Sin pantalones y sin miedo: el Germán que conocí
Sin pantalones y sin miedo: el Germán que conocí

La primera vez que vi a Germán Vargas Lleras yo no tenía pantalones. Era carnaval de Barranquilla, una fiesta de disfraces. Me había presentado con esmoquin completo, zapatos de cuero negro, medias negras, corbatín, faja, saco, pero sin pantalones. El disfraz era ese: el borracho que se fue de gala y olvidó lo más importante. En algún momento de la noche me lo presentaron. Germán me saludó, conversamos un rato, y de pronto bajó la mirada. Hizo una pausa y con su acento inconfundible, esa mezcla de autoridad y sequedad bogotana, me dijo: “¡Oiga. Usted no tiene pantalones!”.

Yo era muy joven. Él ya era una figura política prominente. Y sin embargo, lo que recuerdo de ese momento no es la incomodidad sino la carcajada. Germán tenía eso: una capacidad de enunciar lo obvio con una gravedad tan perfecta que se volvía humor puro. Con el tiempo entendí que esa misma habilidad, decir en voz alta lo que todos ven pero nadie quiere nombrar, fue también su mayor virtud política y, a veces, su más costosa debilidad.

Un legado tangible en vivienda

Años después, llegué al Ministerio de Vivienda que él había construido, como sucesor de Elsa Noguera. Germán había creado allí algo valioso: una institución técnica con capacidad de ejecución real. Su programa bandera, ‘Mi Casa Ya’, fue hasta hace poco motor de la economía colombiana, le dio techo a millones de familias y dinamizó el sector de la vivienda prioritaria que llevaba décadas en un estado de letargo. No es poca cosa. Es, de hecho, quizás el legado más tangible y más olvidado de su paso por el gobierno.

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Pero a los pocos meses de mi llegada, Germán tomó una de las decisiones que lo definirían para siempre: romper con el gobierno Santos por algunos temas cruciales del acuerdo de paz y la ley estatutaria de la JEP. En privado decía que algunas concesiones a las Farc eran demasiado, que el afán por firmar podría costarle al país muy caro. Al menos eso nos decía en privado a la bancada y a los que representábamos al partido dentro del gobierno. El tiempo, hay que decirlo, le dio parte de la razón: los cabecillas de las Farc terminaron dos ciclos en el Congreso sin haber contado toda la verdad, sin reparar a las víctimas, sin entregar sus bienes y sin cumplir con restricciones reales a su movilidad. Esperemos que esta justicia, que cojea, llegue.

Lo cómodo, a esas alturas, cuando ya le era imposible desmarcarse del gobierno, habría sido pasar de agache: callar sus reparos y llegar a la presidencial de 2018 esperando que el viento del gobierno y de Santos a su espalda fuese suficiente.

Una decisión consecuente

Y esa decisión me puso a mí en una encrucijada. Llevaba apenas un par de meses como ministro. Las maletas todavía no estaban desempacadas. Algunos trajes que había mandado a hacer ni siquiera los había estrenado. Y, de repente, tenía que escoger entre dos caminos: insinuar estar dispuesto a quedarme en el gabinete renunciando al partido, como lo hizo Luis Gilberto Murillo sin tener certeza del resultado, o ser consecuente y renunciar.

Luego de unas largas horas en la sala de la Secretaría privada de Presidencia y varias conversaciones, escribí un trino que decía: “Vendo corbatas y vestidos, ¡poco uso! ¡50% de descuento! Entendiendo la coyuntura política he presentado mi renuncia y esta ha sido aceptada”.

Habé con Germán. Recuerdo que fue enfático: que no me sintiera mal. Que hacer lo correcto siempre llena más que hacer lo conveniente. Que siempre muriera en mi ley. Que en él tendría siempre agradecimiento y amistad profunda, no importaba la decisión que tomase.

Y así fue. Salí. Metí los trajes nuevos en las maletas todavía sin desempacar. Nunca más volvimos a trabajar juntos en ningún cargo pero siempre estuvo pendiente de mí y dispuesto a ofrecer un consejo, o un oportuno vainazo.

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Un gestor eficiente

Años antes, Germán había acudido a nuestro llamado para ayudar a convertir en realidad el Centro de Eventos del Caribe, Puerta de Oro. Yo era entonces su gerente y no era más que un sueño incipiente y sin plata. El proyecto contemplaba además los primeros metros de lo que hoy es el gran malecón y buscábamos cofinanciación del Gobierno a través de Cormagdalena. Elsa, entonces alcaldesa, y yo, acudimos a Germán, que era Vicepresidente. Nos ayudó a destrabar una parte importante de los recursos, aunque la mayoría no eran de su competencia directa.

