Jorge Enrique Robledo: La dignidad como principio inquebrantable en la política colombiana
Jorge Enrique Robledo conversa con una serenidad que solo pueden tener quienes han transitado décadas en el escenario político sin perder de vista un principio fundamental: la dignidad. Para este veterano senador, este concepto no es una abstracción retórica, sino el hilo conductor que ha tejido toda su trayectoria pública y que emerge constantemente cuando explica las decisiones más cruciales de su vida.
La dignidad, según Robledo, es de esas pocas cosas que jamás deberían ser objeto de negociación. En el panorama político actual, observa con preocupación cómo se ha normalizado sacrificar convicciones por conveniencia, acomodarse al poder o aceptar acuerdos que diluyen las ideas fundamentales. Para él, la dignidad debe permanecer siempre por encima de cualquier cálculo político.
El momento decisivo: abandonar el Polo Democrático
Uno de los episodios más determinantes de su carrera fue su decisión de salir del Polo Democrático, coincidiendo con la consolidación del liderazgo de Gustavo Petro dentro del partido. "Para mí hubiera sido un supernegocio ser petrista. Quién sabe dónde podría estar hoy", reconoce Robledo con franqueza.
Sin embargo, prefirió mantenerse fiel a sus principios, resumiendo su postura con una frase que ha marcado su filosofía política: "No le vendo el alma al diablo". Esta elección lo llevó, junto con otros dirigentes, a fundar el movimiento que posteriormente se convertiría en Dignidad y Compromiso, un nombre que para él representa una declaración de principios más que una simple etiqueta política.
La 'Colombia profunda' y la desconexión política
La conversación deriva hacia lo que Robledo denomina la "Colombia profunda", una realidad que conoce de primera mano tras años recorriendo municipios cafeteros, pueblos apartados y regiones donde la presencia estatal se limita a promesas electorales. Recuerda encuentros con campesinos, indígenas y trabajadores en lugares donde ni siquiera existían espacios adecuados para reunirse.
Estas experiencias le dejaron una convicción profunda: Colombia es un país de desigualdades extremas que con frecuencia se analiza únicamente desde la perspectiva urbana. Para ilustrar esta realidad, emplea una imagen poderosa: "Si alguien se sube a un avión y mira el país desde arriba, verá pequeñas islas de desarrollo rodeadas por un enorme océano de atraso".
Robledo critica que muchos gobernantes terminan creyendo que el país funciona bien porque su entorno inmediato funciona bien, ignorando así las profundas brechas estructurales. Señala que, con demasiada frecuencia, los sectores más vulnerables solo aparecen en el discurso político durante temporadas electorales.
Reflexiones personales y límites éticos
Al abordar aspectos más personales, Robledo habla sobre:
- Decisiones difíciles y el miedo como emoción natural en la vida pública
- La necesidad de que las sociedades ofrezcan segundas oportunidades, pues los errores forman parte de la condición humana
- La importancia de establecer límites éticos en la política, donde no todo vale con tal de alcanzar el poder
Revela una confesión inesperada: hace algunos años consideró seriamente retirarse de la política. Había decidido no volver al Senado para dedicar tiempo a su familia, escribir, disfrutar de sus nietas y vivir con mayor tranquilidad. Sin embargo, terminó 'renunciando a la renuncia' al sentir una responsabilidad ineludible con el país, a pesar de reconocer que el Congreso es un espacio desgastante donde conviven debates importantes con tensiones y confrontaciones que deterioran la calidad democrática.
Una invitación a la participación ciudadana
La entrevista concluye con una reflexión que muestra otra faceta del político: el mayor problema de una democracia no es el desacuerdo, sino la indiferencia. Robledo lanza una invitación directa a los ciudadanos: participar en política no debería ser un asunto exclusivo de los políticos, sino una responsabilidad colectiva.
"No tienen que votar por mí", afirma. "Pero salgan a votar". Porque, en última instancia, la política sigue siendo el espacio donde se decide el destino de un país, y abandonar ese terreno equivaldría a permitir que otros decidan por todos.
