Líder Emberá advierte sobre la muerte del río San Juan y el eco de la represa de Urrá
En medio del debate nacional sobre la represa de Urrá y sus efectos devastadores en Córdoba, Yair Alexander Cortés Yagarí, líder juvenil del pueblo Emberá Chamí, revive una conversación premonitoria. Desde el resguardo indígena de Karmata Rúa, en el suroeste de Antioquia, expresa su temor de que la historia se repita si no se protege el río San Juan, una arteria vital para su territorio.
El fantasma de Urrá y la lucha por la consulta previa
Cortés recuerda cómo sus hermanos Emberá Katío lucharon infructuosamente por una consulta previa antes de la construcción de la represa de Urrá. “Antes de la represa conocían la abundancia del agua, la riqueza de los peces en sus caudales”, relata. Sin embargo, la hidroeléctrica partió el territorio, introdujo la enfermedad del dinero y cobró la vida de defensores como Kimy Pernía Domicó, asesinado en 1999 por oponerse al proyecto.
Esta tragedia alimenta su premonición: “Es la lucha por proteger el río San Juan y todas las venas que le dan vida al suroeste”. Hoy, los peces como el bocachico, una proteína esencial, han casi desaparecido, escondiéndose de la degradación ambiental.
Memorias del agua y espiritualidad ancestral
Para los Emberá Chamí, el río no es un mero recurso, sino una hermana del agua. En una armonización con el jaibaná Chakri Andrés, Cortés aprendió que el río alberga a los jai, espíritus que transitan entre mundos. “Una hermana que es como las venas de la madre tierra, cuyas aguas son la sangre que nos da vida”, explica.
Esta visión se entrelaza con tradiciones de otras regiones, como Nariño, donde se cree que los ríos guardan ciudades subterráneas y alfabetos acuáticos. Cortés corrobora que estos conocimientos viajan entre pueblos, como si el agua conservara memorias reconocibles para quienes saben escuchar.
Dojuru y las venas sagradas del territorio
En Karmata Rúa, caminatas recurrentes revelan la preocupación por venas acuáticas como el río Claro y el río de Santa Rita. Este último conduce a Dojuru, la raíz del río, donde habitan seres espirituales poderosos y Gesera, la hormiga sagrada que protege el árbol carreto, origen de los grandes caudales.
Cortés argumenta que defender estos ríos es defender un mundo entero de relaciones. “Para tu pueblo, los ríos son seres vivos dentro de una red donde el agua escucha y habla”. Esta perspectiva desafía nociones occidentales, interpretando la protección del agua como un derecho fundamental arraigado en la cosmovisión indígena.
Violencias silenciosas y resistencia histórica
La movilización de Kimy Pernía a Bogotá en 1999, ocupando el Ministerio de Ambiente, marcó un hito en la lucha por la autodeterminación territorial. Cortés conecta esta escena con la participación indígena en la Asamblea Constituyente de 1991, subrayando que las violencias contra los pueblos indígenas no siempre son balas.
“Muchas ocurren a través de proyectos que transforman ríos, bosques y territorios”, afirma. Cuando un río es herido, como el San Juan Dõkato, ahora contaminado con mercurio, se hiere todo un ecosistema de relaciones culturales y ecológicas.
Un llamado a escuchar desde el silencio
Hoy, el río San Juan presenta un diagnóstico desolador: aguas envenenadas, silencio donde antes había vida, y peces que ya no son alimento. Cortés reflexiona que la pregunta correcta no es qué les pasó a los ríos, sino qué nos pasó a nosotros como sociedad.
Citando a José María Arguedas, invita a unir lenguas y transformar creativamente el castellano para narrar estas luchas. Concluye con una frase en Ēbērá Chamí: “Chi Dǒ bedeaka, mamira ichi chunpea uridañu perdebesia” (El río nos habla, pero hemos olvidado cómo escuchar desde el silencio). Este testimonio es un urgente llamado a revalorar la conexión sagrada con el agua, antes de que desaparezca como eco de Urrá.