Pero lo que más recuerdo no es eso. Lo que recuerdo es que, después de ayudar, se convirtió en un dolor de cabeza semanal. Llamaba a preguntar cómo iba el desarrollo urbano, si el proyecto tendría cierre financiero, si la alianza público-privada estaba dando resultados. Anotaba todo en un cuaderno. Y a todo lo que anotaba le hacía seguimiento, sin excepción. Sin dejarse meter los dedos en la boca. Cada vez que llamaba, pensaba: “a buena hora le pedimos ayuda a este señor”.

Ese era el Germán que pocos conocen. El que no se conformaba con desbloquear la plata y marcharse. El ejecutor obsesivo, el que entendía que anunciar no es lo mismo que entregar. También conocí al padre que se derretía cuando veía a su hija Clemencia. Al abuelo que anunció orgulloso el nacimiento de su nieto Agustín como si fuera el mayor logro de su vida. Al amigo que en privado era desprevenido, preocupado por los suyos, capaz de reírse de sí mismo con una afabilidad que contrastaba con la coraza pública.

Recuerdo que a veces, cuando hacía el gesto de ‘Mi Casa Ya’, las manos sobre la cabeza simulando el techo de una casa, algunos le decíamos en broma que su casa se llovía, que le faltaban algunas tejas. Se llovía porque a Germán le faltaban varios dedos de una mano, los que perdió cuando una bomba dentro de un libro explotó en su oficina del Senado en 2002. Él se reía y nos echaba un vainazo.

Esa capacidad de reírse del atentado y la violencia que lo había marcado, decían más de su carácter que cualquier discurso.

Le insistía jocosamente, aunque con algo de verdad, que su campaña presidencial debería llamarse: Germán Vargas Lleras, el hijo de x$%@ que este país necesita. No porque lo fuera. Sino porque así lo veían de lejos: capaz, preparado, pero tosco, exigente, irascible y ejecutor empedernido. Y le sugerí que se adelantara a esa imagen, que la convirtiera en fuerza. Él me contestaba con su humor: no me ayude tanto Pumarejo.

Porque Germán no supo reponerse del coscorrón. Y eso hay que decirlo. El incidente lo marcó de una manera que no logró procesar del todo públicamente.

En este nuevo mundo donde las impresiones se forman en segundos y se modifican en un instante, él no encontró la vuelta. No supo pedir perdón de una manera que cerrara el ciclo. Y quedó atrapado en esa imagen, de político de otro siglo, de figura que no merecía el beneficio de la duda.

Era, en realidad, un liberal demócrata social. Un hombre que debatía con ideas y no con violencia, que pagó con sus dedos y varios atentados el precio de sus convicciones.

En los últimos años, batallando contra sus quebrantos de salud continuó escribiendo su columna. Siguió haciendo oposición al gobierno, a veces de Duque y siempre al de Petro. Imponiendo una disciplina de bancada que a veces parecía imposible, no permitía que los congresistas se torcieran, que el beneficio personal se impusiera sobre el del país.

Esa batalla le costó que el propio presidente Petro dijera que su familia tenía intereses en el sistema de salud a través de la Nueva EPS. Las cortes han determinado que eso era falso. Le pidieron retractarse. La hizo a regañadientes, a medias. Y sin embargo, ese mismo presidente lo llamó “gladiador” al morir y veneró su seriedad en el debate.

Germán Vargas Lleras cometió errores. Como los cometemos todos. Como los cometen especialmente los que se atreven a hacer, a decidir, a salir a la arena sin saber si van a ganar. Fue un hombre de carácter difícil que se ganó enemigos con demasiada facilidad. Fue un político que no entendió a tiempo los nuevos códigos del poder blando, de la imagen, de la reparación pública, de la vulnerabilidad.

Pero fue también el hombre que me dijo que siempre muriera en mi ley. El que llamaba cada semana a pedir cuentas de un proyecto que no era suyo. El que anotaba todo en un cuaderno y le hacía seguimiento a todo. El que se reía de sus propias tejas faltantes. El que renunció a lo cómodo cuando era lo que más necesitaba. La primera vez que lo vi, yo no tenía pantalones. Él me lo hizo notar con precisión quirúrgica y cara seria. Lo que no supe entonces, y entendí después, es que Germán siempre tenía los suyos bien puestos.