El individuo que destruyó todo lo que pudo dentro de La Ermita, la vandalización del Estadio Atanasio Girardot después del partido de Medellín con Flamengo, el hombre que se roba una señal de tránsito en Bogotá y pretende ingresarla en Transmilenio para llevársela a su casa como si fuera un maletín… cada semana, cada día, un incidente diferente donde pareciera que la cordura se ha evaporado. Pareciera que el mundo desquiciado, sin orden, sin reglas, es lo que nos corresponde vivir. Como si tuviéramos que perder la capacidad de sorprendernos.
La pregunta incómoda
La señora que se encuentra a su marido con otra mujer en el carro en plena vía pública y, llena de ira, le atraviesa su moto mientras le grita “bájala”, sin preocuparse un ápice por el monumental trancón que formó… ¿En qué mundo estamos viviendo? ¿Siempre fuimos así de desquiciados, pero no lo sabíamos? ¿Son los otros, soy yo? ¿Me considero ‘diferente’, no tengo nada que ver con esas conductas? ¿Veo la película desde la barrera o soy actor de la misma?
Energía y conexión
Creo que pocos ya pueden poner en duda que somos energía, no masa condensada. Lo que nos enseñaron en física escolar es absolutamente obsoleto. Al ser energía, vibramos en frecuencias y resonamos en ellas de acuerdo a nuestro sentir. Por ello no podemos decir que lo que sucede en el mundo, así sea a kilómetros de distancia o en mi vecindario, no tiene que ver conmigo. Soy parte de esa energía; la limpio o la contamino. Soy parte de ese todo y, por lo tanto, tengo que ver también con ese caos.
El momento de analizar
Por ello es el momento de analizar qué tanto contribuyo a esta locura colectiva, qué tanto de mi sentir y actuar ‘patrocina’ este desorden mundial y si quiero asumir la responsabilidad que me corresponde para aumentarlo o disminuirlo. Porque la enfermedad emocional no solo es asunto de los gobiernos o de los Estados.
El efecto mariposa habla de que el aleteo de una mariposa en Japón afecta el resto del planeta… bueno, y no solo sucede energéticamente con la mariposa. Incendios y explosiones vividos, por ejemplo, en Rusia; se ha comprobado que terminan en el cielo de España o hasta atraviesan el océano y llegan a América. Esto es realidad física probada. ¿De qué tamaño entonces es la resonancia energética entre unos y otros?
Evadir la responsabilidad
Puede que considere que ‘no es conmigo’ y sea una forma de evadir el compromiso con el proceso evolutivo. No son los otros los que tienen que comenzar: la agresividad de las redes, de las calles, de las familias, en las empresas… dónde te ubicas y dónde puedes iniciar el proceso de sanación colectiva. No importan (por ahora) los resultados. Es vital comenzar por bajar los guantes, aceptar que el mundo no nos debe nada y ni siquiera es responsable de lo que vivo. Cada quien elige qué hacer con sus circunstancias.
Prepararse para más
Porque con seguridad tendremos que prepararnos para presenciar más seguido hechos fuera de lo corriente. El demente de la calle (o de la casa) se multiplicará porque la incoherencia y las desigualdades son el pan de cada día. Y no puedo escudarme en el caos mundial para no hacer nada y alimentar el desorden.
A nivel de medios, se pueden evadir responsabilidades escudriñando la vida personal del enfermo y ubicando uno de los estereotipos ‘causantes’ del problema: abandono parental, pobreza extrema, violencia intrafamiliar. Pero entre más ubiquemos un solo foco central del problema, más evadimos nuestra participación personal en ese hecho. No olvide que, al ser energía, estamos conectados, vibramos en la misma frecuencia. Más vale empezar a preguntarse: ¿y qué tanto pudo contribuir, desde lo que soy, a construir ese problema externo que hoy tanto me sorprende? ¿De qué dimensión fue mi participación?



