El debate sobre el fin de la educación: ¿Formar para el trabajo o para la vida plena?
Educación: ¿Para el trabajo o para una vida floreciente?

El debate sobre el fin de la educación: ¿Formar para el trabajo o para la vida plena?

En un reciente pronunciamiento, Juan Daniel Oviedo, candidato a la vicepresidencia, declaró que la educación debe servir para una cosa clara: dar trabajo. Esta afirmación ha reavivado un antiguo debate sobre los propósitos fundamentales de la formación académica y humana.

Nadie con dos dedos de frente negaría que ganarse la vida con dignidad es uno de los propósitos de la educación, por supuesto. Sin embargo, el trabajo no es, ni puede ser, su objetivo principal. Algunos podrían argumentar que esta postura es típica de humanistas arrogantes y desconectados de un mundo donde hay que ganarse la vida. Pero es todo lo contrario. La posición verdaderamente desconectada del mundo real es justo la que cree que el objetivo de la educación es exclusivamente el trabajo.

La obsesión social con el trabajo

Nuestra sociedad está profundamente obsesionada con el trabajo. De él derivamos buena parte de nuestra identidad y de nuestro sentido de valía e importancia. Cuando nos preguntan qué somos, de manera invariable respondemos con nuestra profesión. En otras palabras, “ser algo” significa “trabajar en algo”. Es lógico, por lo mismo, que queramos subordinar la educación al trabajo.

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Sin embargo, al hacerlo olvidamos que el fin de nuestras vidas no es el trabajo sino la vida floreciente. Educarnos debe tener como propósito principal que podamos desarrollar nuestra razón, nuestras emociones y nuestras virtudes, de manera que vivamos una vida digna de ser vivida.

La visión de una educación integral

“Claro, típico humanista que no sabe que la gente tiene que trabajar”, podría insistir alguien. Aristóteles reconocía que la vida floreciente requiere bienes exteriores. La plata es importante. Y como la mayoría no somos herederos, tenemos que ganárnosla. Esto nadie lo niega. Lo que aquí queremos decir es que si bien la educación debe permitirnos una existencia material digna, ese solo es uno de sus objetivos secundarios. Su fin principal debe ser la vida floreciente.

Piense en esto: imagine que a una persona la instruyen desde pequeña para ganarse la vida con un oficio. La literatura, la música, la filosofía, las artes, y todo lo que no le sirva para ese oficio, en fin, se le niega sistemáticamente. ¿Llegará a desarrollar todas sus capacidades humanas (razón, emociones, imaginación, sociabilidad, etc.), o será apenas un engranaje más en la maquinaria económica?

La libertad y el desarrollo humano

La vida floreciente exige el desarrollo de capacidades que no necesariamente sirven para el trabajo, pero sí para vivir bien una vida plenamente humana. Uno puede ser millonario sin ellas, pero no va a tener una vida floreciente si no sabe regular sus emociones, ni ser éticamente virtuoso, ni apreciar la belleza, ni entenderse a sí mismo, ni cuestionar a las autoridades con razones válidas, ni razonar más allá de lo que el trabajo exige.

Es más, un millonario ni siquiera será plenamente libre sin una educación completa. Como ya lo había visto Hegel, la libertad exige educarnos de un modo que nos permita tomar decisiones reflexivas y conscientes, en contraposición a las acciones irreflexivas y habituales. En nuestra vida política y personal tenemos que estar educados para ser libres, no solo para ser útiles en una fábrica o en una oficina.

Conclusión: un equilibrio necesario

Volvamos al inicio. Decíamos que los desconectados son quienes creen que el propósito principal de la educación es el trabajo. Y claro: están desconectados de los seres humanos reales, de sus necesidades, de sus capacidades, de sus libertades. Quieren más bien máquinas eficientes, bien aceitadas para una sola cosa, pero que no piensen, ni imaginen, ni tengan ocio de calidad.

Oviedo tiene razón: la educación debe dar trabajo. Pero no solo debe dar trabajo. Debe permitirnos antes que nada vivir vidas florecientes. Este debate sigue vigente y es crucial para definir el futuro de nuestra sociedad y de las próximas generaciones.

Por Tomás Molina, politólogo, doctor en Filosofía y profesor.

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