¿Ha cambiado realmente la política en Colombia?
La política en Colombia parece no haber cambiado tanto como se cree. A pesar de las encuestas, los debates y las entrevistas que generan expectativas, la realidad electoral sigue marcada por prácticas ancestrales. El voto se decide en las plazas, con banderas que generan comunidad y con ideas que hacen sentir fuertes a los electores. La desinformación y los lenguajes de odio no son nuevos; han existido siempre, a pesar de la sobrevaloración de la prensa partidista en los libros de historia.
Los relatos heroicos y la manipulación
Continúa la lucha por los relatos heroicos, como la superación en medio de la pobreza o la violencia. Las élites intentan imponer una idea clara sobre el rumbo del país, mientras se evoca un pasado inexistente, construido con senilidad y mitomanía. Figuras como Uribe Vélez se atreven a negar los falsos positivos, perpetuando la mentira y el engaño. Los ejes argumentales siguen teñidos de sangre: amenazas, épica construida sobre cadáveres de políticos no valorados en vida, elevados a próceres sin mayores atributos.
Clientelismo y gamonalismo
Los rediles políticos siguen uncidos por caciques o gamonales, mediante subsidios, bonos o contraprestaciones materiales que ayudan a lidiar con la dureza de las calles. El reino de la escasez y las limitaciones sigue siendo el caldo de cultivo para estas prácticas. Hasta ahí, todo igual que en más de un siglo.
¿Qué hay de nuevo?
¿Acaso los algoritmos, que en siete meses han demostrado su ineficiencia? ¿Las ridículas entrevistas copiadas con Wetscol? ¿La injerencia argentina o guatemalteca? Quizás los electores tampoco han cambiado, como creímos, porque no los conocemos realmente. O tal vez seguimos creyendo que estamos ante una población ignorante, que no sabe decidir y que nos enrostra a cada rato que tampoco hemos podido cambiar.



