Ochenta años de hegemonía estadounidense en América Latina
Durante las últimas ocho décadas, bajo la dominación aplastante de Estados Unidos, América Latina no ha logrado encontrar el camino hacia su prosperidad y grandeza. Nuestro mayor esfuerzo histórico ha sido un ejercicio persistente por construir una economía poderosa que beneficie a los pueblos y establecer instituciones respetables. La región necesitaba ingresar con carácter en la modernidad, aprovechando su riqueza y complejidad cultural para plantarse frente al mundo con orgullo y alegría.
Intentos frustrados de desarrollo
Numerosos intentos de progreso han sido sistemáticamente frustrados:
- La Reforma mexicana fue bloqueada por el despotismo de Porfirio Díaz
- La revolución mexicana se vio limitada por la dictadura burocrática del PRI
- En Colombia, la república federal de la Constitución de Rionegro fue interrumpida por la Guerra de los Mil Días
- La hegemonía conservadora colombiana, que consolidó la zona cafetera, emprendió la navegación por el Magdalena, tendió la red ferroviaria y fundó la segunda aerolínea comercial del mundo, fue frustrada por múltiples factores políticos y económicos
- El experimento de Fidel Castro en 1959 terminó convertido en una burocracia comunista
Estos esfuerzos fueron sistemáticamente saboteados por odios sectarios, sometimiento a dictados económicos internacionales como Bretton Woods, y visiones políticas que priorizaban la pobreza como virtud revolucionaria.
El cambio en la omnipotencia imperial
Actualmente, es evidente que algo se ha roto en la omnipotencia imperial estadounidense. La figura de Donald Trump representa no a un gran estadista, sino a un negociante lunático y vanidoso que necesita constante adulación. Su administración ha demostrado:
- Capacidad para celebrar tratos oscuros con regímenes que pretendía contrariar
- Preferencia por amenazas armadas sobre alianzas respetuosas, como en el caso de Groenlandia
- Una diplomacia basada en humillaciones, presunciones y amenazas constantes
Trump promete grandeza histórica pero sus resultados muestran principalmente sordidez y mezquindad, con acciones que generan aborrecimiento incluso entre sus socios tradicionales.
Lecciones históricas de los césares modernos
La historia muestra que figuras como Napoleón y Hitler, aunque creían construir reinos milenarios, terminaron derrumbándose antes de quince años, acosados por el odio universal que sus propias agresiones generaron. Napoleón al menos dejó un legado de ideas y legislaciones civilizadas, mientras que Hitler consiguió hacerse odiar incluso por sus propios soldados.
Trump parece desconocer estas lecciones históricas. Su aventura de prepotencia y cinismo llega en una etapa tardía de su vida, y su desmesura podría obedecer a la conciencia de tener poco tiempo. Su reciente intervención en Irán representa un error estratégico fundamental: confundir una dictadura con una teocracia milenaria.
La resistencia de las civilizaciones antiguas
Así como los incas vieron morir a un dios cuando los españoles sacrificaron a Atahualpa, los iraníes han visto volar en pedazos a un pontífice y su corte. La diferencia crucial es que los persas llevan miles de años resistiendo invasiones y preservando su identidad cultural.
Irán, como China, sabe que tiene más tiempo que su adversario. Su estrategia consiste simplemente en resistir hasta que el imperio comprenda, como ya ocurrió en Vietnam, Irak y Afganistán, que debe buscar desesperadamente la puerta de salida.
La decadencia del proyecto estadounidense
Estados Unidos fundó su grandeza en un proyecto de libertad que sedujo al mundo, particularmente durante las administraciones inspiradoras de Walt Whitman y Franklin Delano Roosevelt. Sin embargo, después de que la Segunda Guerra Mundial les dio la hegemonía global, su conducta fue mucho menos ejemplar.
El ataque a las Torres Gemelas a principios de este siglo marcó el comienzo de su declinación, revelando al gran imperio su vulnerabilidad y mortalidad. Las aventuras militares en Irak, Afganistán y Libia no sembraron civilización como las legiones romanas, sino que dejaron caos y destrucción, mostrando que los tobillos del gigante se agrietaban.
El paso más arriesgado para Estados Unidos ha sido elegir a un César que juega a ser Dios sin preguntarse si Dios no estará a punto de llamar a su puerta. Mientras tanto, América Latina observa este declive imperial, consciente de que podría representar una oportunidad histórica para finalmente encontrar su propio camino hacia la prosperidad y grandeza tanto tiempo postergadas.



