La frustración de un país anfibio: reflexiones sobre inundaciones y falta de acción en Colombia
Este febrero, me invade un déjà vu cada vez que las inundaciones azotan el país, recordando tragedias pasadas como las de 2011, 2015 y 2020. Una y otra vez, me invitan a charlas y espacios de reflexión sobre lo que significa ser un país anfibio y cómo esto debería prepararnos para las inundaciones. Al principio, asistía con entusiasmo, presentando resultados y propuestas. Hoy, confieso que siento tristeza y desgaste. Podría copiar el mismo artículo que he escrito durante 15 años, porque todas las reflexiones siguen igual de vigentes: "Colombia es un territorio rico en agua, que se inunda y se seca periódicamente, y todas nuestras actividades deberían planearse desde ese reconocimiento. Necesitamos fortalecer la adaptación de los territorios inundables promoviendo la resiliencia para la variabilidad y el cambio climático". Más de una década después de la elaboración de un mapa nacional de humedales actualizado, estas ideas permanecen en el papel, sin traducirse en acciones concretas.
¿Qué significa realmente ser un país anfibio?
¿Qué podríamos hacer para que la concepción de país anfibio deje de ser un concepto romántico y abstracto, con el que todos estamos de acuerdo, y se convierta en acciones concretas para el bienestar de los habitantes ribereños y costeros? ¿Realmente entendemos las implicaciones que tiene esa concepción? ¿Qué sería un ordenamiento alrededor del agua con las cuencas como unidad de planificación? Hoy, creo que no tenemos mucha conciencia práctica de lo que significa el concepto de cuenca como unidad ecosistémica, y mucho menos de que su delimitación no corresponde con los límites político-administrativos. Se me ha vuelto un hobby obsesivo recopilar imprecisiones sobre las cuencas en los documentos oficiales.
Mis perlas favoritas incluyen un párrafo del Estudio Nacional del Agua, elaborado por el IDEAM, que afirma erróneamente que el río Atrato desembocaba en el Pacífico; y la agrupación en el Plan Estratégico de la Macrocuenca Caribe, del Ministerio de Ambiente, donde se crea sin soporte hidrológico una unidad llamada Urabá para agrupar las cuencas del Atrato, Sinú y todos los ríos costeros entre ellos, contradiciendo la zonificación hidrográfica del IDEAM. Esta semana, recopilé otra perla: una publicación en redes sociales de la precandidata Claudia López, donde denunció que las inundaciones en varios municipios de Córdoba, incluyendo Montelíbano y San José de Uré, se debían a la hidroeléctrica de Urrá. Le hice notar que esos municipios no estaban localizados en la cuenca del Sinú, sino en la del San Jorge, donde la operación de Urrá no tiene influencia. Me respondió con seguridad que todas esas aguas están conectadas por ciénagas y caños, y que por eso también estaba inundada la zona de Urabá. Su ligereza me sorprendió, pues estas tres zonas están separadas por las Serranías de Abibe, San Jerónimo y Ayapel; si las aguas se juntaran, significaría que todo el norte de Colombia habría desaparecido bajo un gran mar.
La importancia de la precisión en la planificación
Para personas de otras regiones, estas precisiones podrían parecer irrelevantes, pero no lo son. Es tan grave como decir que Dos Quebradas queda en Antioquia porque todos son paisas, o que Caucasia es el Magdalena Medio porque todos son ribereños. Cualquier ciudadano de esos lugares se indignaría con el error, que no es común en la división político-administrativa. Sin embargo, en los instrumentos de planificación del agua, como los PEM, POMCAS y PORH, estos errores son frecuentes y nadie se indigna. Esto refleja que no entendemos la unidad fundamental de la cuenca en un país anfibio, y mucho menos nos identificamos con la identidad que eso representa: ¿Saben los lectores en qué zona hidrográfica y cuenca está localizada su ciudad?
Lo que sí es verdad en la publicación de la precandidata es que los ríos que drenan hacia Urabá, Sinú y San Jorge nacen en el Nudo de Paramillo, una región montañosa que recibió y precipitó las nubes provocadas por un frente frío polar. Esto causó lluvias completamente inusuales en un período seco, generando inundaciones en las tres cuencas. Frente a la impotencia de una situación tan devastadora como la de Córdoba, es comprensible que se busque un culpable. En este caso, el chivo expiatorio está siendo la hidroeléctrica estatal Urrá S.A. Sin embargo, análisis exploratorios realizados por colegas del proyecto "Perspectivas sociales y materiales sobre desigualdad en torno a embalses en Colombia" no han encontrado indicios de que el embalse haya realizado acciones fuera de los lineamientos establecidos para su operación. Resulta paradójico que, frente a un evento causado por el cambio climático, generado por la quema de combustibles fósiles, se culpe a una forma de generación de energía que no los produce. ¿A quién le echamos la culpa de las inundaciones extraordinarias en Medellín, Bogotá, Ayapel y Manizales en este febrero?
Hacia soluciones concretas para un país anfibio
Además de fortalecer el entendimiento de la cuenca como unidad de planificación, es fundamental que los Planes de Ordenamiento Territorial (POTs) empiecen a estar articulados con los Planes de Ordenación y Manejo de Cuencas Hidrográficas (POMCAS). Esto permitiría que la urbanización de áreas inundables, como el Barrio Vallejo en Montería o la avenida Las Vegas en Medellín, contemple características constructivas que permitan las dinámicas de las inundaciones máximas, incluso si se presentan cada 30 años o más. También es crucial que las carreteras en áreas inundables sean construidas como puentes y no sobre terraplenes, evitando repetir el error de la Ciénaga Grande de Santa Marta en los años 80.
Las reglas de operación de las hidroeléctricas del país deben incluir criterios de cambio climático, difíciles de predecir, y se debe repensar el concepto de gestión del riesgo para un país anfibio. Dejar de considerar o sugerir que las planicies de inundación sean áreas de riesgo no mitigable es esencial, pues si se aplica esto a la totalidad del país, habría que sacar a la mayoría de las ciudades de Colombia de donde están localizadas. Todos estos son sueños que aún requieren ser trabajados para evitar que los ciudadanos del país anfibio puedan tener el bienestar y la dignidad que se merecen. Como bióloga y ecóloga, candidata a doctora en Estudios ambientales y rurales, y editora de los libros de "Colombia Anfibia" del Instituto Alexander von Humboldt, insisto en que la acción debe seguir a la reflexión.



