostalgia del monte: del pacto democrático al pacto de sangre
Esta cólera renovada se enmarca en una nostalgia guerrillera que se ha vuelto cada vez más patente. Aunque Petro fue percibido durante mucho tiempo como un político orgulloso de su regreso a la democracia y del acuerdo del M-19 que impulsó la Constitución de 1991, ahora la añoranza por el monte, el impulso revolucionario armado y la lealtad de los combatientes se ha hecho más visible. Su discurso ha transitado desde el pacto democrático hacia lo que algunos analistas describen como un pacto de sangre, reviviendo retóricas del pasado.
En marzo del año pasado, desde la Plaza de Bolívar, Petro declaró al Congreso, que había negado su reforma laboral: "Los que fuimos del M-19 no aprendimos a hablar carreta. Fuimos oficiales de Bolívar y ese es un juramento que se lleva hasta el final, como una marca...". Más tarde, sorprendió al afirmar: "...al final dejamos las armas porque se nos dio la gana, nunca nos derrotaron y de ahí surgió un proceso civil de cambio del país, que dejó la nueva Constitución de Colombia, derogamos una de un siglo y ahora el M-19 tiene presidente". También ha calificado su vida en la guerrilla como "mágica e histórica" y ha mencionado que allí lo protegían "los afectos y los amores".
Llamados marciales y referencias a ejércitos populares
En enero de este año, durante un evento sobre sustitución de cultivos, Petro dejó ver su lado más combativo: "Yo sé cómo irme por las montañas... he ganado un tiempo para Colombia, no para mí". Tras la operación que sacó a Nicolás Maduro de Venezuela, realizó un llamado delirante a su pueblo: "Confío en el soldado que sabe que es hijo de Bolívar y su bandera tricolor. Así que sepa que se enfrenta a un comandante del pueblo. Colombia libre por siempre. Oficiales de Bolívar: rompan filas y a paso de vencedores". Estas declaraciones han generado confusión sobre si se está frente a un discurso presidencial o a una escena de película histórica.
El punto de inflexión llegó con su arrebato sobre la bandera de la guerra a muerte, donde presentó una disyuntiva entre libertad y muerte. Enguantado, afirmó: "El pueblo está listo para el sacrificio por su libertad frente a las instituciones", llamando así a sus seguidores al sacrificio contra decisiones institucionales que considera ilegítimas. Esta semana, en un mensaje en X, fue más allá al escribir: "La espada libertaria es nuestra unidad y somos mayoría y ejército del pueblo".
Preocupaciones por paralelos con regímenes autoritarios
La referencia a un "ejército del pueblo" evoca dolorosos recuerdos de grupos armados como las FARC, y plantea una amenaza al sugerir que sus mayorías –aún por demostrarse– constituyen una fuerza militar. Esto obliga a pensar en paralelos con los "colectivos chavistas" en Venezuela y la "fusión perfecta" promovida por Maduro entre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, la policía y el pueblo organizado. Tras perder elecciones, Maduro habló de la "máxima unión y movilización popular, militar, policial perfecta", un eco inquietante del discurso actual de Petro.
Es preocupante que, al final de su ejercicio democrático más importante, el presidente de Colombia haga alardes repetidos de su vida armada, reclamos marciales y cantos a un ejército de copartidarios. Como señala el análisis, Petro se ha vuelto un pacifista muy guerrero, un oxímoron que refleja la tensión entre su pasado revolucionario y su rol actual, generando alertas sobre el futuro de la democracia en el país.



