La estrategia de fragmentación iraní: Un juego peligroso con consecuencias impredecibles
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, finalmente ha logrado su guerra con Irán, la única potencia regional que realmente preocupa a Israel. Aunque Estados Unidos aparece como socio nominal en este conflicto, es Netanyahu quien parece dictar tácticas y objetivos estratégicos.
El enfoque israelí: Dividir para vencer
Israel ha utilizado un enfoque similar contra Hamás, Hezbolá y los hutíes en años recientes, complementado con ataques del Mossad contra científicos iraníes. Sin embargo, Irán representa un desafío diferente: un país extenso con 93 millones de habitantes, imposible de invadir u ocupar militarmente.
Por esta razón, los líderes israelíes llevan tiempo presionando para dividir Irán en pequeños estados etnorreligiosos, mientras sus agencias de inteligencia fomentan movimientos separatistas. Estados Unidos, sin un plan claro para el día después de la guerra, ha comenzado a analizar esta misma estrategia.
El mosaico étnico iraní: Un terreno fértil para la división
Solo el 61% de los iraníes son persas étnicos. La minoría más numerosa (aproximadamente 24%) son turcos azerbaiyanos, grupo al que pertenecía el difunto líder supremo ayatolá Ali Jamenei. Les siguen los kurdos iraníes, entre 7 y 14 millones, concentrados en provincias fronterizas noroccidentales.
La proximidad al Kurdistán iraquí ofrece un punto de entrada estratégico, convirtiendo a los kurdos en objetivo principal de los esfuerzos del Mossad y la CIA para incitar al separatismo. Si lograran reunir una fuerza armada significativa, probablemente recibirían apoyo adicional de sus hermanos kurdos al otro lado de la frontera.
Otras minorías bajo presión
La minoría baluchi habita principalmente en el este de Irán, a lo largo de la volátil frontera con Pakistán, desde donde el grupo terrorista Jaish al-Adl ha atacado repetidamente al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Finalmente, entre 5 y 7 millones de árabes ahwazis residen en la rica provincia petrolera de Juzestán.
Todas estas minorías enfrentan represión lingüística (obligadas a usar farsi en comunicaciones oficiales) y violencia sistemática por parte de las fuerzas de seguridad. Los kurdos, por ejemplo, representan entre 8% y 17% de la población, pero constituyen un porcentaje desproporcionado de ejecutados o encarcelados por razones políticas.
El historial problemático de Estados Unidos
Estados Unidos tiene un historial deficiente en fomentar malestar separatista, como descubrieron árabes de las marismas y kurdos iraquíes tras la Operación Tormenta del Desierto en 1991. Repeatedly, "valientes pueblecitos" han sido incitados y luego abandonados cuando sus patrocinadores occidentales cambiaron de prioridades.
Este patrón se repitió con los kurdos sirios, quienes ayudaron a Estados Unidos a derrotar al Estado Islámico, solo para ser abandonados cuando el presidente Donald Trump estrechó lazos con el presidente sirio Ahmed al-Sharaa.
Consecuencias regionales impredecibles
Mientras a Israel podría convenirle balcanizar Medio Oriente para eliminar competidores a su hegemonía, esta estrategia presenta riesgos significativos para Estados Unidos y la región. Turquía, miembro de la OTAN, lleva décadas combatiendo el separatismo kurdo y no permanecería pasiva si el Partido de la Vida Libre del Kurdistán (PJAK) estableciera un estado en su frontera.
Un ataque turco contra tal entidad crearía un dilema insoluble para Israel, potencialmente causando una ruptura fatal en la OTAN y generando nuevas oleadas de refugiados hacia Europa.
Incertidumbres y riesgos adicionales
Un Irán balcanizado sería altamente inestable, susceptible no solo a limpieza étnica sino también a intervenciones de vecinos codiciosos o nerviosos. Además, Estados Unidos no tiene capacidad para determinar si Irán regresaría a una monarquía "constitucional", una autocracia bajo un "sha", o permanecería como república centralizada o confederal.
La obsesión del presidente Trump por el Premio Nobel de la Paz contrasta con la influencia de neoconservadores residuales y la visión del primer ministro Netanyahu, que parece implicar guerra tras guerra sin considerar vidas perdidas o daño económico regional.
La fragmentación de Irán, aunque atractiva tácticamente para algunos actores, podría desencadenar una cadena de crisis con consecuencias impredecibles para la estabilidad global.
